El príncipe querido

El príncipe querido

Jeanne-Marie Leprince de Beaumont

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Un rey bondadoso llamado el Rey Bueno conoce un hada que le concede un deseo. El rey pide que su hijo sea virtuoso en lugar de ser rico.

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El príncipe querido

Había una vez un rey tan bondadoso, que lo llamaban sus súbditos el Rey bueno. Un día de caza vino a echarse en sus brazos un gazapo que los perros perseguían. El rey acarició al animalito y dijo: Una vez que se ha puesto bajo mi protección, no quiero que se le haga ningún daño. Y llevó el gazapo a su palacio y lo estableció en una buena casita con abundantes yerbas que comer.

Por la noche, cuando estuvo a solas en su cámara, vio aparecer una hermosa dama: no traía atavíos de oro ni plata, pero sí un vestido blanco como la nieve, y en vez de tocado, una corona de rosas blancas en la cabeza. El rey quedó sorprendido, pues no sabía cómo había entrado la hermosa dama, la cual le dijo:

—Soy el hada Cándida; pasaba por el bosque cuando tú estabas cazando y quise saber si eras tan bueno como todos dicen. Al efecto, tomé la forma de un conejo y fui a salvarme de los perros en tus brazos; porque sé que los que tienen compasión de los animales, la tienen mayor de los hombres. Si me hubieras negado tu protección hubiera creído que eras malo. Ahora por el bien que me has hecho, vengo a prometerte mi amistad asegurándote que té otorgaré todo lo que quieras pedirme.

—Puesto que eres hada, contestó el rey, debes saber todo lo que deseo. No tengo más que un hijo, a quien amo en extremo, por lo cual lo llaman el Principe querido. Si estás inclinada a mi favor, sé amiga de mi hijo.

—De muy buena voluntad, contestó el hada; puedo hacer a tu hijo el más hermoso del mundo, o el más rico o el más poderoso: no tienes más que elegir lo que quieras para él.

—No deseo nada de eso para mi hijo; pero te quedaré muy obligado si haces de modo que mi hijo sea el mejor de todos los príncipes. ¿De qué le serviría ser hermoso o rico, o poseer todos los reinos del mundo, si era un malvado? Bien sabes que sería desgraciado y que sólo la virtud puede hacerlo feliz.

—Tienes mucha razón, le dijo Cándida; pero no está en mi poder hacer virtuoso al Príncipe querido contra su voluntad; es preciso que él mismo trabaje para conseguirlo. Todo lo que puedo prometerte es darle buenos consejos, reprenderle sus faltas y aún castigarlo, si él no se corrige y castiga a sí mismo.

El bueno del rey quedó muy satisfecho con esta promesa y murió algún tiempo después. El Príncipe querido lloró mucho la muerte de su padre porque lo amaba de todo corazón y hubiera dado todos sus reinos, todo su oro y plata por salvarlo. Pero esto no le era posible.

Dos días después de la muerte del Rey bueno, estando acostado el príncipe, se le apareció el hada Cándida y le dijo:

—He prometido a tu padre ser amiga tuya, y cumpliendo mi promesa vengo a hacerte un presente. Y esto diciendo le puso al príncipe en el dedo una sortija de oro, añadiendo:

—Guarda bien esta sortija que es más preciosa que todos los diamantes. Siempre que cometas una mala acción, te picará el dedo; mas si a pesar de esto continúas en el mismo camino del mal, no sólo perderás mi amistad, sino que vendré a ser entonces tu enemiga.

Dichas estas palabras desapareció el hada dejando admirado al príncipe. Durante algún tiempo fue el príncipe tan prudente, que la sortija no le causó mortificación ninguna; y esto lo tenía tan contento, que se añadió al sobrenombre de Querido el de Dichoso.

Algún tiempo después fue de caza y no pudo cazar nada, lo cual lo puso de mal humor. Parecióle que la sortija le apretaba un poco el dedo; pero como no le picaba, no hizo caso de ello. Volviendo a su habitación vino su perrita Bibi a acariciarlo y le dijo:

—Retírate; no estoy de humor de recibir tus caricias. La pobre perrilla, que no lo entendía, lo tiraba de la ropa a fin de obligarlo a que la mirara siquiera. Esto impacientó al príncipe hasta el punto de darle un puntapié.

