Gabriel Ernesto

Gabriel Ernesto

Fantásticos Misterio Realista

Un hombre encuentra a un joven salvaje en sus bosques y descubre que se alimenta de carne, incluyendo la de niños.

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Gabriel Ernesto

—Hay un animal salvaje en sus bosques —dijo el pintor Cunningham mientras Van Cheele lo llevaba a la estación. Fue lo único que dijo, pero su silencio pasó inadvertido, porque Van Cheele hablaba incesantemente.

—Uno o dos zorros extraviados y algunas comadrejas. Ningún peligro —dijo Van Cheele—. El pintor no contestó.

—¿Qué quiso decir con lo del animal salvaje? —preguntó luego Van Cheele cuando se encontraban ya en la plataforma.

—Nada. Imaginaciones mías. Aquí lleva el tren —dijo Cunningham.

Aquella tarde Van Cheele dio un paseo por sus bosques, como acostumbraba. Tenía un alcaraván embalsamado en el estudio y conocía el nombre de numerosas flores silvestres, por lo que su tía estaba en cierto modo justificada al describirlo como un gran naturalista. De cualquier manera era, sí, un gran caminador. Tenía la costumbre de tomar notas mentales sobre todo lo que veía en sus paseos, no tanto con el propósito de contribuir a la ciencia contemporánea como con el de procurarse temas para futuras conversaciones. Cuando las campanillas comenzaban a florecer se preocupaba por anunciarlo a todo el mundo; la época del año podría haber advertido a sus interlocutores sobre la probabilidad de tal acaecimiento, pero, por lo menos, tenían la certeza de que en ese momento Van Cheele les era enteramente franco.

Sin embargo, lo que Van Cheele vio aquella tarde en particular fue algo totalmente ajeno a la esfera ordinaria de sus experiencias. Sobre una pulida roca, junto a un profundo estanque en un robledal, yacía un muchacho de unos dieciséis años, secándose al sol los miembros húmedos y morenos. Sus cabellos mojados, despeinados por el baño reciente, se esparcían alrededor de la cabeza, y sus ojos, de color castaño claro, tan claro que su brillo era casi atigrado, seguían a Van Cheele con cierta ociosa vigilancia. Era una aparición inesperada, y Van Cheele incurrió en el inusitado proceso de pensar antes de hablar. ¿De dónde podría venir ese muchacho de salvaje aspecto? La mujer del molinero había perdido a un niño hacía unos dos meses, supuestamente arrastrado por las aguas del canal del molino, pero ése había sido un niñito de corta edad, no un joven adolescente.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó.

—Evidentemente, me estoy asoleando —replicó el muchacho.

—¿Dónde vives?

—Aquí, en estos bosques.

—No puedes vivir en los bosques.

—Son bosques muy agradables —dijo el muchacho, con algo de condescendencia en la voz.

—Pero ¿dónde duermes por la noche?

—Por la noche no duermo. Es cuando estoy más ocupado.

Van Cheele comenzó a tener el irritado sentimiento de que se enfrentaba con un problema cuya solución se le escapaba.

—¿De qué te alimentas?

—De carne —dijo el muchacho, y pronunció la palabra con demorado deleite, como si estuviera degustándola.

—¡Carne! ¿Qué carne?

—Ya que le interesa, conejos, aves silvestres, liebres, aves de corral, corderos cuando es la temporada, niños cuando puedo atrapar alguno. Por lo general están bien guardados por la noche, que es cuando salgo de caza. Hace dos meses que no pruebo carne de niño.

Pasando por alto la chusca naturaleza de esta observación, Van Cheele trató de llevar la conversación al tema de posibles actividades delictivas.

—Hablas más bien pensando con el sombrero[1] al decir que te alimentas de liebres. (Considerando el atuendo del muchacho, la alusión no resultaba muy oportuna). Las liebres de por aquí no se dejan atrapar fácilmente.

—Por la noche cazo a cuatro patas —fue la más bien críptica respuesta.

—¿Quieres decir acaso que cazas con un perro? —aventuró Van Cheele.

El muchacho rodó lentamente hasta quedar de espaldas y emitió una extraña risa, placentera como un arrullo y desagradable como un gruñido.

—No creo que ningún perro se sienta inclinado a acompañarme, especialmente de noche.

Van Cheele comenzó a sentir que en ese muchacho de ojos tan extraños, de tan extraño hablar, había algo de positivamente misterioso.

—No puedo permitir que permanezcas en estos bosques —declaró autoritario.

—Me figuro que no preferirá usted que me aloje en su casa —dijo el muchacho.

La perspectiva de que ese joven salvaje y desnudo pudiera estarse en casa de Van Cheele, tan remilgadamente ordenada, era por cierto alarmante.

—Si no te vas tendré que obligarte —dijo Van Cheele.

