La princesa y el erizo

La princesa y el erizo

Saturnino Calleja

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Un erizo encantado otorga belleza y encanto a la princesa. Pero un día, un malvado hechicero intenta robar el erizo para su propio beneficio

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La princesa y el erizo

— Pues no sé cómo vamos a arreglárnoslas — dijo la Reina por vigésima vez.

— Hágase lo que se haga, siempre acabará mal — dijo el Rey en tono sombrío — . No me cabe duda.

— Sí — contestó la pobre Reina — , tampoco a mí me cabe la menor duda.

La desgracia llega por muchos caminos y no siempre se puede saber con anticipación de modo seguro por cuál ha de llegar. Pero hay cosas que anuncian siempre la desgracia, tan inevitablemente como la noche sucede al día. Por ejemplo: si dejáis que el agua hierva hasta consumirse, a la cazuela se le abrirá un agujero. Si dejáis abiertos las grifos del baño y cerrada la válvula de desagüe, más pronto a más tarde las escaleras de vuestra casa serán una imagen de las cataratas del Niágara. Si os dejáis en casa el bolsillo, cuando vayáis a pagar el tranvía os encontraréis sin dinero. Si echáis un fósforo encendido a las cortinas de vuestro cuarto, lo más probable será que vuestro padre tenga que pagar unos duros al cuerpo de bomberos para que venga con sus mangas a apagar el fuego. Y si sois reyes y no invitáis a las hadas malas al bautizo de vuestros hijos, ocurrirá una cosa semejante, y si las convidáis, acudirán, y, en tal caso, también sufrirá perjuicio la Princesa recién nacida. ¿Qué ha de hacer pues, un pobre monarca? No le queda más que un camino para resolver la dificultad, y es el de no celebrar el bautizo. Pero entonces se ofenderían las hadas buenas y ¿no podrían ocurrir cosas peores?.

Todas.estas reflexiones se habían hecho y continuaban haciéndose el rey Basilio y su esposa, y ni uno ni otra podían dudar de que se encontraban en situación bastante comprometida. Daban vueltas por centésima vez al asunto en la terraza del Palacio, adornada de granados y adelfas que crecían en verdes macetones y de rosas rojas y blancas, encarnadas y amarillas, que cubrían profusas la balaustrada. En la terraza inferior la nodriza real se paseaba arriba y abajo con la princesita que tanto daba que pensar en la terraza superior. Los ojos de la Reina contemplaban con admiración a la criatura.

— ¡Qué mona! — decía. — Oye, Basilio, ¿no has sentido alguna vez deseo de ser pobre?

— Nunca — contestó el Rey en tono decidido.

— Pues yo sí replicó la Reina — , porque entonces hubiéramos ido al bautizo tú, yo, tu hermana y nadie más, y no tendríamos temor ninguno. Muchas veces lo he pensado.

La paciente expresión del Rey demostró que no creía probable que a ella se le hubiese ocurrido nada útil; pero, a las pocas palabras, cambió de aspecto. Diríais que aguzó los oídos, si es que los Reyes tienen oídos que puedan aguzarse. Porque ella le dijo:

— Celebremos el bautizo en secreto. — ¿Cómo? — preguntó el Rey.
La Reina miraba hacia donde estaba la niña, con eso que se suele llamar ojos distraídos.
 — Espera un momento — dijo en voz baja — . Sí; así ha de ser; celebraremos el bautizo en las bodegas: ya sabes lo espléndidas que son.

— ¡Ya lo creo! ¡Como que mi abuelo las mandó construir a los mejores obreros de Jerez! — interrumpió su regio esposo.

— Las invitaciones que enviemos han de parecer facturas. El chico del panadero se encargará de repartirías; es muy listo: ayer hizo reír a la niña cuando yo le hablaba del pan que ha de traer cada día. Pondremos en ellas: ˝1 pan 3. Agradeceremos la puntualidad en el pago˝. Esto significará que se invita a 1 persona para las 3 de la tarde. Y al respaldo escribiremos con tinta invisible cuándo y dónde. Eso se hace con zumo de limón, ya lo sabes. Y le diremos al chico del panadero que trate de ver a cada persona, como lo hace cuando hay que verlas por propio interés, y le diga por lo bajo: ˝Secreto absoluto. Zumo de limón. Acérquelo al fuego˝, y se marche. ¿Verdad que te parece bien?

Quitóse el Rey la pipa de la boca, se aseguró la corona sobre la frente y dijo a la Reina con toda solemnidad: — Eres una maravilla; eso es lo que debe hacerse.

Pero el chico del panadero es muy pequeñito. ¿Podremos fiarnos de él?

— Nueve años tiene — dijo la Reina — , y más de una vez se me ha ocurrido que debe de ser un Príncipe disfrazado. ¡Es tan inteligente!

