Lo blanco y lo negro

Lo blanco y lo negro

Erckmann-Chatrian

Drama Miedo Misterio

Cuando se descubre el cuerpo sin vida de la joven Gredel Dick se crea una atmósfera de incertidumbre y desconcierto en el pueblo de Brauer

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Lo blanco y lo negro

Por aquel entonces pasábamos nuestras veladas en la cervecería Brauer, que está en la plaza del Viejo Brisach.

En cuanto daban las ocho iban desfilando por allí Frederic Schultz, el escribano; Frantz Martin, el burgomaestre; Christophel Ulmett, el juez de paz; el consejero Klers, el ingeniero Rothan, el joven organista Théodore Blitz y otros cuantos honrados burgueses de la ciudad, que se sentaban todos a la misma mesa y bebían la espumosa bokbier en familia.

La aparición de Théodore Blitz, que había llegado de Jena con una carta de recomendación de Harmosius, sus ojos negros, su alborotado pelo castaño, su nariz pálida y delgada, su hablar cortante y sus ideas místicas sembraron un gran desconcierto entre nosotros. Nos asombraba verle levantarse bruscamente, dar tres o cuatro vueltas por la sala gesticulando, burlarse de una forma extraña de los paisajes de Suiza pintados en las paredes —lagos azul añil, montañas verde manzana, senderos rojos— y luego volverse a sentar, beberse su jarra de un trago, perorar sobre la música de Palestrina, sobre el laúd de los hebreos, sobre la introducción del órgano en nuestras basílicas, sobre el sefer, sobre las épocas sabáticas, etc., fruncir el ceño, plantar sus codos puntiagudos en el borde de la mesa y perderse en profundas meditaciones.

Sí, a nosotros que éramos gente seria, acostumbrada a las ideas metódicas, aquello nos dejaba algo perplejos, aunque no nos quedó más remedio que hacernos a ello. Hasta el ingeniero Rothan, pese a su humor burlón, también acabó cediendo y dejó de llevarle la contraria en todo al joven maestro de capilla, cuando tenía razón.

Evidentemente, Théodore Blitz era una de esas organizaciones nerviosas que acusan todas las variaciones de temperatura. Aquel año fue muy caluroso, hubo fuertes tormentas en otoño y se temió por la vendimia.

Una noche nos reunimos todos como de costumbre en torno a la mesa, con excepción del viejo juez Ulmett y del maestro de capilla. El señor burgomaestre hablaba de la helada, de las obras hidráulicas; yo escuchaba el viento agitarse entre los castaños del Schlossgarten y las gotas de agua azotar los cristales. De vez en cuando se oía una teja rodar sobre los tejados, una puerta cerrarse de un portazo, un postigo golpetear la fachada, y luego esos inmensos clamores del huracán que aúlla, silba y gime a lo lejos, como si todos los seres invisibles se buscaran y se llamaran en las tinieblas, mientras los vivos corren a esconderse y se acurrucan en un rincón para evitar su funesto encuentro.

Cuando dieron las nueve en la iglesia de San Esteban, Blitz entró bruscamente agitando su sombrero como un poseso y gritando con su voz sibilante:

—El diablo está haciendo de las suyas, lo blanco y lo negro se confunden. Las nueve veces nueve mil novecientas noventa Envidias libran batalla y se despedazan. Vamos, Ahriman, paséate, destruye, devasta… Los amschaspands han salido huyendo, Ormuz se cubre el rostro… ¡Qué tiempos! ¡Qué tiempos!

Mientras esto decía, corría por la sala a grandes zancadas sobre sus piernas flacas, con una risa entrecortada.

Nos quedamos estupefactos ante semejante irrupción y durante unos segundos nadie dijo una palabra, hasta que el ingeniero Rothan, llevado por su humor cáustico, exclamó:

—¿Qué es todo este galimatías, señor organista? ¿Quiénes son esos amschaspands, esas nueve veces nueve mil novecientas noventa y nueve Envidias? ¡Je, je, je! Es para partirse de risa. ¿Se puede saber de dónde ha sacado tan singular lenguaje?

Théodore Blitz se paró en seco cerrando un ojo, mientras que el otro, desmedidamente abierto, le brillaba con ironía diabólica.

Cuando Rothan se calló, le dijo:

—¡Oh, ingeniero! ¡Oh, mente sublime, maestro de la llana y el mortero, director de los sillares, ordenador del ángulo recto, del ángulo agudo y del ángulo obtuso, tenéis razón, toda la razón!

