La ladrona de niños

La ladrona de niños

Erckmann-Chatrian

Drama Misterio

La desaparición de una niña se convierte en el detonante de varios casos de niños desaparecidos en circunstancias inexplicables.

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La ladrona de niños

En 1787 se veía vagar a diario por las calles del barrio de Hesse-Darmstadt, en Maguncia, a una mujer alta y demacrada, de mejillas hundidas y ojos extraviados, pavorosa imagen de la locura. Esta desdichada, de nombre Christine Evig, antigua colchonera con domicilio en la calleja del Ventanillo, detrás de la catedral, había perdido la razón a raíz de un suceso espantoso.

Dos años antes, una noche en que atravesaba la tortuosa calle de los Tres Barcos con su hijita de la mano, al darse cuenta de pronto de que había soltado a la niña un segundo y ya no oía el ruido de sus pasos, la pobre mujer se había vuelto gritando: «¡Deubche, Deubche! ¿Dónde te has metido?».

Pero nadie contestó; la calle, hasta donde alcanzaba la vista, estaba desierta. Entonces, corriendo, chillando, llamándola, desanduvo el camino hasta el puerto y hundió su mirada en el agua oscura que se interna bajo los barcos. Sus gritos, sus lamentos atrajeron a los vecinos; la pobre madre les explicó su congoja. Se unieron a ella para seguir buscando, pero nada ni nadie pudo aclarar tan horrendo misterio.

Desde entonces, Christine Evig no había vuelto a poner los pies en su casa: vagaba por la ciudad día y noche, gimiendo con una voz cada vez más débil y quejumbrosa: «¡Deubche, Deubche!».

Todos le tenían lástima. Siempre había algún alma caritativa que le daba comida o cobijo, o unos harapos con los que vestirse. Y la policía, ante compasión tan unánime, no había creído necesario intervenir e internar a Christine en un manicomio, como era costumbre por aquel entonces. La dejaban pues ir de acá para allá lamentándose sin hacerle mayor caso.

Pero lo que daba a la desgracia de Christine un carácter verdaderamente siniestro era que la desaparición de su hija había sido como el detonante de varios hechos parecidos: unos diez niños habían desaparecido desde entonces de forma sorprendente, inexplicable, y varios de esos niños pertenecían a la alta burguesía.

Los raptos solían producirse al anochecer, cuando apenas se ve un alma por las calles, salvo algún transeúnte aquí y allá volviendo a toda prisa tras los quehaceres diarios. En un descuido, algún niño se asomaba entonces a la puerta. Su madre le gritaba: «¡Karl!… ¡Ludwig!… ¡Lotelé!…», exactamente igual que la pobre Christine, sin obtener respuesta. Corrían, voceaban, rastreaban el vecindario… Todo era inútil.

Dar cuenta de las investigaciones de la policía, los arrestos provisionales, las pesquisas, el terror de las familias, sería algo imposible.

Ver morir a un hijo sin duda es atroz, pero perderlo sin saber qué ha sido de él, pensar que nunca se sabrá, que ese pequeño ser tan dulce, tan desvalido, al que uno estrechaba contra su pecho con tanto amor, quizá esté sufriendo, que os llama y no podéis socorrerlo, eso es algo que supera cuanto se pueda imaginar, que ninguna expresión humana sería capaz de describir.

Pero una tarde de octubre de aquel año 1787, Christine Evig, tras deambular por las calles, fue a sentarse al pilón de la fuente del Obispado, con sus largos cabellos grises enmarañados, sus ojos mirando en derredor como en medio de un sueño.

Las criadas del vecindario, en lugar de entretenerse charlando como solían en torno a la fuente, nada más llenar el cántaro salían corriendo a casa de sus amos como alma que lleva el diablo.

Sólo quedó allí la pobre loca, quieta bajo la lluvia gélida tamizada por las neblinas del Rin. Y las altas casas aledañas, con sus tejados empinados, sus ventanas enrejadas, sus tragaluces incontables, fueron envolviéndose en tinieblas.

