El reloj de cuco

El reloj de cuco

Colección Marujita

Amor y amistad Fantásticos Para niños Para soñar Valores morales

Un cuco de un reloj se sentía solo y deseaba compañía. Tras salvar a un hada llamada Pitapat de un gato, ella decidió casarse con él.

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El reloj de cuco

Un reloj de cuco colgaba de la pared de la habitación reservada a los niños. Cada hora, el pequeño cuco de madera salía por la puertecita de arriba y decía:

¡Cuco! en voz muy alta. Luego volvía a entrar en su cuartito del interior del reloj y allí se estaba solitario hasta la hora siguiente.

El cuco de madera es sentía muy solo. No tenía nada que hacer dentro del reloj, aparte de mirar cómo funcionaban los engranajes y las ruedas, y estaba cansado de ello. Era un cuco muy inteligente y cuando los niños hablaban cerca del reloj, escuchaba sus mejores palabras y aprendía muchas cosas.

Sabia que Jaime Hobbs es el mejor jugador de cricket del mundo, porque oyó a Juanito declararlo así un centenar de veces y sabía que siete veces seis son cuarenta y dos porque un día Bárbara tuvo que subirse a un banco y decirlo doce veces de carrera por no haberlo aprendido bien el día anterior.

Veis, pues, que era un cuco muy sabio y enterado, teniendo en cuenta que vivía encerrado en un reloj todo el día. Sabía otras muchas cosas aparte de las que os he dicho y sentía deseos de hablar con alguien del gran mundo exterior, pero nadie venía nunca a verle. Los niños le habían oído decir: ¡Cuco! tantas veces, que ya no se fijaban en él y, excepto cuando Juana, la camarera, sacaba el polvo del reloj todas las mañanas, nadie se le acercaba.

¡Una noche ocurrió una cosa maravillosa! El hada Pitapat invitó a todos los juguetes del armario a una fiesta que se celebraría a media noche. ¡Qué contentos se pusieron!

El oso de felpa, la muñeca vestida de marinero y el Bebé se limpiaron y acicalaron tanto como pudieron. La muñeca holandesa, toda de madera, restregó su rostro sonrosado hasta que estuvo reluciente, y la japonesa ató nuevamente su faja formando un hermoso lazo con las puntas. Los soldados salieron de su caja, y al dar las doce, el hada Pitapat entró volando por la ventana.

El cuco tuvo que salir en aquel instante para cantar doce veces y abarcó la escena con la vista. Pensó para si que Pitapat era el hada más bonita del mundo y, de pronto, el corazón le dio un salto en el pecho, porque Pitapat había levantado los ojos y al verle exclamaba:

—¡Qué lindo cuco! ¡Qué hermosa voz tiene! He de invitarle a mi fiesta.

Voló hasta el reloj y pidió al cuco que asistiera a la fiesta. Este tembló de placer y aceptó. Bajó volando entre los juguetes y bien pronto estuvo a sus anchas con ellos.

La fiesta estaba en su apogeo y todos se divertían de lo lindo cuando la puerta se abrió lentamente. Pitapat fue la primera en verlo y lanzó un pequeño grito de temor.

—Pronto—dijo.—¡Alguien viene! Volved todos a vuestro armario.

Los juguetes se refugiaron en su armario, en un abrir y cerrar de ojos, precisamente en el instante en que Bigotes, el gato negro, sacaba la cabeza y miraba dentro de la habitación. Vio algo que se movía, pegó un salto y cogió a la pobrecita Pitapat, que iba a escapar volando por la ventana.

El cuco estaba sano y salvo en su cuartillo del reloj y atisbó por la puerta al oír gritar a Pitapat. Cuando vio que Bigotes la tenía cogida, no supo de momento qué hacer. Los gatos le inspiraban un miedo horrible, pero no podía soportar la idea de que Pitapat estuviese en peligro sin que nadie acudiera a socorrerla.

Gritando: ¡Cuco! con todas sus fuerzas, voló atrevidamente hasta el suelo. Cogió con su pico de madera la punta de la cola de Bigotes y tiró de ella con toda su fuerza. Bigotes ignoraba quién le tiraba tan fuerte de la cola y se volvió para verlo.

En un segundo, el cuco saltó sobre Pitapat y la cogió entre sus garras. Voló hasta su reloj y jadeante, dejó al hada dentro del cuartito. Bigotes lanzó un maullido de disgusto al darse cuenta de que el hada había desaparecido y saltó por la ventana.