Y añadió con una reverencia burlona:

—Nada existe salvo la materia, la plomada, la regla y el compás. Las revelaciones de Zoroastro, de Moisés, de Pitágoras, de Odín, de Cristo; la armonía, la melodía, el arte, el sentimiento son sueños indignos de una mente preclara como la vuestra; sólo vos estáis en posesión de la verdad, la eterna verdad. ¡Je, je, je! Me inclino ante vos, os saludo, me prosterno ante vuestra gloria, imperecedera como las de Nínive y Babilonia.

Dicho esto, hizo dos piruetas sobre sus talones y soltó una risotada tan estridente que parecía el canto de un gallo saludando a la aurora.

Rothan estaba a punto de enfadarse cuando en ese mismo instante entró el viejo juez Ulmett. Iba arrebujado en su gabán verde botella ribeteado de piel de zorro, con el gorro de nutria calado hasta las cejas, la cabeza metida entre los hombros, los párpados entrecerrados; la lluvia le goteaba por las orondas mejillas y la gruesa nariz roja.

Llegaba empapado hasta los huesos.

Fuera llovía a mares; los canalones chapoteaban, las gárgolas desaguaban y las acequias se henchían como ríos.

—¡Ay Señor! —dijo el buen hombre—. Hay que estar loco para salir con este tiempo, sobre todo después del día que he tenido: instrucciones, atestados, interrogatorios… La bokbier y los viejos amigos conseguirían que cruzara el Rin a nado.

Y mientras mascullaba estas confusas palabras, se quitó el gorro de nutria y se desabrochó la pelliza para sacar su larga pipa de Ulm, su petaca y su chisquero, que dejó cuidadosamente sobre la mesa. Tras lo cual, colgando de una viga su gorro y su gabán, exclamó:

—¡Brauer!

—¿Qué se le ofrece al señor juez de paz?

—Haría bien en cerrar los postigos. Créame, este aguacero podría acabar en tormenta.

El tabernero no se hizo esperar, los postigos se cerraron y el viejo juez se sentó en su rincón dejando escapar un suspiro.

—¿Sabe lo que ha ocurrido, burgomaestre? —dijo con voz triste.

—No. ¿Qué ha ocurrido, mi viejo Christophel?

Antes de contestar, el señor Ulmett recorrió la sala con una mirada atenta.

—No somos nadie, amigos míos —dijo—. Creo que esto sí puedo decírselo: sobre las tres de la tarde han encontrado a la pobre Gredel Dick en la esclusa del molinero, en el Holderloch.

—¿En la esclusa del Holderloch? —exclamaron los asistentes.

—Sí, con una soga al cuello.

Para entender cuánto nos sobrecogieron estas palabras hay que saber que Gredel Dick era una de las jóvenes más bonitas del Viejo Brisach: morena, alta, de ojos azules y mejillas sonrosadas, la única hija del viejo anabaptista Petrus Dick, que tenía en arriendo las muchas propiedades del Schlossgarten. Desde hacía algún tiempo se la veía seria y cabizbaja, ella antaño tan risueña, por la mañana en el lavadero y por la tarde en la fuente junto a sus amigas. La habían visto llorando y se achacaba su desconsuelo a las persecuciones incesantes de Zaferi Mutz, el hijo del maestro de posta, un muchacho enjuto, nervioso, de nariz aguileña y negro cabello rizado, que la seguía como su sombra y no la soltaba del brazo los domingos en el baile.

Incluso se había hablado de boda, pero el viejo Mutz, su mujer, su yerno Karl Bremer y su hija Soffayel se habían opuesto a dicha unión, so pretexto de que una pagana no podía entrar en la familia.

Gredel llevaba tres días desaparecida. No se sabía qué había sido de ella, así que imaginaos los miles de pensamientos que se nos pasaron por la cabeza al enterarnos de que había muerto. Nadie se acordaba ya de la discusión de Théodore Blitz y el ingeniero Rothan sobre los espíritus invisibles; todos los ojos interrogaban al señor Christophel Ulmett, que llenaba su pipa ensimismado, con su ancha cabeza calva inclinada y las tupidas cejas fruncidas.

—¿Y Mutz, Zaferi Mutz? —preguntó el burgomaestre—. ¿Qué se sabe de él?

Un ligero rubor coloreó las mejillas del anciano, que contestó tras unos segundos de reflexión:

—Zaferi Mutz… ha puesto pies en polvorosa.

—¿Que ha puesto pies en polvorosa? —exclamó el pequeño Klers—. ¿Así que se confiesa culpable?

—Eso me ha parecido a mí —aventuró el viejo juez—, uno no huye sin motivo. Además, hemos ido a registrar la casa de su padre y no os podéis hacer idea de lo alterada que estaba la familia. Esas gentes parecían trastornadas: la madre tartamudeaba, se arrancaba los cabellos, la hija llevaba puesto el vestido de los domingos y bailaba como si estuviera loca. Ha sido imposible sonsacarles nada. En cuanto al padre de Gredel, el pobre hombre está sumido en una desesperación indescriptible; no quiere poner en entredicho la honra de su hija, pero lo que sí es seguro es que Gredel Dick se marchó por voluntad propia de la granja para ir tras Zaferi el pasado martes. Este hecho ha sido confirmado por todos los vecinos. Por lo demás, la gendarmería está dando una batida por los alrededores. Ya se verá…, ya se verá.