Dieron entonces las siete en la capilla del Obispado, Christine no se movía y balaba tiritando: «¡Deubche, Deubche!».

Pero justo cuando las pálidas luces del crepúsculo asomaban en lo alto de los tejados antes de desaparecer, de pronto se estremeció de pies a cabeza, estiró el cuello, y su rostro inerte, impasible desde hacía dos años, adquirió tal expresión de inteligencia que la criada del consejero Trumf, que en ese momento sostenía el cántaro bajo el caño, se volvió presa de estupor para observar aquel gesto de la loca.

En ese preciso instante, al otro extremo de la plaza, pasaba una mujer con la cabeza gacha, llevando entre los brazos, envuelto en una tela, un bulto que forcejeaba.

La mujer, vista a través de la lluvia, tenía un aspecto sobrecogedor; corría como una ladrona que acabara de dar un golpe, arrastrando tras de sí, en el barro, sus andrajos fangosos y costeando las sombras.

Christine Evig había extendido su mano sarmentosa y sus labios se agitaban balbuceando extrañas palabras cuando de pronto un grito desgarrador escapó de su pecho:

—¡Es ella!

Y saltando por la plaza, en menos de un minuto llegó hasta la esquina de la calle de la Vieja Chatarra, por donde la mujer acababa de desaparecer.

Pero ahí, jadeante, Christine se detuvo; la desconocida se había adentrado en las tinieblas de la cloaca y a lo lejos sólo se oía el ruido monótono del agua caer de los canalones.

¿Qué acababa de ocurrir en el alma de la loca? ¿Había recordado? ¿Había tenido una visión, uno de esos relámpagos del alma que os desvelan en un segundo los abismos del pasado?

No sabría decirlo.

El caso es que acababa de recobrar el juicio.

Desistiendo de perseguir esa extraña aparición, la desdichada echó a correr como una exhalación por la calle de los Tres Barcos, giró en la esquina de la plaza de Gutenberg e irrumpió en el vestíbulo del preboste Kasper Schwartz gritando con voz sibilante:

—Señor preboste, los ladrones de niños, sé quiénes son… ¡Aprisa! ¡Escuche, escuche!

El preboste acababa de cenar. Era un hombre serio, metódico, al que le gustaba reposar la comida sin ser molestado. Por ello, la visión de ese fantasma le desagradó sobremanera, y dejando sobre la mesa la taza de té que en ese momento iba a llevarse a los labios, exclamó:

—¡Vaya por Dios! ¿Será posible que no pueda tener un minuto de descanso en todo el día? ¡Maldita sea mi suerte! ¡A ver qué me quiere ahora esta loca! ¿A quién se le habrá ocurrido dejarla entrar?

Al oír estas palabras, Christine, recobrando la calma, respondió suplicante:

—¡Ah, señor preboste, maldice usted su suerte! Pues míreme, míreme…

Y su voz se ahogaba en sollozos, sus dedos crispados apartaban los largos cabellos grises de su pálido rostro. Era aterradora.

—Loca, sí, Dios sabe cuánto. El Señor, en Su infinita piedad, me había ocultado mi desgracia, pero ya no lo estoy. ¡Oh, lo que he visto! Esa mujer llevándose un niño… Porque era un niño, de eso estoy segura.

—¡Pues váyanse al diablo, usted y la dichosa mujer esa con el niño, váyanse al diablo! —gritó el preboste—. ¡Y ahora la desgraciada se me pone a arrastrar sus andrajos por el suelo! ¡Hans…, Hans! ¿A qué esperas para echar a esta mujer a la calle? ¡Al cuerno con el cargo de preboste, no me da más que disgustos!

Apareció el criado, y el señor Kasper Schwartz, señalándole a Christine, le espetó:

—Llévatela de aquí. No pasa de mañana sin que redacte una demanda formal para librar a la ciudad de esta desgraciada. ¡Gracias a Dios que tenemos manicomios!

Entonces, la loca se echó a reír de forma lúgubre mientras el criado, compadecido, la cogía por el brazo diciéndole con dulzura:

—Vamos, Christine. Vamos, márchese.

