La excursión de Golín

La excursión de Golín

Colección Marujita

Aventuras Fantásticos Hadas duendes y elfos Para niños

Aunque los niños de hoy en día no creen en la magia, el gnomo Golín se esforzaba por concederles deseos gracias a su traje mágico

Comenzar a leer

La excursión de Golín

Una vez, el gnomo Golín tuvo ocasión de hacer un favor a la bruja Trapisonda y ella quedó muy agradecida.

—Te daré algo le dijo. ¿Te gustaría un traje mágico?

—¡Ya lo creo!— contestó Golín, muy satisfecho. — ¡Qué bien!

Así, pues, la bruja Trapisonda dio a Golín un traje encantado, de seda, amarillo con topos rojos y provisto de grandes bolsillos.

— Ahora dijo la bruja a Golín— cuando te pongas este traje se cumplirán todos tus deseos, pero es preciso que hagas una cosa. Cada año habrás de ir al mundo de los niños y conceder deseos a seis de ellos. No te olvides de eso, Golín, porque, de lo contrario, desaparecería la magia de tu traje.

Golín prometió tenerlo en cuenta y emprendió el regreso a su casa llevando el traje envuelto en un papel de color pardo.

Al día siguiente, la anciana tía de Golín fue a visitarlo. A la buena señora le gustaba mucho el chocolate y con mucha frecuencia se quejaba de que su sobrino Golín no sabía hacerlo debidamente.

Teniéndolo en cuenta, el gnomo decidió utilizar la magia de su traje, para dar a su tía una maravillosa sorpresa. Vistióse con él por la mañana, se contempló al espejo y vio que estaba muy elegante. Y deseoso de comprobar las cualidades mágicas de su traje, metió las manos en los bolsillos y exclamó en voz alta:

—Deseo un lindo sombrero, que haga juego con mi traje y, además, que tenga por adorno una hermosa pluma. —Apenas había pronunciado estas palabras, cuando apareció un sombrero amarillo, con una pluma roja, y fue a caer en su cabeza.—¡Caramba! exclamó Golín, complacido.—¡Qué bonito es!

Dirigió la mirada a su alrededor y vio que la cocina estaba bastante sucia y que los platos del almuerzo aun continuaban sin lavar. También las cortinas estaban lenas de polvo y Golín recordó que su tía le había recomendado lavarlas.

—Voy a divertirme— pensó metiéndose las manos en el bolsillo.— Ahora, cocina, límpiate.

En el acto todas las cosas de la cocina empezaron a menearse. Corrió el agua del grifo y los platos saltaron a la fregadera y se lavaron por sí mismos. El mantel se metió luego, a su vez, en la fregadera, se frotó con jabón y quedó blanco como la leche. Después la bayeta fregó el suelo de la cocina, con mucha mayor rapidez de la que hubiese podido emplear Golín.

El cepillo saltó de su sitio y empezó a sacar el polvo de las alfombras. En cuanto a la pala, fue a situarse ante la escoba, para recoger la basura y así que estuvo llena, salió de la casa y se vació en el cubo de la basura.

Debierais haber visto la cocina en cuanto acabó la agitación. Todo brillaba y resplandecía. Incluso las sartenes se habían metido en la fregadera para quedar perfectamente limpias. Era maravilloso.

— Ahora nos ocuparemos de las cortinas dijo Golín, metiendo de nuevo las manos en los bolsillos.—¡Limpiaos!— les dijo.

No tuvo necesidad de mandarlo dos veces. Desprendiéronse las cortinas de sus anillas y se precipitaron hacia la fregadera. Abrióse el grifo del agua caliente, que llenó el cubo, y el jabón, por su parte, formó la espuma correspondiente. En cuanto estuvo hecho, las cortinas se metieron en el agua y se frotaron por sí mismas, hasta quedar perfectamente limpias.