El plan de la Reina se llevó a cabo. Las bodegas, que eran verdaderamente extraordinarias, fueron adornadas en secreto por el criado de confianza del Rey, la doncella de confianza de la Reina y unos cuantos amigos íntimos, acerca de cuya fidelidad no cabía duda. Las paredes estaban tapizadas de raso y terciopelo blanco y adornadas con guirnaldas de rosas blancas, y las losas del suelo quedaron cubiertas de césped recién cortado con margaritas blancas, tan rozagantes, que parecía que acababan de nacer en él.

El chico del panadero repartió debidamente las invitaciones. En ellas estaba escrito con tinta azul corriente:

˝Panaderías Reales. 1 pan 3. Agradeceremos la puntualidad en el pago˝.

Y cuando los invitados acercaban el papel al fuego, como el chico del panadero les recomendaba en voz baja, leían en letras de un color pardo y casi imperceptible:

˝El rey Basilio y la reina Elisa os invitan al bautizo de su hija la princesa Basilisa, que ha de celebrarse el miércoles a las 3 de la tarde en las bodegas de Palacio.

Nota. Nos vemos obligados a guardar secreto y precauciones a causa de las hadas malas; servíos, pues, venir disfrazados como si fueseis comerciantes que viniesen a cobrar una cuenta, y llamad con energía, como si supieseis que no iban a pagárosla.˝

Por esto comprenderéis que el Rey y la Reina no estaban en posición desahogada, como hubiera sido de desear. De modo que el hecho de ver que un comerciante se dirigía a Palacio con tal pretensión, era la cosa menos apropósito para despertar sospecha en los transeúntes. Pero como la mayor parte de los súbditos del Rey tampoco estaban muy bien de fondos, aquello no constituía sino un lazo más entre el Rey y su pueblo, que les hacía simpatizar mutuamente y entenderse de una manera que no está al alcance de los más de los Reyes en las más de las naciones. Y a podréis imaginaros el jaleo que se armó entre las familias de la gente que había sido invitada al bautizo y el cuidado que pusieron en la elección de trajes.
El Presidente del Tribunal Supremo se disfrazó de zapatero remendón; el Capitán general, de lacero; el Presidente del Consejo de Ministros se vistió de sastre,

para lo cual no necesitó cambiar de traje, sino de expresión, y no mucho; y los demás cortesanos no tuvieron dificultad alguna para disfrazarse perfectamente. Tampoco la tuvieron las hadas buenas, a quienes, como es natural, se había invitado en primer término. Benévola, reina de las hadas, se disfrazó de rayo de luna, que puede entrar en Palacio sin que nadie le diga una palabra. Serena, la de categoría inmediata, se vistió de mariposa, y todas las demás hadas se pusieron disfraces igualmente lindos y de buen gusto.

La Reina parecía más amable y hermosa; el Rey; arrogantísimo y varonil, y todos los invitados convinieron en que la Princesa recién nacida era la criatura más bonita que habían visto desde que tenían uso de razón.

Cada cual llevó consigo los más encantadores regalos para la niña, ocultos bajo sus disfraces. Las hadas hicieron los habituales dones de belleza, gracia, inteligencia, simpatía, etcétera, etc.

Todo iba saliendo perfectamente; pero ya comprenderéis que las cosas no podían quedar así. El gran Almirante de la Armada no había podido encontrar un traje de cocinero suficientemente grande para cubrir del todo su uniforme, y se le veía la punta de una charretera. Y aconteció que Malévola, la más importante de las hadas malas, lo había atisbado al pasar por la puerta trasera del palacio, cerca de la cual estaba sentada ella, vestida de perro — sin — bozal — que — se — oculta — de — la — policía, dándose el gustazo de imaginarse cuál sería el apuro de la Casa Real cuando tenía que habérselas con tantos acreedores.

A punto estuvo Malévola de salirse fuera de su piel de perro, cuando vió brillar la charretera del Almirante. — ¿Qué es esto? — dijo con voz ronca como el ladrido de un can — . Vamos a ver lo que pasa — . Y disfrazándose de sapo, se metió dentro de la cañería por la cual se limpiaba el tonel grande de las bodegas de Palacio.

El susodicho tonel había constituido para los decoradores una grave dificultad y un verdadero triunfo. Cuando en vuestra casa tenéis algo que no es gusta, soléis elegir entre taparlo o arreglarlo para que sirva de adorno. Y como era imposible tapar el enorme tonel, decidieron convertirlo en ornamento, cubriéndolo de musgo verde y plantando en él un árbol, un manzano chiquito y en flor. Todos lo habían admirado mucho.

Malévola, cambiando apresuradamente de disfraz, se convirtió en topo, abrióse camino a través de la tierra que Ilenaba el tonel, llegó a lo alto y asomó su hocico afilado en el momento mismo en que Benévola decía con su vocecita suave, que Malévola había encontrado siempre tan afectada:

— La Princesa amará y será amada durante toda su vida.

— Así será — confirmó el hada mala, recobrando su propia figura, entre las exclamaciones de la concurrencia. — ¡Callaos, cuco ridículo — , añadió dirigiéndose al primer chambelán, cuyos gritos eran verdaderamente desgarradores — u os hago también un regalo para que os acordéis del bautizo!