Se hizo un largo silencio; fuera diluviaba.

—¡Es abominable! —gritó de repente el burgomaestre—. ¡Abominable! Y pensar que todos los padres de familia, todos los que crían a sus hijos en el temor de Dios están expuestos a tamañas desgracias.

—Sí —contestó el juez Ulmett encendiendo su pipa—, así es. Por mucho que se diga que todo acontece según ordena Dios Nuestro Señor, yo tengo para mí que el espíritu de las tinieblas se mete en nuestros asuntos mucho más de lo que debería. Por cada buena persona, ¿cuántos desalmados hay que no se arredran ante nada? Y por cada buena acción, ¿cuántas bajezas? Amigos míos, si al diablo le diera por contar su rebaño…

No acabó la frase porque en ese mismo instante un triple relámpago iluminó las rendijas de los postigos e hizo palidecer la lámpara. Casi acto seguido se oyó un trueno, pero un trueno seco, como un chasquido; era como para poneros los pelos de punta: parecía que la tierra acabara de resquebrajarse.

Dieron la media en la iglesia de San Esteban, las lentas vibraciones del bronce parecían estar a dos pasos, y a lo lejos, muy lejos, una voz arrastrada, quejumbrosa, llegó hasta nosotros gritando:

—¡Auxilio! ¡Socorro!

—Alguien pide socorro —balbuceó el burgomaestre.

—¡Sí! —dijimos los demás a coro, aguzando el oído.

Estábamos sobrecogidos de espanto, pero Rothan, frunciendo los labios, exclamó burlón:

—¡Je, je, je! Es esa gata de la señorita Roësel, que canta su romanza amorosa al señor Roller, el joven tenor del primero.

Luego, ahuecando la voz y alzando la mano con gesto melodramático, añadió:

—Dieron las doce en la torre del castillo…

Ese tono de burla levantó la indignación general.

—¡No se ría usted de esas cosas! —le amonestó el viejo Christophel levantándose.

Se dirigió hacia la puerta con paso solemne y todos le seguimos, hasta el grueso tabernero, que llevaba su gorro de algodón en la mano y musitaba una oración como si fuera a comparecer ante Dios. Sólo Rothan no se movió del sitio. Yo iba detrás de ellos, estirando el cuello por encima de sus hombros.

Nada más entreabrirse la puerta cristalera hubo un nuevo relámpago: la calle, con sus adoquines blancos lavados por la lluvia, sus regueros de agua ondeantes, sus mil ventanas, sus tejados decrépitos, los letreros de sus comercios, emergió bruscamente de la noche; luego retrocedió y desapareció en las tinieblas.

Ese fogonazo me bastó para ver la flecha de San Esteban, sus estatuillas innumerables drapeadas en la luz blanca del relámpago, las campanas en escorzo atadas a las vigas negras —sus badajos y sus cuerdas colgando hacia la nave— y, en lo alto, el nido de cigüeñas desbaratado por la tormenta, los polluelos alargando el pico, la madre despavorida, con las alas desplegadas, y el macho revoloteando alrededor de la aguja centelleante, con el pecho abombado, el cuello encogido, sus largas patas estiradas hacia atrás como para desafiar los zigzags del relámpago.

Era una visión extraña, una verdadera pintura china, frágil, fina, ligera; algo raro y terrible sobre el fondo negro de las nubes con jirones dorados.

Nos quedamos todos boquiabiertos en el umbral de la cervecería, preguntándonos:

—¿Qué es eso que se oye, señor Ulmett? ¿Ve usted algo, señor Klers?

En ese momento, un lúgubre maullido nos hizo dar un respingo y todo un regimiento de gatos se puso a brincar por los canalones. Una carcajada retumbó en la taberna.

—¡Vaya, vaya! —gritó el ingeniero—. ¿Los oyen ustedes? ¿No tenía yo razón?

—No ha sido nada —murmuró el viejo juez—, gracias a Dios no ha sido nada. Entremos, parece que vuelve a llover.

Y yendo hacia la mesa, dijo:

—¿Tan raro es, señor Rothan, que la imaginación de un pobre viejo como yo desvaríe cuando cielo y tierra se confunden, cuando el amor y el odio se enlazan para mostrarnos crímenes desconocidos hasta la fecha en nuestra comarca? ¿Tan raro es?