Había vuelto a caer en su locura y murmuraba:

—¡Deubche, Deubche!

Mientras esto acontecía en casa del preboste Kasper Schwartz, un coche bajaba por la calle del Arsenal. El centinela apostado en el parque de artillería, al reconocer el carruaje del conde Diderich, coronel del regimiento imperial de Hilburighausen, presentó armas. Un saludo le contestó desde el interior.

El coche, lanzado a todo galope, parecía que iba a bordear la puerta de Alemania cuando se adentró en la calle del Hombre de Hierro, deteniéndose ante la mansión del preboste.

El coronel, en uniforme de gala, se bajó, levantó la vista y se quedó estupefacto: las lúgubres carcajadas de la loca se oían desde la calle.

El conde Diderich era un hombre de entre treinta y cinco y cuarenta años, alto, moreno, de rostro severo, enérgico.

Entró bruscamente en el vestíbulo, vio a Hans sacar a rastras a Christine Evig y sin esperar a que le anunciaran irrumpió en el comedor de maese Schwartz vociferando:

—¡Caballero, la policía de su barrio es lamentable! Hará unos veinte minutos me detuve delante de la catedral a la hora del ángelus. Cuando salí del coche al ver a la condesa de Hilburighausen bajar la escalinata, me hice a un lado para dejarla pasar y vi en ese momento que nuestro hijo, un niño de tres años, que iba sentado a mi lado, había desaparecido. La portezuela que quedaba del lado del Obispado estaba abierta: habían aprovechado el momento en que bajaba el estribo para raptarlo. Todas las batidas que han hecho mis criados han sido vanas. Estoy desesperado, caballero, desesperado…

La agitación del coronel era extrema, sus ojos negros relampagueaban a través de dos gruesas lágrimas que trataba de contener, su mano se aferraba a la empuñadura de su espada.

El preboste parecía aniquilado, su naturaleza apática no soportaba la idea de tener que levantarse, pasarse la noche fuera dando órdenes, personarse en el lugar de los hechos y volver a iniciar, por enésima vez, unas pesquisas que siempre habían resultado infructuosas.

Nada le habría gustado más que dejar el asunto para el día siguiente.

—Caballero —prosiguió el coronel—, sepa que me vengaré. Responderá de mi hijo con su cabeza. Es usted quien ha de velar por la seguridad pública. ¡Ha faltado a su deber, es indignante! Necesito un enemigo, ¿me oye? ¡Oh, si al menos pudiera saber quién me asesina!

Mientras pronunciaba estas incoherentes palabras, se paseaba arriba y abajo apretando la mandíbula, con mirada sombría.

El sudor perlaba la frente púrpura de maese Schwartz, que masculló entre dientes con los ojos fijos en el plato:

—Lo siento, señor, lo siento en el alma, pero ¡es el décimo! Los ladrones son más hábiles que mis agentes, ¿qué quiere que yo le haga?

Ante esta contestación imprudente, el conde saltó de rabia, y agarrando al grueso hombrecillo por los hombros lo levantó de su butaca.

—¡Qué quiere que yo le haga! ¿Así es como contesta a un padre que le está pidiendo a su hijo?

—¡Suélteme, señor, suélteme! —aullaba el preboste agarrotado por el espanto—. Por amor de Dios, cálmese. Una mujer…, una loca…, Christine Evig acaba de estar aquí… Me ha dicho… Sí, ahora recuerdo… ¡Hans, Hans!

El criado, que lo había oído todo desde la puerta, se presentó al instante.

—¿Señor?

—Corre a buscar a la loca.

—Sigue ahí, señor preboste.

—Pues que pase. Tome asiento, señor coronel.

El coronel Diderich permaneció de pie en medio de la sala, y al poco volvió a entrar Christine Evig, ausente, con la misma risa estúpida de antes.

El criado y la sirvienta, intrigados por cuanto estaba ocurriendo, se habían quedado pasmados en el quicio de la puerta. El coronel, con gesto imperioso, les hizo señas de que se fueran. Luego, cruzándose de brazos frente a maese Schwartz, exclamó:

—Y ahora, caballero, ¿qué quiere sacar en claro de esta desgraciada?