Todos guardaron instantáneamente un silencio mortal; sólo la reina Elisa, que había tomado en sus brazos a la niña cuando Malévola pronunció sus primeras palabras, dijo con voz débil:

— No, querida Malévola.

Y el Rey añadió — : Esto no es lo que se llama un bautizo, ya lo veis; no hay ceremonia ninguna, sólo unos cuantos amigos de confianza . . .

— Y lo veo — — exclamó Malévola, riéndose con esa terrible risa suya que quita las ganas de volverse a reir en su vida a todo el que la oye. Pues yo también he caído por aquí; dejadme echar una mirada a la criatura.

La pobre Reina no se atrevió a negarse a tal deseo. Acercóse vacilante al Hada, con la niña en los brazos.

— ¡Hum ! — dijo Malévola — . Vuestra preciosa hija. tendrá la belleza, la gracia y todas esas chucherías que aquellas hadas de tres al cuarto han querido darle. Pero será arrojada de su reino. Tendrá que hacer frente a sus enemigos, sin que haya a su lado más que una persona, y no recuperará lo que es suyo hasta que encuentre. — Malévola titubeaba, no podía dar con algo que fuese desagradable de veras — . Hasta que encuentre … — repetía.

— Cien lanzas que la sigan al combate — gritó una voz nueva — Cien lanzas consagradas a ella y a nadie más.

Un hada muy joven se desprendió del manzano chiquito, en donde había estado oculta entre las florecitas sonrosadas y blancas.

— Muy joven soy, ya lo se — exclamó en tono de excusa — , y apenas he acabado el último curso de Historia de las Hadas; pero me parece que si un hada se detiene más de medio segundo en una maldición, ésta no puede prosperar y alguien ha de completarla en su nombre. ¿No es así, Majestad? — terminó dirigiéndose a Benévola. Y la reina de las hadas dijo que sí, que tal era la ley, sólo que era ya tan antigua que a casi todo el mundo se fe había olvidado.

— Muy lista pareces — dijo Malévola — , pero en realidad no eres más que una simple; si no puede tener más que una persona a su lado, cuantos la acompañen morirán en la batalla, y ella perderá su reino y yo tendré que asistir a sus funerales. ¡Será una cosa atroz! — añadió frotándose las mar.os a tan gratos pensamientos.

— Si habéis terminado ya — le dijo el Rey cortésmente — , como no querréis tomar un refresco, ¿me permitís que os despida? — y él mismo le abrió la puerta, por la cual Malévola salió riéndose con su risita falsa. Entonces todos los concurrentes se echaron a llorar.

— No importa — dijo por último el Rey secándose los ojos con la cola de su manto de armiño — — ; falta todavía mucho tiempo y quizá no suceda nada

¡Vaya si sucedió!
El Rey hizo cuanto estuvo de su parte para preparar a su hija a afrontar la lucha en que había de verse sola contra sus enemigos. Le enseñó esgrima, equitación, tiro de ballesta y de arco, no menos que de pistola, de rifle y de artillería. Aprendió ella a bucear y a nadar, a correr y a saltar, boxeo y jiu — jitsú, de modo que fue creciendo y poniéndose tan fuerte y saludable que no había, entre todos los príncipes de su edad, uno capaz de competir con ella en lucha. Pero los — contados príncipes que acudían a Palacio no iban a reñir con la Princesa, y en cuanto se enteraban de que no tenía más dote que los donativos de las hadas y que además andaba por medio el de Malévola, todos decían que no habían hecho más que acercarse al pasar por allí y que se iban sin más. Y así ocurría.

Entonces acaeció el terrible suceso. Los mercaderes que se habían pasado años y años llamando a la puerta de Palacio con sus facturas, decidieron que todo aquello fuese a parar a otras manos y acudieron a un Rey de las cercanías, quien entró con sus tropas en el país de Basilio, sublevó al ejército — a los soldados no se les pagaba desde hacía muchos años — , y echó al Rey a la Reina. Pagó las cuentas de los mercaderes, dejó la mayor parte de las paredes de Palacio empapeladas con los recibos y se encargó˝ del gobierno de la casa.

Cuando esto ocurría, la Princesa no estaba allí; había ido a visitar a una tía suya, emperatriz de Oricalkia, tan lejos que para llegar allí había que correr medio mundo; no existía correo regular entre ambos países, de modo que cuando volvió a su casa, viajando con una caravana de cincuenta y cuatro camellos, que no andaban muy de prisa, al llegar a su reino esperaba encontrar colgaduras, banderas, repique de campanas y calles cubiertas de rosas para recibirla.

Nada de eso encontró; las calles estaban desanimadísimas, las tiendas cerradas, porque era día festivo, y ni una sola persona conocida pudo ver en toda la ciudad.

Dejó fuera de puertas los cincuenta y cuatro camellos cargados con los regalos que su tía le había hecho, y se fue sola a Palacio, montada en su camello favorito, sospechando que quizá su padre no habría recibido la carta que ella le había expedido por medio de una paloma mensajera el día anterior.