Volvimos a nuestros sitios molestos con el ingeniero, que era el único que no se había inmutado y nos había visto temblar. Le dábamos la espalda trasegando jarras de cerveza sin decir palabra. Él, apoyado en la ventana, silbaba entre dientes no sé qué marcha militar, marcando el compás con los dedos en el cristal, sin dignarse reparar en nuestro mal humor.

Llevábamos así varios minutos cuando Théodore Blitz soltó riéndose:

—¡El señor Rothan gana! No cree en los espíritus invisibles, nada le perturba, tiene buen pie, buen ojo y buen oído. ¿Se precisa algo más para convencernos de que somos un hatajo de locos ignorantes?

—La verdad —dijo Rothan—, no me había atrevido a decirlo, pero lo define usted tan bien, señor organista, que no puedo por menos de darle la razón, sobre todo en lo que a usted respecta, porque en lo que atañe a mis viejos amigos Schultz, Ulmett, Klers y a los demás, la cosa es muy distinta, pero que muy distinta; a todo el mundo puede ocurrirle tener un mal sueño, siempre que eso no se convierta en costumbre.

En vez de responder a este ataque directo, Blitz, ladeando la cabeza, prestaba oído a un ruido que venía de fuera.

—¡Chsss! —dijo mirándonos—. ¡Chsss!

Alzó el índice, y la expresión de su rostro era tan sobrecogedora que todos nos paramos a escuchar con un sentimiento de temor indescriptible.

En ese mismo instante se oyó un pesado chapoteo en el arroyo desbordado, una mano buscó el cerrojo de la puerta y el maestro de capilla nos dijo con voz temblorosa:

—Mantengan la calma… Escuchen, ya verán… ¡Que el Señor nos asista!

Se abrió la puerta y apareció Zaferi Mutz.

Por muchos años que viva, el rostro de aquel hombre siempre estará presente en mi memoria. Ahí está…, puedo verlo. Se dirige hacia nosotros dando traspiés, lívido, con el cabello colgándole sobre las mejillas, los ojos apagados, vidriosos, la camisa pegada a las costillas, empuñando una gruesa estaca. Nos mira sin vernos, como en sueños. Un reguero de fango serpentea detrás de él. Se para, tose y dice por lo bajo, como hablando para sus adentros:

—Aquí estoy, deténganme, córtenme el cuello, lo prefiero…

Luego, despertando y mirándonos uno por uno con un gesto de terror, exclamó:

—¡He hablado! ¿Qué he dicho? ¡Ah, el burgomaestre, el juez Ulmett…!

Dio un salto para huir, pero enfrentado a la noche, no sé qué extraño pavor lo devolvió a la sala.

Théodore Blitz se había levantado; nos detuvo con una mirada profunda, se acercó a Mutz y, como si fueran viejos conocidos, le preguntó en voz baja señalándole la calle tenebrosa:

—¿Está ahí?

—¡Sí! —dijo el asesino con el mismo tono misterioso.

—¿Te viene siguiendo?

—Desde la Fischbach.

—¿Va a por ti?

—Sí, va a por mí.

—¡Lo que yo me temía! —dijo el maestro de capilla lanzándonos otra mirada—. ¡Siempre es así! Bien, Zaferi, no te muevas, siéntate ahí junto a la chimenea. Brauer, salga a buscar a los gendarmes.

Al oír la palabra gendarmes, el miserable palideció aún más y amagó de nuevo con huir; pero el mismo horror se lo impidió, y derrumbándose en una esquina de la mesa, hundiendo la cabeza entre las manos, dijo:

—¡Ay, si lo hubiera sabido…, si lo hubiera sabido!

Estábamos todos más muertos que vivos. El tabernero acababa de marcharse. En la sala no se oía ni un suspiro: el anciano juez había dejado su pipa sobre la mesa, el burgomaestre me miraba consternado, Rothan ya no silbaba. Théodore Blitz, sentado en el extremo de un banco con las piernas cruzadas, miraba la lluvia rayar las tinieblas.

Así permanecimos casi un cuarto de hora, con el temor de que, al final, el asesino se decidiera a escapar; pero no se movía, sus largos cabellos le colgaban entre los dedos, y el suelo iba empapándose con el agua que goteaba de su ropa.

Por fin nos llegó un ruido de armas; los gendarmes Werner y Keltz aparecieron en el marco de la puerta. Keltz, mirando de soslayo al asesino, se quitó el sombrero diciendo:

—Buenas noches, señor juez de paz.

Luego entró y esposó tranquilamente a Zaferi, que seguía tapándose la cara.

—Vamos, muchacho, sígueme —dijo—. Werner, cierre la marcha.

Un tercer gendarme, bajo y rechoncho, apareció en la sombra y toda la tropa salió.

El desdichado no había opuesto resistencia.