El preboste hizo ademán de contestarle, sus gruesas mejillas se agitaron.

La loca reía como si sollozara.

—Señor coronel —dijo al fin el preboste—, esta mujer está en su mismo caso: hará dos años que perdió a su hija, eso es lo que la ha vuelto loca.

Los ojos del coronel se llenaron de lágrimas.

—Siga.

—Hace un rato se presentó en mi casa, parecía tener un atisbo de cordura y me dijo…

Maese Schwartz calló.

—¿Qué le dijo?

—Que había visto a una mujer llevarse a un niño.

—¿Cómo?

—Y pensando que desvariaba, la he echado de mi casa.

El coronel sonrió con amargura.

—¿Que la ha echado? —dijo.

—Sí…, me pareció que había vuelto a caer en su demencia.

—¡Pardiez! —exclamó el conde con voz atronadora—. ¡Le niega su ayuda a esta desdichada, hace que se desvanezca su último destello de esperanza, la reduce a la desesperación en lugar de apoyarla y defenderla como sería su deber… y todavía se atreve a permanecer en el cargo, todavía se atreve a embolsarse los emolumentos! ¡Ah, señor mío!

Y acercándose al preboste, cuya peluca temblaba, añadió en voz baja, concentrada:

—¡Es usted un miserable! Si no encuentro a mi hijo, le mataré como a un perro.

Maese Schwartz, con los ojos desorbitados y la boca pastosa, abriendo mucho las manos, se quedó mudo: el espanto lo atenazaba y además no sabía qué decir.

Sin más, el coronel le dio la espalda, y acercándose a Christine, la escudriñó unos segundos y le dijo alzando la voz:

—Buena mujer, trate de contestar a mis preguntas. Veamos… Por Dios, por su hija, ¿dónde ha visto a esa mujer?

Se calló, y la pobre loca murmuró con voz lastimera:

—¡Deubche, Deubche, te han matado!

El conde palideció, y en un acceso de terror, agarrando a la loca por la muñeca, exclamó:

—¡Contéstame, desgraciada, contéstame!

Al zarandearla, la cabeza de Christine cayó hacia atrás. Soltando entonces una horrenda carcajada, la loca le dijo:

—Sí…, sí…, se acabó, la malvada mujer la ha matado.

Entonces el conde sintió que le flaqueaban las piernas; más que sentarse se desplomó en una butaca, con los codos sobre la mesa, su pálido rostro entre las manos, los ojos fijos, como detenidos en una escena aterradora.

Y los minutos se fueron desgranando lentamente en el silencio.

El reloj dio las diez, las vibraciones del timbre sobresaltaron al coronel. Se levantó, abrió la puerta y Christine se marchó.

—¿Señor? —dijo maese Schwartz.

—¡Cállese! —interrumpió el coronel fulminándolo con la mirada.

Y salió tras la loca, que bajaba por la calle tenebrosa.

Acababa de ocurrírsele una idea descabellada.

«No hay nada que hacer —dijo para sus adentros—, esta desdichada no está en sus cabales, no es capaz de entender lo que se le pregunta, pero algo ha visto, su instinto puede guiarla».

Huelga decir que el señor preboste se quedó atónito ante semejante desbandada. Muy digno, el magistrado corrió a cerrar la puerta a cal y canto, tras lo cual dio rienda suelta a su noble indignación.

—¡Amenazar a un hombre como yo! —exclamó—. ¡Agarrarme a mí del cuello! ¡Ah, señor coronel, ya veremos si hay o no leyes en este país! Mañana mismo voy a elevar una queja al Emperador y a contarle cómo se comportan sus oficiales.

Mientras tanto, el conde seguía a la loca; por un extraño efecto de sobreexcitación de los sentidos la veía en la oscuridad, en medio de la bruma, como en pleno día. Oía sus suspiros, sus palabras confusas pese al soplo continuo del viento otoñal que se arremolinaba en las calles desiertas.