Pero cuando llegó al Palacio y se apeó del camello y entró, vio en el trono de su padre a un Rey extranjero y a una Reina extranjera a su lado, en el puesto de su madre.

— ¿Dónde está mi padre? — preguntó la Princesa, fría como el hielo, deteniéndose ante las gradas del trono — . ¿Y qué hacéis vosotros aquí?

— Eso es lo que yo pregunto — dijo el Rey — ¿quién sois vos?

— Soy la princesa Basilisa.

— ¡Ah! , ya me han hablado de vos — dijo el Rey — ; os hemos esperado durante mucho tiempo. Vuestro padre ha sido desahuciado, como veis, y no puedo daros sus señas.

En aquel momento alguien cuchicheó al oído de la Reina que cincuenta y cuatro camellos cargados de sedas, terciopelos, monos, cotorras, y los más ricos tesoros de Oricalkia, se hallaban a las puertas de la ciudad. Juntó las manos con asombro y habló en voz baja al Rey, el cual hizo un signo afirmativo con la cabeza y exdamó:

— Voy a hacer una nueva ley.

Todos se echaron de cara al suelo. En aquel país la ley era muy respetada.

— A nadie que se llame Basilisa se le permite tener propiedades en este reino — proclamó el rey — . Echad de aquí a esta extranjera.

Así echaron a la Princesa del Palacio de sus padres, del que salió llorando a los jardines en que tan dichosa había sido cuando niña.

Y sucedió que el chico del panadero, que a la sazón era ya muchacho de la panadería, vino con el pan de la casa y vio que alguien lloraba entre las adelfas — . Consolaos — dijo a la que lloraba; y se encontró con que era la Princesa, a quien al punto reconoció.

— Alegráos — dijo — ; las cosas no son tan malas como parecen.

— ¡Ah, panaderito! — dijo ella, reconociéndole también — , ¿cómo he de alegrarme? Ya ves que me echan de mi reino. No me han querido dar las señas de mi padre, y he de hacer frente a mis enemigos sin tener junto a mí más que un solo ser humano.

— Eso no ha de ser verdad de ningún modo — afirmó el chico del panadero que se llamaba Erináceo — . Aquí me tenéis. Si queréis tomarme por escudero, os seguiré a donde quiera que vayáis y os ayudaré a pelear con vuestros enemigos.

— N o te dejarán — contestó la Princesa triste~ mente — — ; pero, de todas maneras, te lo agradezco mucho.

Y secándose los ojos, se puso en pie.
 — Me voy — dijo — , aunque no sé a dónde ir.

Y sucedió que en cuanto la Princesa hubo salido del Palacio la Reina dijo — — : Mejor hubiera sido mandarle cortar la cabeza por traición — . Y el Rey replicó — : Voy a decir a los arqueros que disparen contra ella cuando salga del territorio — . Por esta razón, cuando se puso en pie en el bosquecillo de adelfas, alguien gritó en la terraza — : ¡Allí está! — , e instantáneamente una lluvia de flechas voló por encima del jardín. Al oír el grito Erináceo se puso delante de ella, y la cogió en brazos, volviendo la espalda a los arqueros del Rey, que eran mil, todos ellos excelentes tiradores. El pobre panadero sintió que mil flechas se clavaban en su espalda.

— ¡Ay, que han muerto a mi último amigo! — gritó la Princesa. Pero como era una Princesa muy forzuda le llevó detrás de unos arbustos que le ocultaban a la vista de los de Palacio y le condujo después al bosque, donde se puso a llamar a gritos a Benévola, reina de las hadas; y Benévola se presentó:

— ¡Han matado a mi único amigo! — dijo la Princesa — ; al último! ¿No podré arrancar las flechas?

— Si lo haces — contestó el hada — morirá ciertamente desangrado.

— Y si las dejo, morirá lo mismo — objetó la Princesa.

— No es necesario — dijo el hada — . Voy a córtarlas un poco — . Hízolo así con su navajita encantada — . Ahora — añadió — voy a hacer lo que esté en mi mano, pero temo que a ninguno de los dos os satisfaga. Erináceo — prosiguió dirigiéndose al chico del panadero, desvanecido entre las astas de las flechas, amontonadas aún a su lado — : te ordeno que en cuanto yo me desvanezca tomes la figura de un erizo. El erizo — dijo a la Princesa por vía de explicaciónes el único ser que puede vivir cómodamente con mil pinchos clavados en la espalda. Ya sé que también hay puerco espines, pero los puerco espines son gente viciosa y grosera. ¡Adiós!

Y así diciendo se desvaneció. También se desvaneció Erináceo, y la Princesa se encontró sola en el bosquecillo de adelfas, sobre cuyo oscuro suelo se agitaba un pequeño erizo terroso y todo lleno de púas.

— ¡Ay, desgraciada! — exclamó la Princesa — . Otra vez estoy sola en el la mundo; el chico del panadero ha dado su vida por la mía, que no vale la pena de ser vivida.

— No hay nada en el mundo que valga tanto la pena — interrumpió una vocecilla débil que sonaba a sus pies.