En este momento le picó la sortija, como si hubiera sido un alfiler, y avergonzado él, se sentó en un rincón del aposento.

Y decía interiormente:

—Creo que el hada se burla de mí. ¿Qué mal he hecho yo en dar un puntapié a un animal que me importunaba? ¿De qué me sirve ser dueño de un grande imperio, si no tengo la libertad de pegarle a un perro?

—No me burlo de ti dijo una voz que respondía al pensamiento del príncipe. Has cometido tres faltas en vez de una: te has puesto de mal humor porque no sufres contradicción ninguna y crees que los hombres y los animales han nacido para obedecerte. Te has irritado, lo que no es nada bueno, y después has sido cruel con un pobre animal que no merecía ciertamente ser maltratado. Sé que estás muy por encima de un perro; pero si fuera racional y lícito que los que están por encima pudieran maltratar a todos los que están por debajo, entonces podría yo en este momento hasta matarte a ti puesto que las hadas estamos por encima de los hombres. La ventaja de ser dueño de un grande imperio no consiste en hacer el mal que se quiere, sino todo el bien que se puede.

El Príncipe dichoso confesó su falta y prometió corregirse; pero no cumplió su promesa. Había sido educado por una necia nodriza que lo había echado a perder desde pequeño. Cuando quería una cosa, no tenía más que llorar, rabiar, patear: aquella mujer le había dado todo lo que pedía, y esto lo había hecho testarudo. Le había repetido también mil veces la nodriza, que sería rey andando el tiempo y que los reyes eran muy felices, porque todos los hombres debían obedecerlos, y que nadie podía impedir que hicieran lo que quisieran. Cuando el príncipe entró en la edad de la razón, hubo de conocer que no había nada tan feo como ser altanero, orgulloso, obcecado; hizo loables esfuerzos para corregirse; pero había contraído la mala costumbre de todos sus defectos, y una mala costumbre es difícil de destruir. No es decir que tuviera naturalmente mala índole, pues cuando cometía una falta lloraba de despecho y decía:

—Soy muy desgraciado con tener que luchar todos los días contra mi cólera y mi orgullo. Si me hubieran corregido de niño, no me sería tan difícil corregirme de hombre.

La sortija le picaba con mucha frecuencia; a veces se contenía, otras continuaba, y lo más singular era que no le picaba mucho por una falta pequeña; pero cuando era malo, la sangre le saltaba del dedo.

Al fin llegó a incomodarlo esto, y queriendo ser malo a sus anchas, tiró la sortija.

Cuando se vio libre de aquellas molestas picaduras, se creyó el más feliz de los hombres; se abandonó a todas las necedades que se le ocurrían, y tan adelante fue en este mal camino, que nadie podía ya sufrirlo.

Un día que el príncipe se paseaba, vio a una joven tan bella, que resolvió tomarla por esposa. Llamábase Celia y era tan discreta como hermosa.

Creyó el príncipe que Celia se daría por muy satisfecha de ser una gran reina; pero la joven le dijo con mucha libertad:

—Señor, yo no soy más que una pobre pastora; pero con todo eso, no me casaría con vos.

—¡Tanto te desagrada mi persona! exclamó el rey un tanto desconcertado.

—No, príncipe mío, contestó Celia: os encuentro tal como sois, es decir, muy gentil hombre; pero ¿de qué me serviría vuestra gentileza, ni las galas y tesoros que me dierais, si las malas acciones que os vería hacer todos los días me obligarían a despreciaros y aun a aborreceros?

El príncipe se irritó mucho contra Celia y mandó a sus oficiales la llevaran de grado o por fuerza a su palacio. Todo el día estuvo pensando en el menosprecio que la pastora había hecho de su persona; pero como la amaba, no podía resolverse a maltratarla.