Algún que otro burgués rezagado, con el cuello del gabán levantado sobre la nuca, las manos en los bolsillos y el sombrero calado hasta las cejas, caminaba a paso rápido por la acera. Se oían puertas cerrarse, un postigo mal atrancado golpear contra una fachada, una teja desprendida por el viento rodar hasta la calle. Luego, el inmenso torrente del aire retomaba su curso, ahogando con su voz lúgubre cada ruido, cada silbido, cada suspiro.

Era una de esas noches frías de finales de octubre en que las veletas zarandeadas por el viento helado giran enloquecidas en lo alto de los tejados y gritan con su voz estridente: «¡El invierno, el invierno, ha llegado el invierno!».

Al llegar al puente de madera, Christine se asomó al muelle y miró el agua negra borbotear entre los barcos. Después, incorporándose insegura, siguió su camino tiritando y musitando por lo bajo: «¡Oh, oh, sí que hace frío!».

El coronel, cerrándose sobre el pecho con una mano los pliegues de su capote, comprimía con la otra los latidos de su corazón, que le parecía próximo a estallar.

Dieron las once en la iglesia de San Ignacio, y luego la medianoche.

Christine caminaba incansable: ya había recorrido las callejuelas de la Imprenta, del Mallo, del Mercado del Vino, del Viejo Matadero, de los Fosos del Obispado.

Cien veces el conde, desesperado, se dijo que esa persecución nocturna no iba a conducir a nada, que Christine erraba sin rumbo, pero pensando luego que era su último recurso corría tras la loca, que iba de plaza en plaza, deteniéndose en una esquina, en el entrante de una fachada, y reiniciando luego su marcha vacilante como la fiera sin cobijo que vaga desorientada en las tinieblas.

Por fin, sobre la una de la madrugada, Christine fue a dar a la plaza del Obispado. La noche parecía despejarse, había parado de llover y un viento fresco barría la plaza. La luna, ora rodeada de nubes oscuras, ora brillando en todo su esplendor, quebraba sus rayos, límpidos y fríos como hojas de acero, en los miles de charcos estancados entre los adoquines.

La loca fue tranquilamente a sentarse al borde de la fuente, en el mismo lugar de algunas horas antes. Permaneció así largo rato sin moverse, con mirada triste, los harapos pegados a su flaco espinazo.

Todas las esperanzas del conde se desvanecieron.

Pero de pronto, en uno de esos instantes en que la luna proyectaba su pálida luz sobre los edificios silenciosos, la loca se levantó, estiró el cuello, y el coronel, siguiendo la dirección de su mirada, vio que apuntaba a la callejuela de la Vieja Chatarra, a unos doscientos pasos de la fuente.

Salió entonces disparada como una flecha.

El conde fue tras ella, adentrándose en la manzana de altas y viejas casuchas sobre las que se yergue la antigua iglesia de San Ignacio.

La loca parecía tener alas. Diez veces estuvo a punto de perderla, tan rauda iba por las callejas tortuosas, sorteando carretas, montones de estiércol, haces de leña apilados frente a las puertas ante la proximidad del invierno.

De pronto desapareció en lo que parecía un callejón sin salida sumido en las tinieblas, y el coronel se detuvo no sabiendo hacia dónde dirigirse.

Afortunadamente, al cabo de unos segundos, el haz amarillo y rancio de un candil se filtró desde el fondo de la calleja por un ventanuco mugriento. La luz no se movía; la oscureció una sombra y luego reapareció.

Estaba claro que había alguien despierto en aquel antro.

¿Qué estarían haciendo?

Sin vacilar, el coronel fue directo hacia la luz.

En mitad del callejón se topó con la loca, de pie en el fango, con los ojos desorbitados, la boca abierta, mirando ella también esa lámpara solitaria.

La aparición del conde no pareció sorprenderla; extendiendo el brazo hacia la ventanita iluminada del primer piso, sólo acertó a decir: «¡Ahí es!», con tanto sentimiento que el conde se estremeció.

