El ratón hablador

El ratón hablador

Colección Marujita

Animales Cortos Fábulas Para niños

Lobín era un ratón que tuvo la idea de poner guantes al gato para que no se comiera a más ratones.

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El ratón hablador

El ratón Lobín era muy hablador. Ni de día ni de noche dejaba de hablar, siempre que tenía algún oyente. Y aún a veces asomaba la cabeza por la entrada de su guarida y hablaba descaradamente al gato, que se afilaba las uñas y no le contestaba.

Un día, los ratones celebraron una reunión para tratar del gato.

—Esta semana se ha comido a seis ratones — dijo Bigotudo.

—La semana pasada se comió cinco— observó Rabón. Y se comerá siete la semana próxima, si no lo impedimos— añadió Roedor.

Entonces Lobín se puso en pie y empezó a hablar.

¡Qué bien lo hizo!. Y siguió charlando largo rato, sin interrumpirse, exponiendo numerosas ideas acerca de cómo se podría impedir que el gato siguiese matando ratones.

—Vamos a hablar de eso replicó Roedor.— Una de tus ideas, Lobin, es muy buena. Me refiero a la de poner guantes en las patas del gato, para que no pueda hacer uso de sus garras.

—Oh, sí!— exclamó Lobin, muy satisfecho.—Si podemos conseguir esto, ya no habremos de temer más al gato.

—Creo, Lobín, que ésa es la mejor de todas tus ideas —dijo Bigotudo.—¿Cuándo irás a poner los guantes al gato? ¿Mañana? Si quieres, esta misma noche encargaré a mi mujer que te haga los guantes.

Lobín palideció, porque nunca se le ocurrió la idea de que él tuviera que poner en práctica su proyecto.

—¡Oh!— contestó.—Yo no soy más que un débil ratoncito. Tú eres mucho más fuerte y listo que yo. Te corresponde, pues, el honor de poner los guantes al gato, Bigotudo. O, si no, que lo hagan Roedor o Rabón.

—De ningún modo contestó Rabón.—La idea es tuya y la has expuesto por espacio de una hora. Tú pondrás los guantes al gato. ¿Tienes miedo?

—No, de ningún modo contestó Lobín, aunque le temblaba el rabo a causa del susto.—Lo haré.

—Pues, esta misma noche, mi mujer hará los guantes— dijo Bigotudo.

En efecto, la buena señora se encargó de coserlos y al día siguiente se celebró otra reunión, en el curso de la cual entregaron los guantes a Lobín.

— Será preciso atarlos—dijo éste—y no tengo ninguna cinta.

Rabón anunció que sabía dónde había cordel, y, en efecto, al poco rato volvió con un hilo muy largo, que, con los dientes, dividió en cuatro, uno para cada pata. —¡Gracias! dijo el pobre Lobín.

—¿Estás listo?— le preguntó Bigotudo, asomándose para mirar a la cocina.—El gato se está lavando delante del fuego. Ahora es la ocasión de que salgas a ponerle los guantes.

— Muy bien— repuso Lobín, muy animoso, mientras salía a la cocina. Pero luego miró hacia atrás y dijo:— Será preciso que uno de vosotros venga conmigo, para inmovilizar al gato, en tanto que yo le pongo los guantes. No tengo bastante fuerza para hacer las dos cosas a un tiempo.

Nadie contestó una sola palabra, aunque todos se quedaron mirando a Lobín.

—Bueno— añadió éste. —¿Quién viene? ¿Tú, Rabón? — Me parece que no contestó éste.— Tengo que hacer un trabajo urgente.

—¿Y tú, Bigotudo, o tú, Roedor?—preguntó Lobín. Pero nadie se manifestó dispuesto a contener al gato. — Bueno exclamó Lobín, fingiendo el mayor asombro.—Sois unos cobardes. Tenéis mayor estatura y más fuerza que yo y, sin embargo, no queréis venir a ayudarme a poner los guantes al gato. Y eso me asombra, porque yo os doy un buen ejemplo de valor.

Nadie le contestó y, mientras tanto, el gato, en la cocina, se desperezó, roncando de satisfacción.

—Yo tengo mucho que hacer—dijo Rabón, echando a correr.

— Yo he de roer una nuez— añadió Roedor, desapareciendo a su vez.

Yo he de hablar con mi mujer anunció Bigotudo, antes de marcharse.

No quedó nadie allí, más que Lobín, que se echó a reír, exclamando:

—¡Qué gracioso! Pero no pondré los guantes al gato. Que se los ponga él, si quiere.— Los arrojó a la cocina y luego se refugió en su madriguera gritando al mismo tiempo: ¡Qué valiente soy! Apunto he estado de poner los guantes al gato.

FIN