— Pero ¿puedes hablar? — dijo ella casi alegrándose.

— ¿Porqué no?—contestó el erizo en tono resuelto — . La forma del erizo es lo único que de él he tomado. Por dentro, Erináceo soy, como antes lo era; cogedme y ponedme en una punta de vuestro manto para que no os pinchéis las manecitas.

— Oye, tú, no me eches piropos — dijo la Princesa — ; ni a un erizo le están permitidas ciertas libertades.

— Lo siento, Princesa — contestó el erizo — , pero no lo puedo evitar. Sólo dicen mentira los seres humanos; las demás criaturas dicen verdad. Ahora que yo tengo lengua de erizo, no puedo decir más que la verdad. Y la verdad es que os amo más que al mundo entero.

— Bueno — dijo la Princesa pensativa — , puesto que eres un erizo, voy a suponer que puedes quererme y yo también te querré como a un perrito o como a un pececito de oro. ¡Pobre ericito mío!

— No — dijo el erizo — , acordaos de que soy el chico del panadero; muchacho por mi entendimiento y por mi alma, mi cualidad de erizo es sólo de piel para afuera. Cogedme, princesita querida, y vámonos a buscar fortuna. — Creo que a quien debiéramos buscar es a mis padres — propuso la Princesa — . Sin embargo … Cogió el erizo, lo envolvió en una punta de su manto y se pusieron en marcha a través del bosque.
Aquella noche durmieron en la cabaña de un leñador. El leñador era muy bondadoso e hizo una preciosa cajita de haya para llevar el erizo. Aseguró a la Princesa que los más de los súbditos de su padre eran leales todavía, pero que nadie se atrevería a pelear por él, porque tendrían entonces que pelear por la Princesa, y aunque mucho deseaban hacerlo, la maldición de Malévola les aseguraba que sería inútil.

Metió la princesa al erizo en su cajita y se puso otra vez en marcha, preguntando en todas partes por su padre y su madre, y después de muchas aventuras, que no tengo tiempo de contar, los encontró al cabo, viviendo muy humildemente en una descarriada quinta. Alegráronse mucho de verla, pero al enterarse de que se proponía recuperar el reino, le dijo el Rey:

— Lo que es yo, hija mía, no he de molestarme; te aseguro que no he de molestarme. Somos aquí complelamente felices. A mí me queda la pensión que corresponde a los monarcas destronados, y tu madre se ha hecho una verdadera mujer de su casa.

Ruborizose de gusto la Reina, y dijo — : Gracias, marido; pero si consigue Basilisa echar a ese malhadado usurpador, segura estoy de que seré una reina mucho mejor que antes lo he sido. He asistido a las clases nocturnas de una escuela del hogar y domino ya perfectamente la economía doméstica.

Besó la Princesa a sus padres y salió al jardín para pensar en todo aquello. Pero el jardín era muy chico, y estaba lleno de ropa tendida. En vista de ello, salió al camino, pero el camino estaba lleno de polvo que levantaban los transeúntes. Preferible, era, pues, la ropa tendida, por lo cual volvió al jardín y se sentó sobre la hierba en una avenida blanca de manteles y servilletas. Entonces sacó al erizo de la cajita. Estaba hecho una bola, pero ella le tocó en el trocito de frente lisa que siempre encontraréis si observáis con cuidado a un erizo que está hecho una bola, y el erizo se estiró y dijo:

— Debo de haberme quedado dormido, Princesa. ¿Me necesitáis?

Eres la única persona que lo sabe todo acerca de todas las cosas — contestó ella — . Nada he dicho a mi padre y a mi madre de lo de las flechas. ¿Te parece que he hecho bien?

Erináceo se sintió halagado al ver que pedían su opinión, mas por desgracia no tenía opinión ninguna que dar.

— Eso es cosa vuestra, Princesa — contestó — ; yo no he prometido más que hacer todo lo que pueda hacer un erizo. No es gran cosa. Desde luego puedo morir por vos, pero me parece que sería inútil.

— En absoluto — afirmó ella.

— Me gustaría ser invisible — dijo él quedándose pensativo.

— ¡Ay!, ¿dónde estás? — exclamó Basilisa, viendo que el erizo se había disipado.

— Aquí — contestó una vocecita aguda — . No podéis verme, pero yo puedo ver todo lo que quiera, Y ahora ya me doy cuenta de lo que se ha de hacer. Voy a meterme en la caja, mientras vos os disfrazáis de vieja ama de llaves francesa, con excelentes informes, y contestáis al anuncio que ese maldito Rey hizo insertar ayer en el ˝Diario del Usurpador˝.

La Reina ayudó a la Princesa a disfrazarse, cosa que nunca hiciera si hubiese llegado a saber lo de las flechas; y el Rey dio a su hija algún dinero procedente de su pensión, para que tomase billete y volviese con presteza en el tren a su propio reino.