Nos miramos unos a otros, a cual más pálido.

—Buenas noches, caballeros —dijo el organista.

Y se marchó.

Los demás nos levantamos y nos fuimos cada uno por nuestro lado, absortos en nuestras cavilaciones.

Yo, por mi parte, volví más de veinte veces la cabeza antes de llegar hasta mi puerta, creyendo oír al otro, el que seguía a Zaferi Mutz, pisarme los talones.

Cuando al fin, gracias a Dios, me encontré a salvo en mi habitación, antes de acostarme y de apagar la luz tomé la sabia precaución de mirar debajo de la cama, no fuera a ser que dicho personaje estuviera allí agazapado. Creo recordar que hasta recé una oración para rogar que no me estrangulara durante la noche. Qué se le va a hacer, no siempre se toma uno las cosas con filosofía.

Hasta entonces había considerado a Théodore Blitz una especie de loco místico: su pretensión de mantener correspondencias con los espíritus invisibles a través de una música compuesta por todos los sonidos de la naturaleza —el temblor de las hojas, el murmullo del viento, el zumbido de los insectos— me parecía harto ridícula, y no era el único que lo opinaba.

Por mucho que nos dijera que si el canto grave del órgano despierta en nosotros sentimientos religiosos, que si la música militar nos lleva a la batalla y las melodías campestres a la contemplación es porque estas diferentes melodías son invocaciones a los genios de la tierra, que aparecen de pronto entre nosotros, actúan sobre nuestros órganos y nos hacen participar de su propia esencia, a mí todo aquello me parecía un disparate y no me cabía duda de que el organista no estaba en sus cabales.

Pero a partir de ese momento mis opiniones sobre él cambiaron. Me dije que después de todo el hombre no es un ser puramente material; que todos estamos compuestos de cuerpo y de alma; que atribuirlo todo al cuerpo y querer explicarlo todo a través de él no es racional; que el fluido nervioso agitado por las ondulaciones del aire es igual de difícil de entender que la acción directa de las potencias ocultas; que no se sabe cómo un simple cosquilleo en nuestro oído, ejercido según las reglas del contrapunto, provoca en nosotros miles de emociones agradables o terribles, eleva nuestra alma hasta Dios, la pone en presencia de la nada o despierta en nosotros el ardor de la vida, el entusiasmo, el amor, el miedo, la piedad… No, las ideas en las que había creído hasta entonces ya no me satisfacían; las del maestro de capilla me parecían mucho más portentosas, más acertadas y más aceptables bajo todo punto de vista.

Además, ¿cómo explicar por el cosquilleo nervioso la llegada de Zaferi Mutz a la taberna? ¿Cómo explicar el pavor de ese desdichado, que le obligaba a entregarse, y la asombrosa perspicacia de Blitz cuando nos dijo?: «Chsss, escuchen…, ahí llega. ¡Que el Señor nos proteja!». Por decirlo brevemente, todas mis prevenciones contra el mundo invisible desaparecieron, y nuevos hechos me confirmaron que estaba en lo cierto.

A los quince días de la escena que acabo de contar, Zaferi Mutz fue trasladado por los gendarmes a la cárcel de Friburgo. Los mil rumores que había despertado la muerte de Gredel Dick empezaban a acallarse; la pobre chica descansaba en la colina de las Tres Fuentes y los aldeanos departían sobre la próxima vendimia.

Una tarde, sobre las cinco, al salir del almacén de aduanas en el que había estado catando unas partidas de vino por cuenta de Brauer, que se fiaba más de mí que de sí mismo para estos menesteres, me dirigí algo embotado hasta el gran paseo de los castaños, detrás de la iglesia de San Esteban.

El Rin extendía a mi derecha sus aguas azules, en las que algunos pescadores echaban sus redes; a mi izquierda se erguían las antiguas fortificaciones de la ciudad. El aire empezaba a refrescar, el río cantaba su himno eterno, las brisas de la Selva Negra agitaban el follaje; yo caminaba sin pensar en nada cuando, de pronto, llegaron hasta mis oídos los sonidos de un violín.

Me paré a escuchar.

Dudo que la curruca de cabeza negra fuera capaz de más empeño en la ejecución de sus rápidos trinos, ni de más entusiasmo en su interpretación, pero aquello era un despropósito, carecía de pausas y de compás, era una cascada de notas delirantes de una afinación admirable pero sin orden ni concierto.

Y luego, en algún rapto de inspiración, unas notas agrias, incisivas, te traspasaban hasta el tuétano.

«Théodore Blitz está aquí», me dije apartando las ramas de un seto de saúco al pie del talud.