La luna iluminó la estancia y el cuco pudo ver a Pitapat con claridad. Parecía muy enferma y estaba blanca como un copo de nieve. El cuco estaba seguro de que le convenía meterse en la cama, pero no había cama en su cuartito.

Recordó de pronto la camita de la casa de muñecas del armario de los juguetes. Echó a volar y pidió a la muñeca—marinero que hiciera el favor de prestársela. No tardó en coger la camita en su pico y en volar con ella hasta el reloj.

Metió a Pitapat en el lecho y el trajo una taza de leche que fue a buscar en la despensa de la casa de muñecas. El hada le dijo que se encontraba mucho mejor y le dio las gracias. Luego, dejó caer la dorada cabeza en la almohada y se durmió profundamente. ¡Qué contento se puso el cuco al ver que la había salvado! ¡Para él, Pitapat era la cosa más bella que había en el mundo! Durante una semana entera le hizo compañía y hablaron y rieron juntos. El cuco sintió que la tristeza se apoderaba de él a medida que terminaba la semana, porque adivinaba que se encontraría más solo que nunca al marcharse su amiguita.

Entonces se le ocurrió una idea maravillosa. ¡Si Pitapat consintiese en casarse con él, vivirían siempre juntos y no se encontraría nunca más solo! Pero ¿consentiría un hada en vivir en un cuartito, dentro de un reloj, con un cuco de madera, viejo y extraño? El cuco meneó la cabeza, seguro de que se negaría y una gruesa lágrima rodó de uno de sus ojos hasta su pico.

Pitapat lo vio y, corriendo hacia él, le rodeó el cuello con los brazos y le rogó que le dijera la causa de su tristeza.

—Estoy triste y me siento desgraciado porque pronto te irás y volveré a encontrarme solo dijo el cuco.—

Te quiero mucho, Pitapat, y quisiera ser otra cosa que un viejo cuco, feo y con una voz estúpida, que vive en el cuartito interior de un reloj. Si fuese un hermoso petirrojo o un zorzal cantor, tal vez consentirías en casarte conmigo y viviríamos felices para siempre.

—No eres viejo ni feo exclamó el hada.—Y tu voz es la más hermosa que conozco. Vales más que cualquier petirrojo o zorzal, porque eres el pájaro de más corazón que hay en el mundo. Me casaré contigo mañana mismo y viviremos juntos en tu reloj.

¡El cuco no podía creer en su buena suerte! Invitaron a todos los juguetes a la boda y Pitapat le compró al cuco una corbata azul que le prestaba gran elegancia. Después de la fiesta volvieron al reloj y bailaron un zapateado en su cuartito, de puro contentos que estaban.

—Arreglaré este cuarto hasta que no parezca el mismo dijo alegremente el hada.—Colgaré cortinas azules de las ventanas y pondré tiestos de geranios debajo. Compraré unas sillitas rojas y una mesita que haga juego. ¡Oh, nuestra casita será preciosa, cuco!

Se puso al trabajo y logró arreglar la habitación más bonita que nunca se haya visto. Al cuco le gustaba mucho y un día, cuando Pitapat trajo una alfombra azul nueva y la colocó en el suelo, sintió una alegría tal, que olvidó salir de su puertita a las diez y cantar: ¡Cuco!

Bárbara estaba sola en la habitación y se sorprendió al ver que el cuco no salía a cantar. Tomó una silla y la colocó debajo del reloj. Se subió encima y abrió la puertecita.

Con asombro y alegría vio el cuartito de Pitapat, bonito y alegre. El cuco y Pitapat estaban sentados y tomaban chocolate con bizcochos. ¡Qué sorpresa la suya al ver la puerta abierta y los grandes ojos de Bárbára muy cerca de ellos!

—¡No divulgues nuestro secreto, querida Bárbara! exclamó Pitapat.—¡Somos tan felices! ¡No lo digas, por favor!

—No diré nada—prometió Bárbara.—Pero dejadme echar una mirada a vuestra linda casita cada día. ¡Es tan pequeña y hermosa!

—Puedes hacerlo y nos alegraremos dijo el cuco, levantándose y saludando.

Todos los días, cuando no hay nadie en el cuarto de los niños, Bárbara echa una mirada al interior del reloj y os alegraréis al saber que ha tenido palabra… ¡No ha confiado el secreto a nadie!

FIN