El Rey usurpador admitió en seguida al ama de llaves francesa para que enseñase a su cocinero a leer libros franceses de cocina, ya que las mejores recetas están en francés. Claro que no se le pasaba por las mientes que pudiera ser la Princesa, oculta bajo un disfraz de ama de llaves. Las lecciones de francés tenían lugar por la mañana de 6 a 8 y por la tarde de 2 a 4; el ama de llaves podía disponer a su antojo del tiempo restante. Lo empleaba paseando por los jardines de Palacio, y hablando con su invisible erizo. Trataban de todas las cosas del mundo y sus alrededores, y el erizo era el mejor compañero imaginable.

— ¿Cómo te hiciste invisible? — preguntó ella un día; y él contestó.

— Me figuro que debió de ser por obra de Benévola; yo sólo sé que cada cual logra sus deseos si sabe desear con fuerza bastante.

Pasados cincuenta y cinco días, exclamó el erizo:

— Ahora, querida Princesa, voy a empezar a trabajar para que recobréis vuestro reino.

Al día siguiente el Rey bajó a almorzar todo enfurecido y con la cara cubierta de vendas.

— Este palacio está embrujado — dijo — ; durante la noche, una espantosa pelota llena de púas ha botado sobre mi rostro. Encendí un fósforo y no vi nada.

— ¡Qué tontería! — contestó la Reina — . Habrá sido en sueños.

Pero a la mañana siguiente ella fue la que bajó con toda la cara vendada. Y a la otra noche, otra vez se puso a botar sobre la cara del Rey la pelota llena de púas. Y luego otra vez sobre la Reina. Después botó sobre los dos, hasta tal punto que no pudieron pegar ojo y tuvieron que permanecer despiertos sin pensar en otra cosa que en su desgracia. Y a cada cinco minutos cuchicheaba una vocecita:

— ¿Quién usurpó el reino? ¿Quién mató a la Princesa? — hasta que el Rey y la Reina empezaron a lamentarse lastimosamente.

Por último la Reina dijo — : Lo cierto es, que no debíamos haber matado a la Princesa — : Y el Rey añadió — : Eso mismo pensaba yo.

Al otro día dijo el Rey — : No sé en qué estábamos pensando cuando nos quedamos en este reino. ¡Si teníamos un reino de primera clase que era nuestro sólo!

— Eso mismo pensaba yo — dijo la Reina.

Por entonces sus manos y sus brazos, sus cuellos, cara y oídos estaban todos lacerados, y los pobres reyes no podían tenerse de sueño.

— Vamos a ver — dijo el Rey — si arreglamos esto. Escribamos a Basilio y digámosle que puede volver a encargarse de su reino cuando quiera. Yo ya estoy de él hasta la coronilla.

— Hagámoslo — dijo la Reina — ; pero no podremos hacer que la Princesa reviva. ¡Ojalá pudiésemos! — Y se echó a llorar de tal modo que las lágrimas caían, a través de las vendas, encima del huevo pasado por agua que tenía delante, porque era la hora del almuerzo.

— ¿Lo decís sinceramente? — interrumpió una vocecilla aguda, aunque a nadie se veía en la habitación.

El Rey y la Reina se abrazaron llenos de terror, derribando la huevera sobre el pan tostado.

— ¿Lo decís sinceramente? — repitió la vocecilla — . ¡Contestad sí o no!

— Si — contestó la Reina — ; no sé quién eres, pero ¡sí, sí, sí! No sé cómo hemos podido ser tan malvados.

— Ni yo tampoco — dijo el Rey.

— Pues mandad venir al ama de llaves francesa — prosiguió la voz.

— Llama a la campanilla, hijo mío — dijo la Reina — . Segura estoy de que cuanto dice es cierto. Debe de ser la voz de la conciencia. Muchas veces he oído hablar de ella, pero nunca la había oído hablar a ella misma.

El Rey tiró del cordón de la campanilla, todo lleno de riquísimas piedras preciosas, y diez magníficos lacayos vestidos de verde y oro aparecieron inmediatamente.

— Haced el favor de decir a Mademoiselle que suba — dijo la Reina.

Los diez magníficos lacayos vestidos de verde y de oro encontraron al ama de llaves junto al pilón de mármol, dando de comer a los peces, e inclinando sus diez espaldas verdes, le dieron el mensaje de la Reina. El ama de llaves, que, en opinión de todo el mundo, era siempre amabilísima, acudió sin perder momento al cuartito de raso escarlata en que el Rey y la Reina solían sentarse para almorzar; casi era imposible reconocerlos: tantas eran las vendas que llevaban.

— ¿Qué ordenan Sus Majestades? — preguntó la supuesta francesa haciendo una reverencia.

— La voz de la conciencia — dijo la Reina — nos ha dicho que os mandemos a buscar. ¿Hay en los libros franceses alguna receta para resucitar princesas? Si la hay haga el favor de traducímosla.

— Una conozco — dijo la Princesa algo pensativa — , y es muy sencilla. Tómese un Rey, una Reina y la voz de la conciencia; pónganse en un cuarto escarlata para almorzar huevos, café y pan tostado; añádase un ama de llaves francesa de tamaño natural. El Rey y la Reina deben estar enteramente llenos de pinchazos y cubiertos de vendas, con lo cual la voz de la conciencia se dejará oír claramente.