Entre los validos del rey había uno, que era su hermano de leche, en quien había puesto toda su confianza. Este hombre, cuyas inclinaciones eran tan bajas como su nacimiento, lisonjeaba las pasiones de su amo y le daba muy malos consejos. Viendo al príncipe muy triste, le preguntó la causa de su pesar, y habiéndole contestado el príncipe que no podía sufrir el desprecio de Celia y que estaba resuelto a corregirse de sus faltas, ya que era preciso ser virtuoso para agradarla, aquel hombre depravado le dijo:

—Sois, señor, demasiado bondadoso, cuando queréis mortificaros por esa mujer. Si yo estuviera en lugar vuestro, sabría obligarla a obedecerme. Recordad que sois rey y que sería vergonzoso eso de someteros a la voluntad de una pastora, que debiera contentarse con que la admitierais entre vuestras esclavas. Ponedla en una prisión a pan y agua, y si continúa resistiéndose hacedla morir en los tormentos para que aprendan las demás a someterse a vuestra real voluntad. Quedaríais deshonrado si llegara a saberse que una mujer se os resiste, y todos vuestros súbditos olvidarían que están en el mundo para serviros.

—Pero ¿no quedaría deshonrado, dijo el príncipe, si hiciera morir a una inocente? Porque, en fin, Celia no es culpable de ningún crimen.

—No es inocente nadie que se resiste a cumplir vuestra real voluntad, repuso el confidente. Pero quiero suponer que cometierais una injusticia: más vale que se os acuse de ella, que saber que es lícito o permitido a veces faltaros al respeto y contradeciros.

El valido daba por su flaco, y el temor de ver menguada su autoridad hizo tanta impresión en el ánimo del príncipe, que este hubo de ahogar el buen sentimiento que lo había movido a corregirse.

Con esto, resolvió ir aquel mismo día al aposento de la pastora y maltratarla si insistía en negarse a ser su esposa.

El hermano de leche del príncipe, que temía aún que predominaran los buenos sentimientos en el real ánimo, reunió tres jóvenes cortesanos, tan perversos como él, para ir de orgía con el príncipe, y cenando juntos, acabaron de turbar su razón haciéndole beber con exceso. Durante la cena excitaron su enojo contra la pobre Celia, y le hicieron ver tanta mengua en la debilidad que había tenido con ella, que se levantó furioso jurando que iba a obligarla a obedecer, o que haría que la vendieran como una vil esclava el día siguiente.

Habiendo entrado el príncipe en el aposento en que debía estar la doncella, quedó grandemente sorprendido de no encontrarla, pues tenía la llave en un bolsillo. Su enojo subió de punto y juró tomar venganza de cuantos hubieran facilitado o contribuido a la evasión de la hermosa pastora.

Oyéndolo hablar así sus confidentes, resolvieron servirse de su cólera para perder a un señor que había sido mayordomo de palacio. Este buen señor se había propasado a veces a advertir al rey sus defectos, porque lo amaba como si hubiera sido su propio hijo. Al principio le daba el rey las gracias, pero impacientándose luego, creyendo que sólo por espíritu de contradicción le hallaba defectos él, mientras todos le daban alabanzas, le ordenó que se retirara de la corte; pero a pesar de esta orden solía decir que era un hombre de bien y aunque ya no lo quería lo estimaba a pesar suyo.

Sus validos temían siempre que le diera al rey el capricho de llamar de nuevo al mayordomo, y creyeron haber encontrado una ocasión favorable para desembarazarse de él. Con este objeto hicieron saber al rey que Sulimán (como se llamaba el digno hombre) se vanagloriaba de haber dado libertad a Celia, y tres hombres corrompidos con dádivas declararon habérselo oído decir al mismo Sulimán. Colérico el rey contra él, ordenó a su hermano de leche enviara soldados a traer al mayordomo preso y encadenado como un criminal.

Después de haber dado sus órdenes, se retiró el príncipe a su cámara; pero no bien entró en ella, cuando tembló la tierra que pisaba, dio un gran trueno y apareció Cándida a sus ojos.