El muchacho se volvió como un relámpago, se zambulló en el estanque y, en un instante, su cuerpo húmedo y reluciente trepaba el barranco en que estaba Van Cheele. En una nutria el movimiento no hubiera sido digno de mención; en un muchacho, Van Cheele lo encontró bastante sorprendente. Al retroceder involuntariamente, perdió pie en la resbalosa orilla cubierta de musgo y se encontró casi postrado, con aquellos amarillos ojos de tigre no muy lejos de los suyos. Casi instintivamente inició el movimiento de llevarse la mano a la garganta. El muchacho volvió a reír con una risa en que el gruñido había desalojado casi el arrullo, y luego, con otro de esos asombrosos movimientos suyos, desapareció en la blandura de un laberinto de malezas y de algas.

—¡Qué extraordinaria bestia! —dijo Van Cheele mientras se ponía de pie. Y luego recordó la observación de Cunningham: «Hay un animal salvaje en sus bosques».

Al regresar a su casa a paso lento, Van Cheele comenzó a considerar varios acontecimientos locales que pudieran dar cuenta de la existencia de ese asombroso joven salvaje.

Últimamente había empezado a menguar la caza; en las granjas echaban de menos algunas aves; las liebres venían escaseando inexplicablemente y le habían llegado quejas de que los corderos desaparecían de las colinas. ¿Era posible que ese muchacho salvaje hubiera andado realmente de caza por la comarca en compañía de algún perro adiestrado con ese propósito? Había dicho que cazaba «a cuatro patas» por la noche. Claro que además, de un modo muy raro, había sugerido que ningún perro se atrevería a acercársele, «especialmente de noche». Era por cierto intrigante. Y de golpe, mientras Van Cheele recorría en su mente las últimas depredaciones, llegó a un alto en su andar tanto como en sus especulaciones. El niño del molino, desaparecido desde hacía dos meses… La teoría admitida era que cayó en el canal del molino y fue arrastrado por las aguas. Pero la madre insistió siempre en que había escuchado un grito en la colina, en la dirección opuesta al canal. Era inconcebible, por supuesto, pero deseó que el muchacho no hubiera dicho que había comido carne de niño dos meses atrás. Cosas tan terribles no deberían decirse ni siquiera en broma.

Contra su costumbre, Van Cheele no se sintió dispuesto a mostrarse comunicativo acerca del descubrimiento que hiciera en el bosque. Su posición de consejero y de juez de paz de la parroquia le parecía de algún modo afectada por el hecho de alojar en su propiedad una personalidad de tan dudoso carácter. Era aún posible que le llegara una severa demanda por daños a causa de los corderos y las aves de corral desaparecidos. Durante la comida aquella noche guardó un silencio nada habitual.

—¿Qué se hizo de tu lengua? —le preguntó su tía—. Cualquiera diría que has visto un lobo.

Van Cheele, que no tenía conocimiento del viejo dicho, pensó que la observación era bastante tonta. Si hubiera visto un lobo en la propiedad, el tema hubiera tenido sumamente ocupada a su lengua.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, Van Cheele advirtió que la intranquilidad provocada por el episodio del día anterior no había desaparecido por completo, y resolvió ir por tren al pueblo vecino, a visitar a Cunningham y averiguar qué había visto que le hiciera decir lo del animal salvaje en los bosques. Una vez resuelto, su habitual vivacidad le volvió parcialmente, y mientras se dirigía sin apuro al otro cuarto a fumar su acostumbrado cigarrillo, tarareó una alegre y simple melodía. Al entrar en el cuarto, la melodía quedó interrumpida para ceder el lugar súbitamente a una pía invocación. Graciosamente repantigado en la otomana, en una actitud de casi exasperado reposo, estaba el muchacho de los bosques. Se encontraba más seco que la última vez, pero ninguna otra alteración se advertía en su atuendo.

—¿Cómo te atreves a venir aquí? —preguntó Van Cheele furioso.

—Usted me dijo que no debía permanecer en los bosques —contestó el muchacho con calma.

—Pero no que vinieras aquí. ¡Supón que mi tía te viera!

Y con el objeto de disminuir los efectos de esa catástrofe, Van Cheele, de prisa, ocultó tanto como le fue posible la anatomía del inoportuno huésped con los pliegos del Morning Post. En ese momento su tía entró en el cuarto.

—Este es un pobre muchacho que se perdió… y perdió la memoria. No recuerda quién es ni de dónde viene —explicó desesperado Van Cheele, mirando con aprensión la cara del granuja para averiguar si añadiría un inconveniente candor a sus otras salvajes propensiones.

La señorita Van Cheele se mostró enormemente interesada.

—Quizá tiene la ropa interior marcada —sugirió.

—También parece haber perdido casi toda la ropa —dijo Van Cheele haciendo menudos y frenéticos movimientos para mantener en su lugar el Morning Post.

Un niño desnudo y sin hogar era capaz de conmover tanto a la señorita Van Cheele como un gatito extraviado o un perrito abandonado.

—Debemos hacer por él todo lo que podamos —decidió, y al cabo de un momento, un mensajero estaba de vuelta de la rectoría, donde había un joven criado, con un traje y los accesorios necesarios: camisa, zapatos, cuello, etc. Vestido, limpio y atildado, el muchacho nada había perdido del siniestro carácter que le percibía Van Cheele, pero su tía lo halló delicioso.