Impulsado por ese gesto, embistió contra la puerta del tugurio, la abrió de un empellón y se vio ante las tinieblas.

La loca estaba detrás de él. «¡Chsss!», le dijo.

Y el conde, cediendo una vez más al instinto de la desdichada, se quedó quieto aguzando el oído.

En la casa reinaba un profundo silencio. Parecía que todo durmiera, que todo estuviera muerto.

Dieron las dos en la iglesia de San Ignacio.

Entonces se oyó un débil bisbiseo en el primer piso. Luego, una tenue luz se proyectó en la decrépita pared del fondo. El forjado de tablones crujió sobre la cabeza del coronel y el haz luminoso fue poco a poco agrandándose: alumbró primero una escalera de mano, un montón de chatarra arrumbada en un rincón, una pila de leña, más allá un ventanuco cochambroso que daba al patio, botellas por doquier, un cesto con harapos… Era un cuartucho sombrío, lleno de grietas, repugnante.

Un candil de cobre con la mecha humeante, sostenido por lo que parecía la garra de un ave de presa, fue deslizándose lentamente por el pasamanos de la escalera. Por encima de la luz apareció una cabeza de mujer, inquieta, con unas greñas color estopa, los pómulos huesudos, las orejas altas, separadas de la cabeza y casi rectas, los ojos grises brillándole hundidos en las cuencas. En suma, un ser siniestro vestido con una falda astrosa, los pies enfundados en unas chanclas viejas, los brazos descarnados desnudos hasta el codo, con el candil en una mano y en la otra un destral de techador de filo cortante.

Nada más sumir sus ojos en la sombra, este ser abominable corrió escaleras arriba con singular agilidad.

Demasiado tarde: el coronel ya había saltado espada en mano y la tenía cogida por el bajo de la falda.

—¡Mi hijo, miserable, mi hijo!

Al oír este grito de león, la hiena se volvió y asestó un hachazo a la desesperada.

Siguió una lucha atroz. La mujer, vencida sobre la escalera, trataba de morderle. El candil, que se había caído en la refriega, ardía en el suelo, y su mecha, chisporroteando sobre el enlosado húmedo, proyectaba sus sombras movedizas sobre el fondo grisáceo de la pared.

—¡Mi hijo —repitió el coronel—, mi hijo o te mato!

—Ven aquí a buscarlo si te atreves —replicó irónica la mujer, casi sin resuello—. No hemos acabado, no te creas, tengo buenos dientes… ¡Que me estrangula, el muy cobarde…! ¡Baje a ayudarme…! ¿No me oye…? ¡Suélteme, suélteme, lo confesaré todo!

Cuando parecía exhausta, otra arpía más vieja, más empavorecida, se precipitó escaleras abajo gritando:

—¡Aquí estoy!

La miserable blandía un cuchillo de carnicero, y el conde, alzando los ojos, vio que estaba eligiendo el lugar donde clavárselo.

Pensó que había llegado su hora. Sólo un azar providencial podía salvarlo.

La loca, hasta entonces espectadora impasible, se abalanzó sobre la vieja chillando:

—¡Es ella…, esta es…, la reconozco…! ¡No se me escapará!

Por toda respuesta, un chorro de sangre inundó el cuartucho: la vieja acababa de degollarla.

Fue cuestión de un segundo.

Al coronel le había dado tiempo a levantarse y ponerse en guardia, visto lo cual las dos brujas subieron a toda prisa y desaparecieron en las tinieblas.

El candil humeante boqueaba y el conde aprovechó sus últimos destellos para perseguir a las asesinas. Pero al llegar arriba, la prudencia le aconsejó no alejarse mucho de la escalera.

Oía los estertores de Christine en el piso de abajo y las gotas de sangre caer de peldaño en peldaño en medio del silencio. ¡Era horrible!

Al fondo del cubil, un extraño revuelo hizo temer al conde que las dos mujeres estuvieran tratando de huir por la ventana.