Luego saltaron, se retorcieron y fueron a colgarse de la cuerda del patio, donde las pinzas de madera las sujetaron convenientemente. Sopló el viento sobre ellas con tanta eficacia, que, a los pocos minutos, pudieron volver a al cocina. Mientras tanto, al plancha había ido a ponerse sobre las brasas del fogón, ed manera que en cuanto las cortinas se tendieron sobre la tabla de planchar, las dejó lisas y sin la menor arruga. Inmediatamente las cortinas volvieron a colgarse por sí mismas en las ventanas. ¡Qué limpias estaban!

—¡Es maravilloso! —exclamó Golín, extasiado.—¡A ver qué me dirá mi tía!

Después empezó a pensar en la comida.

—Será preciso hacer un buen chocolate y también un poco de jalea de peras. Luego prepararé unos bocadillos de jamón, una ensalada y un poco de crema—decidió Golín.—De este modo podré ofrecer a mi tía una magnífica merienda.

Deseó todas aquellas cosas, de modo que debierais haber visto la agitación que, de nuevo, reinó en la cocina. Pero aquel impulso mágico actuó con tal rapidez, que, a los pocos minutos, estaba todo preparado.

Golín estaba sencillamente entusiasmado y cuando, por la tarde, llegó su anciana tía, se quedó en extremo sorprendida al observar el aspecto de la cocina. Examinó, una por una, todas las cosas y, por fin, fijó los ojos en la magnífica merienda que la aguardaba.

—¡Dios mío!— exclamó asombrada,—¡qué cambio tan maravilloso, Golín! Sin duda has trabajado mucho. Estoy muy contenta de ti.

Dió al gnomo un cariñoso beso, de modo que Golín se sonrojó de placer.

—Todo se debe a mi traje mágico, tía—le dijo, porque era incapaz de mentir.

Y luego siguió contándole todo lo ocurrido.

—Bueno —dijo la tía, ahora ten mucho cuidado con este traje. Y, sobre todo, no te olvides de ir al mundo de los niños, para satisfacer el deseo de seis de ellos. Ya sabes que, si no lo haces, perderás ese traje maravilloso. Golín disfrutó mucho con él. Concedió a todos sus amigos la satisfacción de sus deseos y ya podéis imaginaros que aumentó considerablemente el número de sus amistades. Por fin llegó un tiempo en que comprendió la necesidad de ir al mundo de los niños, con objeto de que no se debilitara la magia de su traje.

Así, pues, un día, Golín se lo puso, sin olvidarse de su sombrero adornado por una pluma y se dirigió al límite extremo del País de las Hadas.

—¡Cuánto se alegrarán los niños de verme!—dijo.

—¡Y también de ver satisfechos sus deseos! Con toda seguridad no ven con frecuencia a un habitante del País de las Hadas, de modo que en cuanto esté en medio de ellos se pondrán locos de entusiasmo.

— Quizá no— le dijo su amigo, el Duendecillo Verde, que lo acompañó hasta las puertas del País de las Hadas.—He oído decir que ahora los niños ya no creen en las hadas ni en los gnomos y que están demasiado ocupados con sus aparatos ed radio y sus meccanos, de modo que ya no sienten interés por nosotros. Tal vez no crean en ti.

—¡No digas tonterías!_—replicó Golín.

Luego dio la mano a su compañero y penetró en nuestro mundo.

Vacilaba acerca del camino que le convendría tomar y miró a su alrededor.

––Me dirigiré hacia el Este—pensó,—por ahí debe de haber algún pueblo.

Echó a andar y en cuanto hubo recorrido unos cuantos kilómetros, llegó a un pueblo. Al pasar por delante de las casas, miraba por los vidrios de las ventanas y al fin descubrió una habitación donde jugaban un niño y una niña. Se entretenían con una linda casa de muñecas, mientras charlaban acerca de ella.

—Esta casa de muñecas es muy anticuada decía el niño. —Sus lámparas son de petróleo y no eléctricas. Y eso me parece muy mal.