—Había prometido a tu buen padre, le dijo severamente, darte consejos y aun castigarte, si te negabas a seguirlos. Has despreciado mis consejos: no has conservado más que la figura de hombre, pues tus crímenes te han hecho un monstruo, horror del cielo y de la tierra. Tiempo es que acabe de cumplir mi promesa castigándote, y te condeno a convertirte en un bruto, semejante a los que imitas en tus malas inclinaciones. Te has hecho semejante al león en la cólera, al lobo en la glotonería, a la serpiente maltratando al que había sido tu segundo padre, al toro en tu brutalidad. Llevarás pues en tu nueva forma el carácter de estos animales. Apenas el hada había pronunciado estas palabras, cuando el príncipe se vio con horror transformado en un monstruo. Tenía la cabeza de león, los cuernos de toro, las patas de lobo y la cola de víbora. Al mismo tiempo se encontró en un gran bosque a la orilla de una fuente, donde vio su horrible figura, oyendo una voz que le dijo:


—Mira atentamente el estado a que te ves reducido por tus crímenes; y todavía ha venido a ser tu alma más horrorosa aun que tu cuerpo.

Reconoció el príncipe la voz de Cándida y en su furor se revolvió para lanzarse sobre ella y devorarla, si le hubiera sido posible; pero no vio a nadie y la misma voz continuó diciéndole:

—Desprecio tu debilidad y tu rabia y voy a confundir tu orgullo poniéndote bajo la dependencia de tus propios súbditos.

El príncipe creyó que alejándose de aquella fuente hallaría remedio a sus males, pues no tendría a la vista su monstruosa deformidad, y penetró más en el bosque; pero no bien hubo andado algunos pasos, cuando cayó en una trampa que habían puesto para cazar osos: al mismo tiempo cayeron sobre él unos cazadores que había en acecho en la copa de unos árboles, y habiéndole encadenado, lo condujeron a la capital del reino.

En el camino, en lugar de reconocer que se había hecho digno de este castigo por su culpa, maldecía al hada, mordía sus cadenas y se abandonaba a todos los extremos del despecho. Cuando se acercó a la ciudad a donde se le conducía, echó de ver que se hacían grandes regocijos; y habiendo preguntado los cazadores qué había ocurrido de particular, se les dijo que el Príncipe querido, que sólo se complacía en maltratar a su pueblo, había sido herido por un rayo, según se creía. Los dioses, añadieron, no han podido sufrir por más tiempo el exceso de sus maldades y han librado de este monstruo a la tierra. Cuatro palaciegos cómplices de sus crímenes creían aprovecharse de este trastorno y repartirse entre sí el imperio; pero el pueblo, que sabía perfectamente que ellos eran los que habían perdido al rey con sus malos consejos, los ha descuartizado ofreciendo la corona a Sulimán, condenado ya a muerte por el malvado príncipe. Este digno señor acaba de ser coronado y celebramos este día como el de la emancipación del reino, porque es un hombre virtuoso y ha de traernos la paz, la abundancia y la felicidad.

El príncipe gemía de rabia oyendo estas explicaciones; pero todavía fue peor cuando llegó a la plaza que se extendía por delante de su palacio. Vio a Sulimán sobre un magnífico trono y oyó que todo el pueblo lo aclamaba deseándole larga vida para ver de reparar todo el mal que había hecho su predecesor.

Sulimán hizo una seña con la mano como para imponer silencio, y después dijo al pueblo:

—He aceptado la corona que me habéis ofrecido; pero sólo para conservarla para el príncipe legítimo, el cual no ha muerto, como creéis, según me ha revelado un hada, y acaso un día lo veréis volver tan virtuoso como era en sus primeros años. ¡Ah! continuó derramando lágrimas, los aduladores lo han perdido. Yo conocía su corazón dispuesto siempre a la virtud; y sin las emponzoñadas sugestiones de los que lo rodeaban, hubiera sido sin duda el padre de todos nosotros. Aborreced sus vicios, pero compadecedlo a él y roguemos todos juntos a los dioses que nos lo devuelvan pronto. De mí se decir que me estimaría dichoso, si derramando toda mi sangre pudiera verlo subir de nuevo al trono de sus mayores con el buen deseo de reinar dignamente.