— ¿Nada más? — preguntó, la Reina.

— Nada más — contestó el ama de llaves — , salvo que el Rey y la Reina han de tener otras dos vendas que les cubran los ojos, sin quitárselas hasta que la voz de la conciencia haya contado cincuenta y cinco, yendo muy despacio.

— ¡Si tuvierais la bondad — suplicó la Reina — de vendamos con estas servilletitas … ¡Únicamente os ruego que tengáis cuidado al atarlas, por que tenemos la cara llena de heridas y la cifra real bordada de encargo en perlas de aljófar es muy dura y podría lastimamos.

— Lo haré con todo cuidado — contestó amabilísima el ama de llaves.

En cuanto el Rey y la Reina tuvieron los ojos venda — dos, la ˝Voz de la conciencia˝ empezó a contar: uno, dos, tres … , y Basilisa se quitó el disfraz, porque bajo el severo traje de alpaca con pintas azules y moradas de ama de llaves francesa llevaba el sencillísimo traje tejido con hilo de plata de cuando era Princesa. Metió la alpaca en la chimenea, la peluca gris en la tetera, y escondió los mitones en la cafetera y las botas de elásticos en el depósito de carbón, terminando en el momento mismo en que la ˝Voz de la conciencia˝ decía:

— Cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco … — y se paraba.

El Rey y la Reina se quitaron las vendas, y allí, tan buena y tan sana, con los claros ojos brillantes, las mejillas sonrosadas y sonriente la boca, vieron a la Princesa, á quien creían haber dado muerte con las mil flechas de sus mil arqueros.

Antes de que tuviesen tiempo de decir una palabra, la Princesa exclamó:

— Buenos días, Majestades. Siento que hayáis tenido malos sueños. Yo también los tuve. Tratemos de olvidarlos. Espero que os quedaréis algún tiempo en mi Palacio. Bienvenidos seáis en él. Lástima que tengáis tantas heridas.

— Las merecemos — — dijo la Reina — , y tenemos que deciros que hemos oído la voz de la conciencia, y os rogamos que nos perdonéis.

— Ni una palabra más — dijo la Princesa — ; permitidme que tome un poco de té, recién hecho. Y unos huevos también: éstos están fríos y la huevera se ha volcado. Tendremos que mandar hacer otro almuerzo. Siento mucho que tengáis la cara tan estropeada.

— Si los besáis — dijo la voz que el Rey y la Reina llamaban de la conciencia — , sus caras dejarán de estar estropeadas.

— ¿Permitís? — preguntó Basilisa, y besó al Rey en la oreja y a la Reina en la nariz, únicas partes que sobre — salían entre tanta venda. E instantáneamente los dos se sintieron curados.

El almuerzo fue delicioso; después el Rey mandó que la Corte se reuniera en le salón del trono, y, una vez allí, anunció que habiendo venido la Princesa a reclamar su reino, ellos se volvían al suyo el jueves, en el tren de las 3 y 17.

Todos empezaron a dar vivas como si estuviesen locos y la ciudad entera se engalanó e iluminó aquella noche; todas las casas tenían colgaduras, las campanas todas repicaban, tal como la Princesa se había imaginado que iba a ocurrir cuando volviera de su viaje con los cincuenta y cinco camellos. Se le devolvieron también todos los tesoros que había traído y hasta los mismos camellos.

El Rey usurpador y la Reina, despedidos en la estación por la Princesa, se separaron de ella con verdadero sentimiento; ya veis que no eran del todo malos de corazón, pero no habían tenido ocasión aún de advertirlo y la voz de la conciencia fue quien les hizo reparar en ello.

Entregaron a la Princesa todas las facturas provistas de recibí que empapelaban la mayor parte de las paredes de Palacio, en pago de su estancia en él. Cuando se fueron, la Princesa expidió este telegrama:

˝Sr. D. Basilio Rey, En el destierro. Servíos venir en seguida. Palacio vacante, in — quilinos dejáronlo. Basilisa˝.

Legaron inmediatamente. A su llegada la Princesa les contó toda la historia y ellos la besaron, colmándola de elogios y llamándola libertadora suya y salvadora de su país.
 — Yo no he hecho nada — dijo ella — ; ha sido Erináceo quien lo ha hecho todo y …
 — Pero las hadas dijeron — interrumpió el Rey, que nunca encontraba ocasión de mostrarse inteligente — que no recuperarías el reino mientras no tuvieses cien lanzas consagradas a ti y sólo a ti.

— Cien lanzas tengo en mi espalda — dijo entonces una aguda vocecilla — , y todas ellas están consagradas a la Princesa y a nadie más.

— ¡Silencio! — exclamó el Rey irritado — . Esa voz que sale de la nada me pone nervioso.

— Tampoco yo me puedo acostumbrar a ella — dijo la Reina — . Mandaremos construir una jaula de oro para el animalito, pero si supieras cuánto desearía yo que fuese visible …

— Yo también — dijo la Princesa con toda seriedad.

