Las otras noches de Sherezade

Las otras noches de Sherezade

Drama Fantásticos Misterio Para niños

En sus últimos años, el rey Shariar pide a Sherezade que le cuente una última historia. Ella narra el cuento del califa Karim

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Las otras noches de Sherezade

Muchos años de buen amor les fueron otorgados al rey Shariar y a la dulce y astuta Sherezade. Pero la vida de los hombres, no importa cuán grandes sean su poder y fortuna, está condenada a transcurrir. Por eso, hasta Shariar envejeció.

Cierta noche, el rey oyó pasos en el cielo. Sherezade, que sentada junto a él bordaba un cuarto menguante sobre una seda negra, lo vio sobresaltarse.

—¿Qué ocurre, rey y esposo?

Shariar no quiso preocupar a su amada. Solo se acercó más a ella, la invitó con un dátil almibarado, y habló.

—Recuerdas aquellas mil y una historias que me contaste, ¿verdad?

—¡Cómo no recordarlas, si gracias a ellas me libré de ser degollada por tu furia!

La mujer se refería al tiempo en que había sido condenada a casarse con el rey Shariar, que le quitaba la vida a sus esposas luego de pasar con ellas la noche de bodas.

—Tus palabras, tus coloridas historias y tu agraciado modo de narrar me enamoraron.

—¿Y por qué recuerdas eso ahora? —Sherezade se mostró extrañada.

—Porque deseo que hoy, en esta noche diáfana, me cuentes la última historia.

—No hables de última historia… No hay última historia para dos que se aman como nosotros nos amamos.

Shariar, el rey, acarició el cabello de su esposa.

—Aun así… Cuéntame una historia.

Sherezade, que ya no era joven pero seguía siendo hermosa, pensó un momento.

—Te contaré cómo la furia de la tierra puede ser mala para algunos y muy buena para otros.

Shariar se reclinó sobre las rodillas de su esposa, que narró sin dejar de acariciarle la cabeza.

Cuéntase —pero Aláh es más sabio— que el califa Karim, amo y guía de una caravana de nómades, iba a desposarse por octava vez.

Karim no conocía a la mujer que iban a enviarle. Solo sabía de ella que era joven, saludable. Y que su nombre era Mariam. Pero como aquella boda se realizaba para cerrar tratos de comercio, el califa no mostraba ansiedad y menos preocupación. Él tenía siete esposas. Y una en especial, Fátima, era su favorita.

Mientras Mariam viaja a través del desierto para unirse con su futuro esposo, yo te contaré algo sobre la vida de aquella caravana.

Vestidos con túnicas blancas y con sus cabezas cubiertas para evitar que los pensamientos perdieran el color, aquellos nómades vivían desierto adentro. Silenciosos, porque hasta la humedad de sus bocas debían cuidar.

Habitaban el interminable desierto en busca de los oasis. Allí donde Aláh posó su dedo misericordioso y creó un pozo de agua, ellos reposaban por algunos meses, para luego retomar el camino. La quietud los atemorizaba: se perdían si estaban inmóviles y se encontraban si estaban caminando.

Y bien… Un día llegó Mariam, escoltada por sus hermanos.

El califa, sus siete esposas y sus muchos hijos salieron a recibirlos.

Con la cabeza gacha, como corresponde a una joven virtuosa, así se presentó Maríam ante su futuro esposo.

—Puedes alzar la cabeza y mostrarme tu rostro —dijo el califa.

La joven obedeció. Y entonces, ¡ay!, los ojos de Karim se perdieron. La belleza de Mariam dolía en el centro del pecho. Sonrió la joven, y endulzó el olor del desierto.

—Heme aquí, califa y señor mío —dijo Mariam. Y al oír su voz aireada, los camellos se doblaron sobre sus patas.

Fácil fue para sus siete esposas reconocer que Mariam sería, a partir de entonces, el gran amor del califa. Seis de ellas lo aceptaron con gentileza. Al fin, la joven parecía dulce y ellas la tomarían como una hermana menor. Pero Fátima pensaba y sentía de otro modo.

Sabemos, pero Aláh es más sabio, que el odio es una planta. La arrancas de raíz o crece. Y crece más si la riegas.

Fátima regaba aquel retoño cada día, cada vez que el califa miraba a Mariam con dulzura, cada vez que le pedía que enjaezara el camello con los mejores tapices, cada vez que los veían caminar a contraluz por el desierto infinito.

Un día, Mariam convocó a las otras esposas del califa y les habló.

—Hermanas, debo darles una noticia para que todas seamos dichosas.

Hubo regocijo entre las mujeres, que siempre ansiaban recibir novedades.

—Igual que ustedes alguna vez, ahora yo espero un hijo de nuestro califa y esposo.

Todas, menos una, abrazaron a Mariam con sinceridad. Y enseguida comenzaron a pensar en el nombre que llevaría el niño.

Fátima se levantó y se fue. La planta del odio había dado flor, y era momento de cortarla.