Las palabras de Sulimán hicieron grande efecto en el corazón del príncipe, el cual conoció entonces el afecto y fidelidad de aquel hombre y se reprochó sus crímenes por la primera vez. Apenas hubo sentido este buen movimiento de su ánimo cuando se calmó la rabia que lo alteraba: reflexionó sobre los crímenes que había cometido y reconoció que no estaba aún castigado con todo el rigor que merecía.

Con esto cesó ya de forcejear en su jaula de hierro donde estaba encadenado y permaneció en ella manso como un cordero. Se le condujo después a una gran casa donde se guardaban todos los monstruos y animales feroces y se le ató como a los otros.

El príncipe tomó entonces la resolución de comenzar a corregir sus faltas, mostrándose obediente al hombre que lo cuidaba, hombre cruel que lo castigaba sin motivo, cuando estaba de mal humor. Un día que éste hombre se había dormido, rompió un tigre su cadena y se lanzó sobre él para devorarlo: al principio sintió el príncipe un movimiento de alegría viendo que se iba a librar de su atormentador por este medio; pero al punto condenó este movimiento diciendo: «Volveré bien por mal salvando la vida de este hombre.»

Apenas hubo formado este buen designio cuando vio abierta su jaula de hierro, y se lanzó al lado del domador que, ya despierto, se defendía del tigre. El hombre se vio perdido cuando vio cerca de sí al monstruo; pero su temor se cambió muy pronto en alegría, porque el benigno monstruo se arrojó sobre el tigre y lo mató, viniendo a acostarse luego a los pies del domador. Este hombre quiso en su gratitud bajarse para acariciar al bruto que le había causado tan buen servicio, pero oyó una voz que decía: «Una buena acción no queda sin recompensa,» y al mismo tiempo no vio ya sino un perrito a sus pies.

Contento el príncipe con esta transformación, hizo mil caricias al domador, el cual lo tomó en brazos y se lo llevó al rey contándole esta maravilla.

Quiso la reina tener al perro, y el príncipe se hubiera dado por muy satisfecho de esta nueva condición, si hubiera podido olvidar que era hombre y rey. La reina lo colmaba de caricias; pero temiendo que creciera demasiado, consultó a sus médicos, los cuales le dijeron que no le diera de comer más que pan y limitado; con esto el pobre príncipe, transformado en perro, se moría de hambre; pero le era preciso tener paciencia.

Un día que se le dio su ración de pan para almorzar, se le antojó ir a comérselo al jardín de palacio: tomolo entre sus dientes y fue hacia un canal que conocía y que estaba un poco lejos; pero no halló ya este canal y vio en su lugar una gran casa cuyo exterior brillaba con adornos de oro y pedrería. Vio entrar allí multitud de hombres y mujeres magníficamente engalanados, que bailaban al son de ruidosa música y celebraban un gran festín; pero todos los que salían de aquella casa estaban pálidos, flacos, cubiertos de llagas y casi desnudos porque sus vestidos estaban hechos jirones. Algunos de ellos caían muertos al salir, sin tener fuerzas para arrastrarse más lejos; otros se alejaban con mucha dificultad, y otros permanecían tirados en tierra muriéndose de hambre y pidiendo un mendrugo de pan a los que entraban, los cuales ni siquiera los miraban. Acercóse el príncipe a una joven que procuraba arrancar yerbas para sustentarse, y compadecido de ella, dijo en su corazón:

«Tengo buen apetito, pero creo que no he de morirme de hambre por esperar a la hora de mi comida; si sacrificara mi almuerzo a la necesidad de esta pobre criatura, acaso le salvara la vida.»

Resolvió seguir este buen sentimiento y fue a poner su pan en manos de la joven, la cual se lo llevó a la boca con la mayor avidez. Repuesta ella al parecer y gozoso el príncipe de haberla socorrido a tiempo, pensó volver al palacio, cuando oyó confusa gritería: era que cuatro hombres desalmados arrastraban a Celia hacia aquella casa, a donde al fin la obligaron a entrar.