Entonces me vi a unos treinta pasos de las postas, cerca del abrevadero cubierto de lentejas de agua en el que unas ranas enormes asomaban su nariz chata. Más allá estaban las cuadras, con sus grandes cobertizos, y la destartalada casa. En el patio, cercado por un murete de escasa altura y un vallado carcomido, se paseaban cinco o seis gallinas, y bajo un tejadillo brincaban unos conejos con la grupa en alto y la cola hacia arriba. Me vieron y desaparecieron como sombras bajo el portón de la granja.

No se oía sino el murmullo del río y la extraña fantasía del violín.

¿Qué demonios hacía allí Théodore Blitz?

Se me ocurrió que estaría experimentando con su música en casa de los Mutz, y empujado por la curiosidad me oculté tras el muro para ver lo que sucedía en la granja.

Las ventanas estaban abiertas de par en par, y en una sala baja, profunda, de vigas castañas que daba al patio, vi una larga mesa puesta con toda la suntuosidad de las fiestas aldeanas. Había más de treinta cubiertos en derredor, pero lo que me dejó atónito fue no ver más que a cinco personas en ese gran convite: el viejo Mutz, sombrío y ensimismado, vestido con una levita de terciopelo negro y botonadura de metal, su cabeza huesuda y canosa contraída por un único pensamiento, sus ojos hundidos fijos ante él; el yerno, un personaje enteco, insignificante, con el cuello de la camisa subido hasta las orejas; la madre, con un alto gorro de tul y la mirada ida; la hija, bastante guapa, tocada con una cofia de tafetán negro y lentejuelas de oro y plata, envuelta en un mantón de seda de colores; y por último, Théodore Blitz, con el tricornio ladeado, sujetando el violín entre el hombro y la barbilla, los ojos brillantes, la mejilla levantada por una gruesa arruga y sus codos yendo y viniendo como los de una cigarra rascando su estridente letanía en los brezales.

Las sombras del atardecer, el viejo reloj con su esfera de loza pintada con flores azules y rojas, una grada apoyada en un rincón, en la que se había quedado enganchada la cortina a cuadros grises y blancos de la alcoba y, sobre todo, aquella música cada vez más discordante, me causaron una impresión indescriptible: fui presa de un verdadero terror pánico. ¿Era quizá por haber respirado en exceso los vapores del rudesheim? ¿Serían las tonalidades macilentas del atardecer? No sabría decirlo, pero dejé de mirar, y cuando iba avanzando lentamente pegado a la pared, arqueando los riñones, para llegar a la carretera, un enorme perro saltó hacia mí hasta tensar su cadena y solté un alarido.

—¡Tirik! —gritó el viejo maestro de posta.

Y Théodore, que me vio, salió de la sala exclamando:

—¡Eh, pero si es Christian Spéciès! No se quede usted ahí, mi querido Christian, ha llegado en el momento justo.

Atravesó el patio y cogiéndome del brazo me dijo con singular animación:

—Mi querido amigo, esta es la hora en que lo negro y lo blanco se ven las caras… Pase, pase…

Su exaltación me producía espanto, pero hizo oídos sordos a mis excusas y me arrastró sin que me fuera posible oponer resistencia.

—Sabrá usted, mi querido Christian, que hemos bautizado esta mañana a un ángel del Señor, al pequeño Nickel-Zaferi Bremer. He saludado su venida a este mundo de delicias con el coro de los Serafines. Y ahora figúrese que las tres cuartas partes de nuestros invitados se han dado a la fuga. ¡Je, je, je! Vamos, adelante, está usted en su casa.

Me empujaba por los hombros, y muy a mi pesar crucé el umbral.

Todos los miembros de la familia Mutz se habían vuelto hacia mí. Por mucho que intenté zafarme, esas gentes entusiastas me rodearon.

—Así seremos seis —gritó Blitz—, ¡seis no es mal número!

El viejo maestro de posta me estrechó las manos con emoción, diciendo:

—Gracias, señor Spéciès, gracias por venir. Que no se diga que la gente de bien nos rehúye, que estamos dejados de la mano de Dios y de los hombres. ¿Se quedará hasta el final?

—Sí —balbuceó la vieja con mirada suplicante—, el señor Spéciès tiene que quedarse hasta el final; no puede negarnos eso.

Entendí entonces por qué la mesa era tan grande y el número de comensales tan escaso: todos los invitados al bautizo, pensando en Gredel Dick, se habían buscado un pretexto para no acudir.

La idea de un abandono semejante me partió el corazón.

—Desde luego —contesté—, faltaría más…, es un honor, un verdadero honor…

Llenaron las copas y bebimos un vino áspero y fuerte, un viejo markobrunner cuyo bouquet austero me llenó de pensamientos melancólicos.

La vieja, poniendo su larga mano sobre mi hombro, murmuró:

—Otro traguito, señor Spéciès, otro traguito.

Y no fui capaz de negarme.

