La travesura del Gnomo Pegón

La travesura del Gnomo Pegón

Colección Marujita

Aventuras Hadas duendes y elfos Para niños Valores morales

El gnomo Pegón, experto en arreglar cosas rotas, gasta una broma encolando los zapatos y el sombrero de un gnomo elegante.

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La travesura del Gnomo Pegón

Iba el gnomo Pegón silbando alegremente por el sendero. El día era magnífico y él se sentía feliz. En la mano izquierda llevaba el pote de cola y debajo del brazo derecho tres brochas.

Pegón se dedicaba a componer las cosas rotas. Tenía una cola muy fuerte y era capaz de dejar los objetos rotos como si fuesen nuevos. Y estaba muy orgulloso de su habilidad.

Mientras iba por el sendero, vio al lado de una mata un par de zapatos y un sombrero de copa. Se asombró mucho, preguntándose a quién pertenecerían y, al asomarse hacia el otro lado de la mata, vio a un gnomo muy gordo que estaba dormido.

Pegón se quedó mirándolo, extrañado, deseoso de saber quién sería. Vestía chaqueta de seda azul, pantalones de amarillo claro y su porte era muy elegante.

Mientras lo examinaba, a Pegón se le ocurrió una travesura que le hizo sonreír. Humedeció una de sus brochas en el pote de cola y luego, con el mayor cuidado, pintó el borde superior de los dos zapatos e hizo lo mismo con el sombrero de copa. Luego retrocedió, riéndose. —Ahora lo despertaré para ver cómo se pone los zapatos y el sombrero murmuró. Se acercó de nuevo a la mata y empezó a gritar:—¡Eh! ¡Eh!

El dormido gnomo se sentó, sobresaltado, y se puso en pie. Miró a su alrededor para ver quién lo llamaba.

—No sé quién me habrá despertado—murmuró.Pero casi estoy seguro de que he oído gritar a alguien.

¿Qué hora será? ¡Dios mío, las doce! Llegaré tarde para recibir al príncipe.

Dicho esto se calzó lo antes que pudo y se puso el sombrero. ¡Cuánto se reía Pegón al verlo!

—Lo seguiré para ver qué pasa cuando quiera quitarse el sombrero pensó.

Lo hizo así, procurando no ser visto, y pronto se dio cuenta de que el gnomo se dirigía a la estación para recibir al príncipe de quien había hablado.

—Cuando quiera quitarse el sombrero, no lo conseguirá—murmuró el malvado gnomo bailando de alegría, al pensar en la broma que se le había ocurrido.

En el camino a la estación, el gnomo gordo observó que se le había metido una piedrecilla en un zapato. Se inclinó, pues, para descalzarse y desalojar la piedra, pero con grande asombro, observó que no podía separar el calzado de su pie. Empezó a tirar con fuerza, pero en vano, porque ni siquiera se movía.

¡Es extraordinario! murmuró asombrado. Muy raro. ¿Qué demonio pasa? Nunca me había ocurrido tal cosa. Ahora veré si el otro zapato sale o no.

No tardó en darse cuenta de que tampoco podía quitárselo, porque estaba tan firme como el primero. El pobre gnomo estaba desesperado. Consultó su reloj y vio que llegaría ya muy tarde a la estación. Por consiguiente, echó a correr, aunque cojeando a cada paso, porque la piedrecilla le hacía mucho daño. Pegón lo siguió sin dejarse ver, pues no dudaba de que el gnomo lo haría víctima de su cólera si adivinaba lo ocurrido.

El desdichado llegó a la estación después que el tren.

El príncipe, en el andén, miraba a su alrededor, muy disgustado, al darse cuenta de que nadie había ido a recibirlo. En cuanto vio al gnomo gordo se acercó a él y le estrechó la mano, pero se fijó, muy extrañado, en que no se había quitado el sombrero para saludarlo.

Y no porque se hubiese olvidado de ello. Bien lo intentó, pero estaba tan sujeto a la cabeza, como los zapatos a sus pies. Aquello era alarmante.

¿Por qué no te quitas el sombrero para saludarme? —preguntó el príncipe, enojado.

Lo siento muchísimo, señor contestó el gnomo poniéndose encarnado como un tomate. Pero no puedo quitarlo de la cabeza.

—Sin duda necesitas un número mayor—replicó el príncipe.—Pero, en fin, vamos a tu casa. Deseo ir a pie, porque el camino es muy agradable.

Así, pues, el príncipe y el gnomo echaron a andar, pero como el último tenía aún la piedrecilla dentro del zapato, cojeaba de un modo lamentable.

—¿Qué tienes en el pie? preguntó el príncipe, inquieto, al observar que su compañero cojeaba.

Se me ha metido una piedrecilla dentro del zapato —contestó humildemente el gnomo.

—Pues sácala—le aconsejó el príncipe.

—No puedo contestó el gnomo.—Tengo los zapatos sujetos al pie, del mismo modo que el sombrero a la cabeza. Lo siento muchísimo, príncipe, pero no puedo explicarme lo que ha sucedido.

El príncipe se inclinó para examinar los zapatos del gnomo.

—Alguien te ha hecho víctima de una broma—dijo. El interior de los zapatos está encolado y observo que esa cola es muy fuerte. Déjame mirar si ocurre lo mismo con el sombrero añadió. Y después de meter un dedo por entre éste y la cabeza, dijo: Si, también hay cola. Me gustaría saber quién te ha hecho víctima de esa travesura.

El gnomo Pegón se reía con toda su alma al contemplar la escena. Estaba oculto detrás de una mata, por entre cuyas ramitas podía ver muy bien a los otros dos personajes. Pero ignoraba que el príncipe era un poderoso encantador. Medio minuto después éste pronunció una sarta de palabras mágicas para obligar a que se le presentase el autor de aquella broma, de manera que Pegón, asustado y confuso, viose obligado a situarse ante el príncipe.

—¡Ah! ¿De modo que eres tú el autor de esa broma estúpida?—_exclamó el príncipe, fijándose en el pote lleno de cola . Ven acá.

Se apoderó de Pegón y le diotan fuerte zurra, que el bromista empezó a aullar de dolor. El gnomo gordo contemplaba la escena muy asombrado y luego, arremangándose, exclamó:

—Permitidme que me encargue yo de la segunda parte, príncipe. A mi vez deseo darle una buena zurra. Tengo la mano bastante pesada y le escarmentaré.

Pero en cuanto Pegón vio la poderosa mano del gnomo, echó a correr como alma que lleva el diablo, sin abandonar el pote de la goma y los pinceles. El gnomo gordo lo persiguió un buen rato, pero, al fin, desistió al ver que el travieso Pegón atravesaba las puertas del País de las Hadas, y entraba en nuestro mundo.

Pegón sigue aún entre nosotros y ¿sabéis a qué se dedica? Pues a proporcionar su cola a las arañas, para que hagan sus telas, de modo que no es de extrañar que sean tan pegajosas. Quizá algún día podáis verlo.

FIN