El príncipe sintió entonces no conservar su figura de monstruo, que le hubiera dado poderosos medios de socorrer a Celia; pero el débil perro no pudo hacer más que ladrar a sus raptores procurando seguirlos. Echáronlo a puntapiés y él se decidió sin embargo a no abandonar el sitio para saber en qué venía a parar Celia. Reprochábase las desgracias de esta hermosa joven, diciendo interiormente: «Me irrito contra los miserables que la maltratan sin recordar que yo también he cometido el mismo crimen. Si la justicia de los dioses no hubiera prevenido mi atentado ¿no la hubiera yo tratado con la misma indignidad?»

Las reflexiones del príncipe fueron interrumpidas por un ruido que se hacía por encima de su cabeza. Oyó en efecto que se abría una ventana y su alegría no tuvo límites cuando vio que Celia arrojaba por ella un manjar tan apetitoso que daba ansia de comérselo; volviose a cerrar la ventana y el príncipe, que no había comido en todo el día, creyó que debía aprovechar la ocasión. Pero no bien se acercó al manjar arrojado, cuando la joven a quien antes había dado su pan, dio un grito y tomándole en sus brazos le dijo:

—¡Pobre animalito! no toques a ese manjar: esa casa es el palacio de Volupia y todo lo que sale de él está emponzoñado.

Al mismo tiempo oyó el príncipe una voz que decía:

—Ya ves como una buena acción no queda sin recompensa.

Y al punto fue transformado en un precioso pichón blanco. El príncipe recordó que este color era el de Cándida y comenzó a esperar que al fin podría volverlo a su gracia. Desde luego quiso acercarse a Celia, y levantándose en los aires revoloteó al rededor de la casa y vio con alegría que había una ventana abierta; pero por más que miró por todas partes no encontró a Celia, y despechado resolvió no parar hasta que la hubiera hallado. Con este fin estuvo volando espacio de muchos días, y habiendo entrado en un desierto, vio una caverna a la cual se aproximó. ¡Cuál no fue su alegría al ver a Celia sentada al lado de un venerable eremita comiendo con él mano a mano! Gozoso el príncipe fue ha posarse sobre el hombro de la hermosa pastora expresando con sus mudas caricias el placer que sentía de volver a verla.

También fue sensible Celia al afecto de la cándida avecilla, acariciándola a su vez con la mano, y aun que comprendiera que no podía entenderla, le dijo que aceptaba gustosa el don que le hacía entregándose a sí mismo y que siempre lo amaría.

—¿Qué has hecho, Celia? le dijo el solitario.

—Sí, bella pastora, le dijo el príncipe, que tomó súbitamente su primitiva forma natural; el fin de mi metamorfosis estaba ligado al consentimiento que dieras a nuestra unión: me has prometido amarme siempre; confirma mi felicidad y voy a conjurar a mi hada protectora que me de la misma figura con que tuve la dicha de agradarte.

—No tienes que temer su inconstancia, le dijo Cándida, su hada protectora, la cual dejando la forma del viejo eremita con que se había disfrazado, apareció a sus ojos tal como era. Celia te amó luego que te vio; pero tus vicios la obligaron a ocultarte el amor que le habías inspirado. El feliz cambio que se ha obrado en tu corazón le da la libertad de entregarse completamente a su amor. Vais a ser dichosos, puesto que vuestra unión estará fundada en la virtud.

El príncipe y Celia se postraron a los pies de Cándida. El príncipe no se cansaba de darle gracias por sus bondades, y Celia, gozosa de saber que detestaba él sus extravíos, le confirmó la confesión de su amor.

—Levantaos, hijos míos, les dijo el hada; voy a trasportaros a vuestro palacio para restituir la corona de sus mayores al príncipe que por sus vicios se había hecho indigno de ceñirla.

Apenas hubo dicho estas palabras la benéfica hada, cuando el príncipe y Celia se hallaron por vía de encantamiento en la cámara de Sulimán, el cual, satisfecho de ver a su rey y señor en el buen camino de la virtud, le abandonó el trono, quedando él como el más sumiso y leal de sus súbditos.

El Principe querido reinó mucho tiempo con Celia, y dicen que se aplicó de tal manera a sus deberes, que la sortija que había ceñido otra vez a su dedo no le picó ya más hasta el punto de hacerle sangre

FIN