En ese momento, Blitz pasó el arco por las cuerdas vibrantes y un gélido escalofrío me recorrió las extremidades.

—¡Esto, amigos míos —exclamó—, es la invocación de Saúl a la pitonisa!

Me habría gustado salir corriendo, pero en el patio el perro aullaba con un largo lamento, estaba anocheciendo, la sala se llenaba de sombras. El rostro desencajado del viejo Mutz, sus ojos extraviados, la presión dolorosa de su ancha mandíbula tampoco animaban a levantarse.

Blitz seguía dale que te pego con su invocación. La arruga que rodeaba su mejilla izquierda se ahondaba cada vez más, el sudor perlaba sus sienes.

El maestro de posta nos volvió a llenar las copas y me dijo con voz sorda, imperiosa:

—¡Salud!

—Salud, señor Mutz —le contesté temblando.

De repente, el niño se echó a llorar en la cuna; Blitz, con diabólica ironía, tocó unas notas agrias para acompañarlo.

—El himno de la vida… ¡Je, je, je! El pequeño Nickel lo cantará muchas veces de aquí a quedarse calvo… ¡Je, je, je!

El viejo reloj chirrió en su caja de nogal. Al levantar la vista sorprendido, vi salir del viejo cacharro un pequeño autómata, enjuto, calvo, de ojos hundidos y sonrisa burlona: era la Muerte, que avanzó dando pasitos y se puso a segar a trompicones unas briznas de papel pintadas de verde en el borde de la caja. Luego, con la última campanada, dio media vuelta y volvió a meterse en su agujero.

«Que el diablo se lleve al maldito organista por haberme traído hasta aquí —me dije—, menudo bautizo…, qué gente tan alegre».

Llené mi copa para infundirme valor.

«Vamos, vamos, la suerte está echada; nadie escapa a su destino. Estaba escrito desde el origen de los siglos que esta tarde saldría de la aduana, me pasearía por la avenida de San Landolfo, llegaría a mi pesar hasta este antro abominable atraído por la música de Blitz, bebería markobrunner con aroma de ciprés y de verbena y vería a la Muerte segar hierbas pintadas. Vaya gracia…, esto sí que tiene gracia».

Ahí estaba yo, riéndome de la suerte de los hombres, que se creen libres y son manejados por hilos atados a las estrellas. Los magos lo han dicho, habrá que creerlos.

Me reía pues en la sombra cuando cesó la música.

Se hizo un profundo silencio. Sólo el reloj seguía con su tictac monótono. Fuera, la luna, más allá del Rin, ascendía lentamente tras el follaje tembloroso de un álamo. Su pálida luz rebotaba sobre las olas innumerables. Eso es lo que veía, y en esa luz pasó una barca negra, y un hombre de pie sobre la barca, también de negro, con la chaquetilla flotándole sobre los riñones y un gran sombrero de ala ancha que llevaba prendidos en la cinta banderines de colores.

Pasó como un sueño. Sentí entonces que se me cerraban los ojos.

—¡Bebamos! —gritó el maestro de capilla.

Se entrechocaron las copas.

—¡Qué bien canta el Rin…, canta la canción de Barthold Gouterolf! —dijo el yerno.

«Ave… ave… stella».

Nadie dijo nada.

A lo lejos se oían dos remos batir las aguas en cadencia.

—Hoy es cuando Zaferi va a recibir la gracia —exclamó de repente el viejo maestro de posta con voz ronca.

Sin duda llevaba todo el rato rumiando ese pensamiento. Era eso lo que le tenía tan apenado. Se me puso la carne de gallina.

«Está pensando en su hijo —me dije—, el hijo al que van a ajusticiar».

Y sentí un escalofrío por la espalda.

—¡La gracia! —dijo la hija con una carcajada extraña—. ¡Sí, la gracia!

Théodore me tocó el hombro, e inclinándose sobre mi oído me dijo:

—Ya llegan los espíritus…, están llegando.

—Si se ponen a hablar de eso —gritó el yerno, al que le castañeteaban los dientes—, si se habla de eso yo me voy.

—¡Eso, vete, vete, miedoso —contestó la hija—, no nos haces ninguna falta!

—¡Pues me marcho! —dijo levantándose.

Y descolgando su sombrero de la pared salió a grandes zancadas.

Lo vi pasar a toda prisa por delante del ventanal y envidié su suerte.

¿Qué podía hacer para irme yo también?

Había algo encaramado sobre el murete; miré con los ojos desorbitados por la sorpresa y vi que era un gallo. Más allá, tras la cerca carcomida, brillaba el río, y sus grandes olas se desplegaban lentamente sobre la orilla. La luz bailoteaba sobre el agua, como una nube de gaviotas con grandes alas blancas. Mi cabeza estaba llena de sombras y de reflejos azulados.

