Pobre señor Oso

Pobre señor Oso

Colección Marujita

Animales Fantásticos Para niños Valores morales

El señor Conejo y la señora Liebre se colaban en el jardín del señor Oso para comer sus guisantes, y el señor Oso decidió tomar medidas.

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Pobre señor Oso

Sucedió una vez que el señor Oso sembró una faja de terreno con guisantes, que crecieron muy bien, de modo que pocos meses después estaba aquel lugar lleno de hermosas plantas verdes. El seFor Conejo es asomó un día por la cerca del jardín, vio las matas de guisantes y, en el acto, se le ocurrió la idea de darse un buen festín.

En aquellos días sostenía muy buenas relaciones de amistad con la señora Liebre, de modo que una noche fue a visitarla y le habló de los guisantes.

—Iremos por la mañana, muy temprano, al jardín del señor Oso le dio Y comeremos tantos guisantes como podamos. El señor Oso estará dormido y roncando. Mientras yo como, se encarnará usted de vigilar por si acaso desierta, y cuando usted coma, vigilaré yo. De este modo no nos sorprenderá.

Así, a la mañana siguiente, muy temprano, el señor Conejo y la señora Liebre se encaminaron al jardín del señor Oso y entraron en él por un agujero que había en la cerca. ¡Qué hermosos guisantes! Nunca los hubo iguales.

Los dos compadres comieron todo lo que les fue posible. Y cuando el señor Conejo se encargaba de arrancar las vainas de las plantas, la señora Liebre teníalas orejas enderezadas por si acaso despertaba el señor Oso.

En cambio, cuando al señora Liebre comía guisantes, el señor Conejo vigilaba a su vez, de modo que estaban muy seguros.

Eso es magnífico exclamó el señor Conejo, cuando ya estuvieron hartos.—Ahora vámonos a casa, porque el señor Oso suele despertar a esta hora.

—Mañana por la mañana volveremos dijo, muy satisfecha, la señora Liebre.

Se marcharon y cuando, aquella misma mañana, el señor Oso daba un paseo a corta distancia de las matas de guisantes, vio el suelo lleno de vainas abiertas y vacías, cosa que le encolerizó sobremanera.

—Alguien ha venido a comerse mis guisantes—gruñó. Y me parece que ya sé quién es. Sin duda el señor Conejo. Pero lo cogeré. Sí, lo cogeré y luego se lo regalaré al señor Zorro. Este será el fin del ladrón. Y lo cogeré mañana por la mañana, porque, con toda seguridad, volverá.

A la mañana siguiente, muy temprano, el señor Oso abandonó la cama y se ocultó detrás del montón de leña. Esperó largo rato y por fin vio que penetraban en el jardín el señor Conejo y la señora Liebre muy alegres y satisfechos.

La señora Liebre se dirigió de nuevo a las matas de guisantes y encargó a su compañero que vigilase al señor Oso, por si acaso despertaba temprano. El aludido rechinó los dientes al notar el descaro de los ladrones y a punto estuvo de soltar un gruñido.

Daba la casualidad de que aquella mañana el señor Conejo estaba hambriento y por esta razón no tuvo paciencia de esperar que le llegase el turno para empezar a comer. Quería hacerlo inmediatamente, aunque le correspondiese encargarse de la vigilancia. Así los dos compañeros se dedicaron a la grata tarea de llenarse la panza, aunque, de vez en cuando, se asomaban al sendero, para convencerse de que no había peligro.

Gracias a eso, el señor Oso consiguió acercarse a los ladrones sin ser visto. Se arrojó de un salto sobre ellos, cuando menos lo esperaban y los agarró por el cuello. ¡Cómo chillaron los dos!

—Si, ya podéis gritar exclamó el señor Oso, muy satisfecho al observar su terror.—Chillad cuanto queráis. Ahora mismo voy a llevaros a casa del señor Zorro y si no os come inmediatamente, confesaré que soy un tonto. ¡Ah, señor Conejo! Siempre temí que acabarais mal y ahora habéis llegado al fin de vuestra vida.

Sacó a rastras al Conejo y a la Liebre y, con ellos, penetró en el bosque. Pero en cuanto el señor Conejo se hubo repuesto un tanto del susto, habló al señor Oso, diciendo:

—Bueno, señor Oso, no hay duda de que nos ha cogido usted y, desde luego, estamos dispuestos a acompañarlo a casa del señor Zorro. Pero yo me he dejado el sombrero en casa y con este sol que hace voy a pillar una insolación. El señor Zorro no le agradecerá que me lleve a su casa en tal estado, ya que si me devorase entonces le sobrevendría un dolor muy agudo. Por consiguiente, y en beneficio del señor Zorro, déjeme usted ir en busca de mi sombrero .