Su desconocimiento del lugar le tenía paralizado desde hacía un rato, cuando un rayo de luz iluminó desde fuera las dos ventanas del altillo que daban al callejón. Acto seguido, oyó en la calle un vozarrón que decía:

—¿Qué está pasando aquí? ¡Una puerta abierta! ¡Vaya!

—¡A mí! —gritó el coronel—. ¡A mí!

En ese mismo instante, la luz se abrió paso en la casucha.

—¡Oh! —dijo la voz—. ¡Sangre! ¡Diantre, mis ojos no me engañan…! ¡Es Christine!

—¡A mí! —repitió el coronel.

Unos pasos rotundos retumbaron en los escalones, y la cabeza barbuda del vigilante Selig, con su grueso gorro de nutria, su piel de cabra echada sobre los hombros, apareció en lo alto de la escalera apuntando al conde con su linterna.

Al ver el uniforme, el hombre quedó desconcertado.

—¿Quién va? —preguntó.

—Suba, buen hombre, suba.

—Perdone, coronel… Es que abajo…

—Sí…, acaban de asesinar a una mujer… Ahí están las asesinas.

El vigilante nocturno subió los últimos peldaños y alzando el farol alumbró el reducto: era un altillo de seis pies a lo sumo, al que daba la puerta del cuarto en el que se habían refugiado las mujeres. Una escala que subía al granero, a la izquierda, empequeñecía aún más el espacio.

A Selig le extrañó la palidez del conde. No se atrevía a preguntarle, pero éste le espetó:

—¿Quién vive aquí?

—Dos mujeres, madre e hija. En la plaza de abastos se las conoce como las dos Jôsel. La madre vende carne en el mercado, la hija hace embutidos.

El conde, recordando entonces las palabras que Christine había pronunciado en su delirio: «Pobre hija mía, la han matado», se sintió desfallecer, un sudor de muerte empapó su rostro.

El más espantoso azar quiso que en ese mismo instante descubriera detrás de la escalera una diminuta chaqueta a cuadros rojos y azules, unos zapatitos y lo que parecía una capota con un pompón negro, tirados en la sombra. Se estremeció, pero un poder invencible lo obligaba a ver, a mirar con sus propios ojos. Se acercó temblando de pies a cabeza y levantó la ropita con mano temblorosa. Era la de su hijo.

Unas gotas de sangre mancharon sus dedos.

Dios sabe lo que ocurrió en el corazón del conde. Apoyándose en la pared, con los ojos fijos, los brazos caídos, la boca entreabierta, quedó como fulminado. Pero de repente embistió contra la puerta con un rugido de furia que espantó al vigilante nocturno. Nada habría podido resistir semejante impacto. Se oyó venirse abajo los muebles que las dos mujeres habían apilado para atrancar la puerta. La casucha tembló hasta los cimientos. El conde desapareció en la oscuridad. Alaridos, gritos salvajes, imprecaciones, roncos clamores se oyeron en las tinieblas.

Nada humano había en todo aquello. Parecía un combate de bestias feroces despedazándose a dentelladas al fondo de su caverna.

La calle fue llenándose de gente. Los vecinos entraban por donde podían en el tugurio, gritando:

—Pero ¿qué es todo este alboroto? ¡Ni que se estuvieran matando!

De pronto se hizo el silencio y el conde, cosido a navajazos, el uniforme hecho jirones, salió al altillo con la espada teñida de rojo hasta la empuñadura y el bigote también sanguinolento. Los presentes debieron de pensar que aquel hombre acababa de batirse a la manera de los tigres.

¿Qué más podría deciros?

El coronel sanó de sus heridas y abandonó Maguncia. Las autoridades de la ciudad consideraron prudente ahorrarles a los padres de las víctimas tan abominables revelaciones. Yo las oí de boca del propio Selig, ya viejo y retirado en su pueblo, cerca de Sarrebruck. Sólo él conocía los detalles por haber asistido como testigo a la vista secreta de este asunto ante el tribunal penal de Maguncia.

Despójese al hombre del sentido moral, y su inteligencia, de la que tanto se enorgullece, no podrá preservarlo de las más horribles pasiones.

FIN