—Estoy segura de que el abuelito no hará poner luces eléctricas en la casa de muñecas contestó la niña.— ¡Ojalá lo hiciese! ¡Qué bonito sería!

—¡Caramba! pensó Golín. Esta es la oportunidad de concederles su deseo.

Sató por la ventana y fue a situarse a espaldas de los niños.

— ¿Os gustaría que la casa de muñecas tuviese luz eléctrica?— preguntó.—Bastará con desearlo mientras yo esté aquí y la tendréis.

Los niños lo miraron muy sorprendidos.

—¡Claro está que me gustaría! contestó la niña. ¡Ojalá toda la casa estuviese alumbrada por la electricidad!

En un momento actuó la magia del gnomo y la casa de muñecas quedó iluminada, de arriba abajo, por numerosas bombillas eléctricas. Los niños se quedaron extasiados al verlo. Observaron que al lado de cada puerta había unos pequeños conmutadores y, al hacerlos funcionar, encendían o apagaban las luces correspondientes, de modo que, muy excitados, se entregaron a aquella diversión.

Mientras tanto, el gnomo continuaba a sus espaldas esperando una palabra de agradecimiento, pero los niños ya no se acordaban de él. Golín se quedó muy resentido y, por fin, salió por la ventana, sin ni siquiera despedirse.

—Ni tan sólo me han dado las gracias— pensó muy triste. La escena ha sido muy desagradable. No me figuraba que los niños no sintieran siquiera el deseo de hablar conmigo.

Siguió su camino y poco después llegó a un lugar donde dos niños buscaban en la hierba algo que habían perdido.

—¿Dónde se habrá metido la peseta? decía uno de ellos.—¡Ojalá la encontrásemos, porque, sino, al llegar a casa nos regañarán.

—Puedo concederos vuestro deseo dijo Golín acercándose a ellos. Soy gnomo y llevo mi traje mágico.

—¡No seas tonto!— dijo el primer niño, mirándolo de pies a cabeza. Bien sabes que no existen los gnomos y en cuanto a los trajes mágicos, no creemos en ellos. Y tampoco tú puedes concedernos ningún deseo.

Golín se sonrojó, se metió las dos manos en los bolsillos, y, mirando a los dos niños, les preguntó:

—¿Tenéis verdadero deseo de encontrar esa peseta?— ¡Ya lo creo! contestaron los dos niños a la vez.— Si no la hallamos, es seguro que nos pegarán en casa. Apenas hubieron manifestado su deseo, cuando la peseta saltó de su escondrijo, para ir a caer a la mano de Golín.

—¡Aquí está!— dijo entregándosela a los niños.

Pero éstos no se alegraron del hallazgo. Todo lo contrario.

—Tú la tenías escondida— exclamaron, airados, porque no vieron saltar la moneda hasta la mano del gnomo.

—Has querido burlarte de nosotros y ahora te pegaremos.

En efecto, acometieron al pobre gnomo, que se vio obligado a emprender la fuga. Cuando estuvo a cierta distancia, se sentó en el umbral de una puerta y empezó a frotarse sus contusiones.

—Bueno— dijo desesperado. — Ya he concedido dos deseos y aun no he oído una palabra de gratitud. ¡Cómo está el mundo! Me parece que ya no queda cortesía ni agradecimiento.

Al cabo de un rato continuó su camino, y no tardó en oír unos sollozos. Asomó la cabeza por la esquina inmediata, y vio una niña sentada en los escalones de la puerta de una casita, mientras lloraba amargamente.

—¿Qué te pasa? — preguntó Golín, conmovido por aquel dolor.

De momento, la niña no le contestó, sino que le dirigió una mirada huraña. Luego, de pronto, se oyó una voz desde el interior de la casa.

— Cesa ya en tu estúpido llanto, María. Tenías muy merecidos los azotes, por haber roto la muñeca en un arrebato de cólera.