—Debemos llamarlo de algún modo hasta que sepamos quién es realmente —dijo—. Gabriel Ernesto, me parece. Son nombres adecuados para un niño decente.

Van Cheele estuvo de acuerdo, aunque en su fuero interno dudaba que fueran adecuados para aquel niño en particular.

No disminuyó sus recelos el hecho de que su sosegado y viejo spaniel se hubiera lanzado fuera de la casa no bien entró el muchacho en ella, y permaneciera ahora ladrando y temblando lastimero en el extremo más alejado del huerto, mientras que el canario, de costumbre tan industrioso vocalmente como el mismo Van Cheele, se hubiera reducido por su propia cuenta, a emitir una serie de amedrentados píos. Más que nunca se sintió resuelto a consultar a Cunningham sin pérdida de tiempo. Al dirigirse a la estación, su tía estaba haciendo preparativos para que Gabriel Ernesto la ayudara a recibir a los niños que asistirían a su escuela dominical aquella tarde a la hora del té.

Al principio Cunningham no se mostró muy comunicativo.

—Mi madre murió de cierta dolencia cerebral —explicó—, de modo que comprenderá por qué soy reacio a pensar en cualquier cosa de carácter fantástico que pueda haber visto o crea haber visto.

—Pero ¿qué vio usted? —insistió Van Cheele.

—Lo que creí ver fue algo tan extraordinario, que ningún hombre en sus cabales le daría crédito. La última tarde que pasé con usted me encontraba medio oculto por el vallado de zarzas junto al portón de la huerta, contemplando el agonizante resplandor del crepúsculo. De pronto descubrí a un muchacho desnudo, un bañista de algún estanque cercano, según me figuré, de pie en la colina, que también contemplaba el crepúsculo. Tanto sugería su actitud la presencia del fauno salvaje de los mitos paganos, que inmediatamente me decidí a tomarlo como modelo, y creo que sin dilación lo hubiera llamado. Pero en ese momento el sol se había perdido de vista tras el horizonte y todos los naranjos y los rosas se desvanecieron del paisaje y éste se volvió frío y gris. Y en el mismo instante sucedió algo sorprendente: ¡el muchacho había desaparecido también!

—¿Qué? ¿Desvanecido en la nada?

—No, eso es lo terrible —respondió el pintor—; en la colina donde sólo un segundo atrás se encontraba el muchacho, había un gran lobo negro, con colmillos luminosos y crueles, y ojos amarillos. Usted puede pensar…

Pero Van Cheele no se detuvo para nada tan vano como pensar. Ya estaba en camino de la estación a toda velocidad. Desechó la idea de un telegrama. “Gabriel Ernesto es un licántropo” era un intento desesperadamente inadecuado de comunicar la situación, pues su tía creería en un mensaje cifrado cuya clave él hubiera olvidado dar. La única esperanza era llegar a la casa antes de la caída del sol. El cabriolé que contrató al bajar del tren lo atormentó con su exasperante lentitud a lo largo de los caminos campestres, rosados y malvas a la luz del sol poniente. Cuando llegó, su tía estaba guardando sobrantes de dulces y pasteles.

—¿Dónde está Gabriel Ernesto? —gritó casi.

—Fue a llevar al pequeño Toop a su casa —dijo su tía—. Se había hecho tan tarde, que no me pareció oportuno dejarlo marcharse solo. ¡Qué hermosa puesta de sol! ¿No es verdad?

Pero Van Cheele, aunque consideró con suma atención el resplandor del cielo hacia el oeste, no se detuvo para discutir sus bellezas. A una velocidad para la cual estaba escasamente equipado, se precipitó por el estrecho sendero que llevaba a casa de los Toop. A uno de sus lados corrían las veloces aguas del canal del molino, al otro se elevaba la ladera desnuda de la colina. Una menguante franja de sol rojo brillaba todavía en el horizonte, y en el siguiente recodo del sendero debía divisar a la mal ajustada pareja que perseguía. De pronto todas las cosas quedaron privadas de color y una luz grisácea inundó el paisaje entero con veloz transformación. Van Cheele escuchó un grito de terror y detuvo su carrera.

Nunca se volvió a ver al hijo de los Toop ni tampoco a Gabriel Ernesto, pero las ropas abandonadas de este último se encontraron en el camino, por lo que se supo que el niño había caído al agua y que el muchacho se había desnudado y sumergido en el vano intento de salvarlo. Van Cheele y algunos obreros que se encontraban en aquel momento en las cercanías, afirmaron haber oído el grito de un niño en las inmediaciones del lugar donde habían sido halladas las ropas. La señora Toop, que tenía otros once hijos, se resignó prudentemente a su pérdida, pero la señorita Van Cheele lloró sinceramente a su perdido expósito. Fue por iniciativa suya que se colocó en la iglesia de la parroquia una placa de bronce «en memoria de Gabriel Ernesto, un niño desconocido que valientemente sacrificó su vida por la de otro niño».

Van Cheele era incapaz de negar nada a su tía, pero rehusó de plano añadir su nombre al de los que recordaban el de Gabriel Ernesto.

FIN