El señor Oso el escuchó atentamente, luego lo soltó y le señaló el sendero que acababan de recorrer.

—Ve a buscar el sombrero, Conejo le dijo.—Y no tardes. Te esperamos.

El señor Conejo se alejó con la rapidez de un rayo y aunque el señor Oso le esperó largo rato, no se molestó en volver. Por el contrario, estaba tranquilamente sentado en su casa y ocupado en comerse unos guisantes que había metido en el bolsillo.

—¿Adónde habrá ido ese estúpido Conejo?—gruñó al fin el señor Oso.—Ya me estoy cansando de esperar.

Se habrá extraviado, sin duda contestó la señora Liebre. Quizá sería conveniente que yo fuese a ver si lo encuentro. Y, en caso de que lo consiga, lo obligaré a venir a toda prisa.

—Bueno, ve a buscarlo dijo el señor Oso sentándose al pie de un árbol.

La señora Liebre salió disparada y tampoco volvió.

Y eso a pesar de que el señor Oso esperó durante varias horas, al pie del árbol. Por fin, gruñendo de un modo amenazador, se volvió a su casa.

A la semana siguiente, el señor Conejo y la señora Liebre observaron que habían madurado los frutos de otras matas de guisantes, de modo que, nuevamente, penetraron en el jardín para darse un atracón. Pero el señor Oso los esperaba ya, porque estaba persuadido de que volverían a robarle los guisantes. Se arrojó, pues, sobre ellos y los agarró de los brazos. Luego los arrastró hacia la casa del señor Zorro. Los dos estaban asustadísimos, pero el señor Conejo recobró casi en seguida la presencia de ánimo y habló al señor Oso, diciendo:

—Oiga usted, señor Oso. Se me ha olvidado el paFuelo en el jardín y siento que voy a estornudar. Ya sabe usted que los caballeros han de estornudar en su pañuelo, de modo que debe permitirme que vaya a recogerlo. No tardaré, porque me acuerdo bien del lugar en que lo dejé olvidado.

—Veo, señor Conejo le contestó, gruñendo, el señor Oso, —que me consideras muy idiota, pues te figuras que me cogerás otra vez con la misma excusa. Te engañas. No te soltaré, porque estoy seguro de que te extraviarías y ya no tendrías ninguna prisa en volver a mi lado. Ahora te acompañará la señora Liebre, para que vuelvas, y si no lo hacéis, sabré cómo habré de conducirme. Y si la señora Liebre vuelve sin ti le daré una paliza o, en caso contrario, te pegaré si no viene ella.

Dicho esto soltó a los dos, que se alejaron como rayos. El señor Oso se sentó a esperarlos y no hay que decir que pasó largo rato, hasta que, al fin, se durmió. Al despertar vio que se ponía el sol, porque había dormido todo el día.

—¡Caracoles! exclamó, sorprendido.—¡Pues no es poco tarde! Sin duda el señor Conejo y la señora Liebre. volvieron mientras yo dormía y luego se habrán marchado. ¡Qué par de pillos! Pero ya les arreglaré las cuentas. Todas las mañanas vigilaré por si vuelven al jardín y sin duda lo harán en cuanto hayan madurado los guisantes de otras matas.

Regresó a su casa y todas las mañanas se levantaba temprano para sorprender al señor Conejo y a la señora Liebre. Pero ninguno de los dos aparecía por el jardín. El señor Conejo se subía todas las mañanas al antepecho de la ventana del señor Oso, para ver si estaba en la cama, y en cuanto notaba que el lecho estaba desocupado, comprendía que el señor Oso se había puesto al acecho y se apresuraba a comunicarlo a la señora Liebre. Y entonces los dos echaban a correr hacia sus respectivas casas.

Una mañana el señor Oso descubrió al señor Conejo cuando se asomaba a la ventana y luego le vio echar a correr. Adivinó, pues, la treta del Conejo y se dijo: —Listo eres, sinvergüenza, pero aun así te cogeré. A la mañana siguiente el señor Oso se levantó temprano, puso dos almohadas en su cama y las envolvió y las cubrió muy bien con la ropa, para dar a entender al Conejo que aun estaba durmiendo. Luego el señor Oso, muy satisfecho de sí mismo, fue a ocultarse detrás de un montón de leña, seguro de que aquella vez lograría sorprender al señor Conejo.

Llegó éste, miró como de costumbre a la cama del señor Oso. Y figurándose que éste aun dormía, empezó a bailar un zapateado a causa de la alegría. Hizo una seña a la señora Liebre y ambos se dirigieron al lugar en que estaban las matas de guisantes. Poco después devoraban a toda prisa, de modo que el señor Oso se congestionó de rabia al ver los estragos que hacían en su cosecha.