E instantáneamente así fue. Supongo que la Princesa lo desearía con mucha fuerza, porque allí estaba el erizo con su largo cuerpo espinoso, su carita puntiaguda, sus ojillos muy grandes, sus orejitas redondas y su fina naricita arremangada.

Miró a la Princesa, pero nada dijo.

— Dí algo ahora — exclamó la reina Elisa — . Me gustaría ver hablar a un erizo.

— Lo cierto es que si hablo tengo que decir la verdad — insinuó Erináceo. La Princesa ha reunido todos sus deseos para hacerme visible. ¡Ojalá los hubiese empleado en algo más agradable para ella misma!

— ¿Eran aquéllos todos mis deseos? — exclamó la Princesa — . No lo sabía, erizo de mi alma, no lo sabía. Si lo hubiera sabido habría deseado que recuperaseis vuestra propia forma.

— Si lo hubierais hecho — replicó el erizo — , hubiera sido la forma de un hombre muerto. Recordad que tengo mil flechas clavadas en la espalda y que no hay hombre que pueda vivir de tal modo.

La Princesa rompió a llorar.

— Pero no podéis seguir siendo un erizo toda la vida — exclamó — . Eso no está bien; yo no lo puedo sufrir.

¡Oh, mamá! ¡Oh, papá! ¡Oh, Benévola!
Y allí veríais a Benévola como una figurilla resplandeciente, con alas de mariposa azul y una corona de rayos de luna.

— ¿Qué pasa? — preguntó — . ¿Qué pasa?

— Mirad — exclamó la Princesa sin dejar de llorar — , he expresado todos los deseos de mi vida y sigue siendo un erizo! ¿No podéis hacer algo?

— Yo no puedo — dijo el hada — , pero tú sí. Tus besos son besos encantados — . ¿No te acuerdas de cómo curaste al Rey y a la Reina todas las heridas que les causó el erizo botando y rebotando sobre sus caras durante varias noches?.

— Pero no puede besar a un erizo — interrumpió la Reina — ; sería muy inconveniente y además podría lastimarse.

El erizo alargó su carita puntiaguda y la Princesa lo cogió con sus manos: había aprendido desde mucho tiempo atrás a hacerlo sin lastimarse ni lastimarle. Y mirando sus ojillos brillantes .

— Quisiera besarte en cada una de tus mil flechas — dijo — para que lograras lo que deseas.

— Bésame una sola vez — dijo él — sobre la piel suave; eso es todo lo que deseo, y con ello me basta para vivir y morir.

Le atusó ella la piel de la cabeza y le besó en la frente, donde la piel es suave, precisamente en el lugar donde comienzan las púas.

E instantáneamente se encontró con las manos puestas en los hombros de un mancebo y con los labios en la frente de él. precisamente en el lugar donde el cabello empieza. Y a sus pies estaba esparcido un montón de astas de flecha.

Hízose ella atrás y le miró.

— Erináceo — dijo — , sois muy diferente del chico del panadero, al parecer.

— Mientras fui erizo invisible — contestó él — , lo supe todo; ahora he perdido toda aquella sabiduría y sólo sé dos cosas. Una que soy hijo de un Rey. Me robó siendo niño un panadero sin principios y soy en realidad el hijo del Rey usurpador, sobre cuya cara me puse a botar durante la noche; es lastimoso botar sobre la cara del padre de uno cuando se tiene el cuerpo lleno de púas; pero yo lo hice, Princesa, por vos, y lo hice también por mi padre. Y ahora voy a su lado a contárselo todo y a pedirle que me perdone.

— ¿Os vais? — preguntó la Princesa — . ¡Ah, no os vayáis. ¿Qué haré yo sin mi erizo?

Erináceo permanecía ante ella con toda la gallardía de un Príncipe.

— ¿Qué otra cosa recordáis de vuestra sabiduría de erizo? — preguntó la Reina llena de curiosidad. Y Erináceo contestó, no a ella sino a la Princesa:

— La otra cosa, Princesa, es que os amo.

— ¿Y no hay una tercera, Erináceo? — dijo la Princesa bajando los ojos.

— Sí la hay, pero ésa vos la habéis de decir y no yo.

¡Oh! — dijo la Princesa, un poco desconcertada — . Entonces sabéis que yo también os amo …

— Los erizos son animales muy sabios — dijo Erináceo — , pero yo no lo supe hasta que vos me lo dijisteis.

— ¿Qué yo os lo dije?

— Cuando besasteis mi carita puntiaguda, Princesa — dijo Erináceo — , entonces lo supe.

— Pues a casarse toca — dijo el Rey.

— Eso es — confirmó Benévola — , pero yo no invitaría a nadie a la boda.

— Excepto a vos, buena hada — dijo la Reina.

— Bueno; así como así, pasaba cerca de la casa.
No hay tiempo como el presente — exclamó Benévola en tono jovial —. ¿Por qué no mandáis que se pongan ahora mismo a tocar las campanas para la boda?

FIN