—¡Pues, si me da la gana, la romperé otra vez!— gritó la mala niña, poniéndose en pie de un salto y dando patadas de cólera.

El gnomo se escandalizó al verlo.

— No debes replicar de este modo dijo.—Precisamente yo venía a otorgarte un deseo.

—¡Eres un idiota! — chilló la niña haciéndole una mueca.—¡Vete! ¡Ojalá te vieses obligado a ir corriendo al otro extremo del pueblo y así no te vería más!

Como ya se comprende, cumplióse su deseo, de modo que el pobre Golín se vio corriendo, en dirección al otro extremo del pueblo. La carrera lo fatigó mucho, pero no pudo detenerse hasta haber llegado al lugar que indicara la niña.

—¡Dios mío!— murmuró, dejándose caer en la hierba que había al lado del camino.—¡Qué día tan espantoso! ¡Qué malos son los niños de ahora! Aun me falta otorgar tres deseos. Quisiera haber terminado ya, porque, con toda seguridad, eso no me divierte.

Mientras Golín estaba allí, acercáronse un niño y una niña.

—¡Hola, espantajo! exclamó el niño. — ¿De dónde sales?

_Del País de las Hadas contestó Golín. — Soy un gnomo, como debierais haberos imaginado.

—No digas estupideces, hombre —replicó el niño. No hay gnomos, hadas ni nada que se les parezca. —¡Naturalmente!—añadió la niña.

—Pues sí que los hay——replicó Golín.—Y aun os diré más: yo soy un gnomo especial. He venido hoy a vuestro mundo, para otorgar deseos a seis niños. Ya he mal— gastado tres y empiezo a creer que ningún niño vale la pena de que alguien se moleste por él.

— ¿ Q u é es esto de otorgar deseos?—preguntó el niño. No lo creo. Pero, en fin, voy a probarlo, para ver si dices verdad. Deseo que aparezcan un plátano, una piña y una pera y que se pongan sobre tu cabeza.

En el acto se cumplió aquel deseo y las tres frutas fueron a caer con fuerza sobre la cabeza del pobre gnomo.

Los niños, de momento, se quedaron asombrados, pero luego se echaron a reír.

—¡Caramba!—exclamó el niño al fin.—¡Quizá sea, realmente, un gnomo, porque mi deseo se ha cumplido! Estaba Golín tan enojado, que ni siquiera supo qué decir.

Los niños lo miraron una vez más y luego echaron a correr, temerosos de la venganza del gnomo.

¡Pobre Golín! Estaba tan triste, al ver que los niños habían sido capaces de hacerlo víctima de una broma tan pesada, cuando les ofreció otorgarles un deseo, que no supo qué hacer ni qué resolver. Se esforzó lo mejor que pudo por arrancarse aquellas frutas de la cabeza, pero estaban tan firmes, que no lo consiguió.

—¡Pobre de mí!— sollozó el gnomo. —No podré quitármelas hasta que regrese al País de las Hadas, pues solamente allí lograré que se cumplan mis deseos.

En aquel momento apareció una niña de pocos años, que llevaba una gran carga de leña. Al ver al gnomo, se detuvo, mirándolo sorprendida.

—¿Para qué lleva usted esas cosas en la cabeza?— preguntó.—¿Pesan mucho?

—Sí, contestó el gnomo, suspirando— pero no puedo quitármelas.

Luego refirió su historia a la niña y ella lo compadeció.

—Me gustaría poder quitarle esas cosas dijo.—Si se cumpliera mi deseo, se vería usted libre de todo eso. Apenas hubo pronunciado tales palabras, cuando sucedio lo mismo que acababa de decir. Desaparecieron las frutas y el gnomo, muy contento, meneó la cabeza. —¡Viva!—exclamó.—¡Ya no están! ¡Oh, buena niña, cuánto me alegro de que hayas hecho eso! Eres la única niña generosa que he encontrado en todo el día.