De nuevo se arrojó sobre ellos y los cogió por el cuello. Dióles un par de sacudidas y luego tomó el camino para llevarlos a casa del señor Zorro.

—¡Dios mío, señor Oso! ¡Pero si y le vi a usted en la cama! exclamó el señor Conejo en cuanto estuvo seguro de que aun podía respirar.

—Pues no estaba—le replicó, muy satisfecho, el señor Oso.Por esta vez he sido más listo que tú, señor Conejo. En la cama había dos almohadas que ocupaban mi sitio. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso! Pero tú no podrás reírte del caso, señor Conejo, porque, o dejo de ser quien soy, o esta noche servirás de cena al señor Zorro.

Es verdad—replicó el señor Conejo, sacando el pañuelo y echándose a llorar.—Y es cierto, señor Oso, que he llevado una vida muy alegre, pero hay una cosa que me da pena.

—¿Qué es eso?—preguntó el señor Oso.

—Pues verá usted replicó el señor Conejo.—Esta mañana traje conmigo un pote de miel para regalárselo a usted, a cambio de los guisantes que me he comido. Y como lo dejé al pie de las matas de guisantes, las abejas se comerán toda la miel. Y es una lástima.

—¿Sí, eh?—replicó el señor Oso.Quieres engañarme otra vez, ¿verdad? Sin duda te figuras que voy a soltaros para ir en busca del pote de miel que, seguramente, no está allí y vosotros no volveríais ya. No, no. Tal vez sea un poco tonto, señor Conejo, pero mucho menos de lo que te figuras.

—¡Pero si yo no quiero ir a buscarlo ni le pido tal cosa! contestó el señor Conejo, al parecer, ofendido.Si me trata usted con poca bondad, señor Oso, preferiré no darle ninguna miel. ¡Que se la coman las abejas! Cuando vaya usted a buscar el pote, lo encontrará vacío. Y en cuanto a ir a recogerlo; no lo haría aunque me lo rogase de rodillas.

El señor Oso prestó atención a tales palabras y se dijo que sería una lástima perder la miel. Creyó que aquella vez no se trataba y de ningún engaño, porque el señor Conejo acababa de decirle que no tenía el menor deseo de ir en busca de la miel. Y, por otra parte, el señor Oso estaba decidido a que aquella vez el señor Conejo no se escapara.

—Bueno, señor Conejo dijo.—Creo que, en efecto, me has traído un pote de miel y te lo agradezco. A pesar de todo, pienso entregaros al señor Zorro, para que os coma. Porque tú y la Liebre estáis hechos un par de tunantes.

Haga usted lo que quiera contestó el señor Conejo.—Todo lo que deseo es que las abejas se hayan comido la miel, cuando se halle usted de regreso en su casa. Ya esta mañana noté que había por allí muchas abejas y, con toda seguridad, han encontrado la miel.

Al señor Oso se le hizo la boca agua a fuerza de oír hablar de miel a su prisionero, y el dio mucha rabia pensar en la posibilidad de que se la comiesen las abejas. Así, pues, sentó al señor Conejo y a la señora Liebre en la hierba y dirigiéndose a ellos con la mayor severidad y firmeza, les dijo:

—Bueno. Vais a sentaros los, dos aquí y no os mováis hasta que yo vuelva. Yo mismo iré a buscar el pote de miel, para convencerme de que no me engañas. Y si no lo encuentro en el jardín, en cuanto vuelva te despellejo.

Dicho esto emprendió la marcha a través del bosque y en breve llegó a su jardín. Mas, por mucho que buscó, no pudo hallar el pote de miel. Había una buena razón para ello y era que el señor Conejo no lo había llevado. El señor Oso, lleno de rabia y bien decidido a castigar al señor Conejo y a la señora Liebre, y a entregarlos luego al señor Zorro, para que se los comiese, volvió al lugar en que los había dejado.

Mas ya no los encontró allí. No pudo descubrir el menor rastro de ellos, cosa que no es de extrañar, porque ambos estaban ya en sus casas, riéndose hasta desternillarse, al pensar en el chasco del señor Oso.

Éste, al convencerse de que el habían burlado otra vez, volvió a su jardín y arrancó todas las matas de guisantes.

—Así no se comerán ninguno más gruñó.—Esto es seguro. Y, además, de este modo ya no me veré obligado a abandonar todas las mañanas mi tibio lecho.

Pero no habría tenido necesidad de arrancar las matas de guisantes, porque la señora Liebre y el señor Conejo habían comido tanto, que enfermaron y durante el resto del verano no pudieron comer siquiera un solo guisante.

Bien es verdad que se lo tenían muy merecido.

FIN