Con frialdad, Fátima decidió darle muerte a la joven esposa de Karim. Para eso eligió un cordel de seda. Ya hallaría el modo de enroscarlo en el cuello de la joven mujer, y apretar hasta que el aire la abandonara por completo. A ella y a su hijo.

Sin embargo, no era sencillo. Mariam nunca estaba sola. Y si lo estaba, era día pleno. En el desierto hay pocos sitios donde ocultarse. Cualquiera que viese o escuchase algo, se lo diría a Karim. Y el califa no dudaría en ejecutarla.

De este modo transcurrieron varios meses. Ya andaba Mariam con su vientre redondeado cuando la oportunidad llegó…

El califa había ordenado trasladar el campamento a un oasis algo distante, pero sin dudas el mejor de todos, porque allí deseaba aguardar el nacimiento del nuevo hijo.

Todo era bueno, hasta que una mancha en el horizonte advirtió que se acercaba una tormenta de arena. Y a juzgar por su tamaño y su velocidad, sería la peor en mucho tiempo.

Rápidas, las mujeres envolvieron en mantas a los niños pequeños, y los subieron a los camellos.

Rápidos, los hombres reforzaron las ataduras de los bultos donde transportaban todo lo que poseían.

La mancha de arena se acercaba ululando; era un remolino que unía el cielo y la tierra. Cuando las túnicas blancas comenzaron a moverse, los nómades se cubrieron la cara. Solo se permitieron una línea, donde cabían sus ojos entrecerrados.

El corazón de Fátima era el único que celebraba aquella desdicha. La mujer había comprendido que era su oportunidad para realizar lo que venía planeando. Cuando el viento llegara, resultaría imposible distinguir las siluetas. Todos quedarían, durante un buen rato, en medio de un grito de la arena, doloroso y oscuro. Nadie iba a verla, ¿quién podría? Los quejidos de Mariam serían indistinguibles en el sonido aterrador de la tormenta. Por lo demás, el califa estaría obligado a permanecer con el resto de hombres, en la rueda que cercaba la caravana a modo de defensa.

Fátima buscó a Mariam y se mantuvo junto a ella.

—Me quedaré cerca para cuidar de ti y de tu vientre —dijo.

Y esas fueron las últimas palabras posibles.

La arena estaba allí. Y fue el aire, la luz. La arena fue el tiempo y el espacio. Asidas a los camellos, las mujeres se aprestaron a resistir lo peor del desierto.

Fátima buscó en la pequeña bolsa atada a su cintura. Halló el cordel de seda, lo acarició. Luego lo tomó y lo estiró con ambas manos. Ciega de odio y ciega de arena, Fátima fue una extensión de la tormenta.

Todo pasa, por misericordia del Más Grande. Y pasó también aquella tormenta. De a poco, los nómades abrieron los ojos y pudieron quitarse las envolturas del rostro. Se miraban y se sonreían como si se vieran por primera vez.

Entonces alguien dio aviso.

Una mujer estaba tirada en la arena. Y por la tela de su túnica, se trataba de una de las esposas del califa. Corrieron todos hacia el cuerpo que estaba boca abajo, lo giraron y descubrieron el rostro.

Karim, el califa, cayó de rodillas junto a su esposa.

—¿Qué cosa te ha ocurrido? —clamó—. ¿Qué ocurrió en la oscuridad?

Muy pronto, la pregunta del califa obtuvo respuesta.

Una serpiente había mordido a la mujer. Se trataba de una alimaña que los nómades conocían. Era sedosa y delgada como un cordel, pero su veneno era implacable. Solían llegar con los vientos y buscaban sitios donde ocultarse.

Fátima fue sepultada en la arena. Y el pueblo siguió marcha hacia el oasis.

Entristecido, el califa hablaba con su esposa predilecta.

—Yo perdí una esposa y tú perdiste a tu hermana mayor. —Y agregó—: ¡Sabe Aláh cuánto quería a esa mujer!

—Lo sé —respondió Mariam—. También ella te amaba.

Poco después, la joven volvió a hablar.

—Si es una niña, la llamaremos Fátima.

Y el califa sonrió agradecido.

Cuando Fátima estaba cerca de cumplir siete años, llegó al campamento una mujer cubierta de pies a cabeza. Ella dijo que viajaba con su anciano esposo y que este había muerto en el desierto. Pidió asilo. Y, desde luego, le fue otorgado.

Ese atardecer, guiada por la curiosidad, la pequeña Fátima se asomó a la tienda de la recién llegada. Y vio algo, en verdad, horrible: la mujer tenía cabeza de serpiente.

—Pero ya está amaneciendo —Sherezade interrumpió su cuento. Con una sonrisa agregó—. Debo dejar el final para mañana.

—Una vez, tus cuentos te salvaron la vida. Ahora salvan la mía —Shariar tomó la mano de su esposa y continuó—. Retrasaré mi muerte solo por escuchar cómo sigue la historia que comenzaste…

FIN