—Y usted la primera persona que me ha llamado generosa. Vivo con mi madrastra y siempre me dice que soy perezosa y egoísta, pero yo procuro no tener esos defectos.

—¡Pobre niña !exclamó Golín, pensando que era una vergüenza cargar a la pequeña de tal manera.—¿No tienes padre que te quiera?

No contestó ella.—Tengo una tía, pero desde que cambiamos de casa no sabe dónde vivo. Mi madrastra le tiene mucha antipatía, porque me trataba bien y quería que fuese a vivir con ella. Mi tía aseguraba que yo soy la criada de mi madrastra, pero a mí no me importaría, con tal de que me tratase bien.

—No sabes cuánto quisiera ayudarte dijo Golín, casi a punto de llorar. Es una lástima que no esté aquí tu tía, para llevarte a vivir con ella.

—¡Ojalá la viese a mi lado!_ exclamó la niña, cargándose de nuevo el haz de leña, pero, de pronto, dio un gritó de alegría y lo dejó caer en el suelo. Golín también

profirió una exclamación de gozo, porque en aquel momento vio que se acercaba a ellos, corriendo, la mujer de más bondadoso rostro que os podéis imaginar.

—¡Tía! ¡Tía! — exclamó la niña. — ¡Ahora mismo deseaba verte a mi lado!

—¡Naturalmente! dijo Golín para sí, sonriendo al mismo tiempo. Es el sexto deseo. No me acordaba de que aun me quedaba uno. En fin, me alegro mucho de que haya correspondido a esta niña, que utilizó el primero que le di para librarme de aquellas malditas frutas. Bien merece haber aprovechado el último.

—¿De dónde vienes, tía? —preguntó la niña, abrazando a la buena mujer.—¡Si supieras cuánto te he echado de menos!

—Vengo a buscarte para que, en adelante, vivas con— migo. Me ha costado mucho averiguar tu paradero. No sé cómo he llegado hasta aquí, pero el caso es que estamos juntas y ahora me acompañarás a casa, donde, de aquí en adelante, vivirás muy cuidada y bien querida.

— ¿Y mi madrastra?

—Yo iré a verla por ti dijo el gnomo, sonriendo— y le diré lo que pienso de ella. Vete con tu tía y procura pasarlo bien. Yo me encargaré de llevar la leña.

La niña se alejó, muy satisfecha, con su tía, cuya mano había agarrado con fuerza. Golín cargó con el haz de leña y se encaminó a la casucha que la niña le indicara.

Abrió la puerta una mujer fea y malcarada, que frunció el ceño al ver a Golín.

—Vengo a traer la leña que su hijastra cogió en el bosque. Ahora se ha ido a vivir con su tía.

—¿Ah, si?— exclamó aquella mujer, cogiendo la escoba.—Estoy segura de que tú has intervenido en eso. Vas a ver la paliza que te daré.

Echó a correr hacia el gnomo, pero él se metió las manos en los bolsillos y formuló un deseo.

—He concedido ya seis y ahora mi traje está lleno de magia para mí. Quiero, pues, volver inmediatamente al País de las Hadas.

Se oyó un silbido y en el acto el gnomo salió disparado por el aire, desapareciendo ante los ojos de la madrastra. Esta palideció y, asustada, se encerró en su casa, dando un portazo. Y se quedó tan aterrada, que no trató de averiguar más qué había sido de su hijastra.

En cuanto a Golín, sintió extraordinaria alegría al volver a su casa. Mientras tomaban unas buenas tazas de chocolate, refirió sus aventuras al Duendecillo Verde y ambos convinieron en que aquel fue un día muy emocionante.

Pronto llegará la época en que Golín haya de volver a este mundo. Si lo encontráis, tened mucho cuidado y esforzaos en aprovechar lo mejor posible el deseo que os otorgue.

FIN