—¡Escúchame bien, Petrus! —gritó la vieja al cabo de un instante—. ¡Tú eres el causante de todo lo que nos está pasando!

—¡Yo! —dijo el viejo con voz sorda, irritada—. ¿Que yo soy el causante?

—¡Sí, nunca tuviste la menor compasión con nuestro hijo! ¡Jamás le pasaste ni una! ¿No podías haberle dejado casarse con esa chica?

—Mujer —dijo el anciano—, en vez de acusar a los demás, piensa que la sangre recae sobre tu cabeza. Desde hace veinte años no has dejado de ocultarme los defectos de tu hijo. Cuando le castigaba por su maldad, por su ira, por su afición a la bebida, tú lo consolabas, llorabas con él, le dabas dinero a escondidas, le decías: «Tu padre no te quiere, es un hombre duro». Y mentías para hacerte querer. Me robabas la confianza y el respeto que un hijo debe a quien le quiere y trata de enderezarlo. Y cuando quiso casarse con esa chica, yo ya no tenía fuerzas para conseguir que me obedeciera.

—¡Qué te costaba haber dicho que sí! —aulló la vieja.

—Me negué —dijo el anciano—, porque mi madre, mi abuela y todos los hombres y mujeres de la familia no podían recibir a esa pagana en el cielo.

—¡En el cielo! —se carcajeó la vieja—. ¡En el cielo!

Y la hija añadió agriamente:

—Desde que tengo memoria, padre no nos ha dado más que golpes.

—Porque os los merecíais —contestó el viejo—; me dolían más que a vosotros.

—Más que a vosotros… ¡Ja, ja, ja! ¡Más que a vosotros!

En ese momento, una mano me tocó el brazo; me sobresalté. Era Blitz. Un rayo de luna, rebotando contra los cristales, lo salpicaba de luz. Su cara pálida, su mano extendida sobresalían de las tinieblas. Miré hacia donde apuntaba su dedo, porque estaba señalándome algo, y vi el más terrible espectáculo que recordarse pueda: una sombra inmóvil se recortaba en la ventana, sobre las blancas aguas del río; esa sombra tenía forma humana y parecía suspendida entre cielo y tierra. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, los codos asomaban alzados en escuadra a los costados y las piernas, muy rectas, se tensaban hasta acabar en punta.

Me quedé mirando con los ojos llenos de espanto cada detalle de esa figura blanquecina: reconocí a Zaferi Mutz, y sobre sus hombros encorvados vi la soga, el gancho y el arco del cadalso. Al pie del funesto aparato, una silueta blanca, arrodillada, con el cabello revuelto: Gredel Dick, juntas las manos, rezando.

Todos los demás veían igual que yo esa extraña aparición, porque oí al viejo gemir:

—Señor Nuestro Dios, ten piedad de nosotros.

Y la vieja, en voz baja, ahogada, susurró:

—¡Zaferi ha muerto!

Y empezó a sollozar.

La hija gritó:

—¡Zaferi, Zaferi!

Entonces todo se desvaneció y Théodore Blitz, cogiéndome de la mano, me dijo:

—Vámonos.

Salimos. Hacía buena noche. Las hojas temblaban con un suave murmullo.

Mientras corríamos despavoridos por el paseo de los castaños, una voz lejana, melancólica, cantaba sobre el río la vieja balada alemana:

Honda y callada es la tumba,

No te asomas sin espanto.

En la patria de los muertos,

En la patria de los muertos,

Extiende un sombrío manto.

—¡Ah! —exclamó Blitz—, de no haber estado allí Gredel Dick, habríamos visto al otro; lo negro habría descolgado a Zaferi, pero ella rezaba por él, la pobre…, rezaba por él: lo que es blanco permanece blanco.

Y la voz lejana, cada vez más débil, prosiguió arrullada por las aguas:

No devuelve eco la muerte

Del canto del ruiseñor.

Rosas que en la tumba crecen,

Rosas que en la tumba crecen

Son las rosas del dolor.

La horrible escena que acababa de suceder ante mis ojos y aquella voz lejana, melancólica, que fue apagándose en la lontananza, se me han quedado grabadas como una imagen confusa del infinito, de ese infinito que nos absorbe despiadadamente y nos engulle sin posibilidad de retorno. Hay quien se ríe de ello, como el ingeniero Rothan, a otros los hace temblar, como al burgomaestre; unos gimen con voz plañidera; otros, como Théodore Blitz, se asoman al abismo para ver lo que hay al fondo. Pero nada de eso importa y la famosa inscripción del templo de Isis sigue siendo cierta: «Soy el que soy y nunca nadie ha desentrañado el misterio que me rodea ni lo desentrañará jamás».

FIN