El pequeño Muck

El pequeño Muck

Fantásticos Hadas duendes y elfos Para niños Valores morales

Un niño llamado Muck es despreciado por su familia, pero con su bastón mágico superar numerosos desafíos y se convierte en un héroe

Comenzar a leer

El pequeño Muck

En Nicea, mi querida ciudad natal, vivía un hombre al que llamaban el pequeño Muck. Me acuerdo muy bien de él, aunque yo era entonces muy niño, sobre todo porque a causa de él mi padre me dejó una vez medio muerto a golpes. El pequeño Muck era ya un hombre viejo cuando le conocí, pero no tenía más de tres o cuatro pies de estatura. Además, su figura era extraña, pues un cuerpo tan pequeño y enclenque debía soportar una cabeza mucho mayor y más gruesa de lo normal; vivía completamente solo en una gran casa e incluso se guisaba su propia comida. Como no salía más que una vez cada cuatro semanas, no se habría sabido en la ciudad si estaba vivo o muerto a no ser por el abundante humo que despedía su chimenea a mediodía. A menudo se le veía al anochecer andar por la azotea, pero desde la calle se habría dicho que su cabezota andaba sola. Mis amigos y yo éramos chicos traviesos que se divertían burlándose de todo el mundo, por lo cual era una gran fiesta para nosotros el día en que el pequeño Muck salía.

En la fecha prevista nos concentrábamos ante su casa hasta que aparecía. Se abría la puerta y asomaba primero la gran cabezota con el no menos gran turbante, al que seguía luego el resto del cuerpecillo, cubierto con una capita raída, amplios pantalones y un ancho cinturón del que colgaba una daga tan larga, que no se sabía si Muck estaba pegado a la daga o la daga a Muck. Cuando salía así, digo, retumbaban en el aire nuestros gritos de alegría, arrojábamos los gorros al aire y danzábamos como locos a su alrededor. El pequeño Muck saludaba con solemnes inclinaciones de cabeza y bajaba la calle con paso lento, tropezando, porque llevaba unas babuchas tan grandes y anchas como jamás había yo visto. Los chicos corríamos detrás gritando sin cesar: «¡Pequeño Muck, pequeño Muck!». Teníamos también un alegre estribillo que cantábamos en su honor de cuando en cuando:

Pequeño Muck, pequeño Muck,

en una casona vives,

sólo una vez al mes sales.

Eres un enanito,

tienes una cabecilla como una montaña.

Echa una mirada alrededor.

Búscanos y míranos,

corre y cógenos, pequeño Muck.

A veces habíamos llevado nuestro juego hasta tirarle de la capa, y he de reconocer para vergüenza mía que yo era de los más atrevidos; incluso una vez le pisé la gran babucha y cayó al suelo. Esto me resultó sumamente divertido, pero al punto se me estropeó la diversión cuando vi al pequeño Muck ir a casa de mi padre. Me escondí junto a la puerta y le vi salir de nuevo acompañado por mi padre, que le llevaba respetuosamente de la mano y se despidió de él a la puerta con muchas atenciones. Me sentía muy inquieto y permanecí largo tiempo en mi escondite. El hambre, más terrible para mí que los golpes, terminó por hacerme salir, y me presenté ante mi padre, humilde y con la cabeza gacha.

—Según he oído, te has burlado del buen Muck —dijo con tono grave—. Te contaré su historia, y seguro que no volverás a reírte de él; pero antes y después recibirás lo acostumbrado.

Lo acostumbrado eran veinticinco latigazos, que se cuidaba de contar con exactitud. Cogió después su larga vara y la empleó con más dureza que nunca.

Cuando completó los veinticinco, me mandó escuchar y me contó la historia del pequeño Muck:

El padre de Muck, que en realidad se llama Mukra, era un hombre pobre pero respetado aquí en Nicea. Vivía casi tan solitario como ahora su hijo. No podía soportar a éste, porque se avergonzaba de que fuera enano, y por ello le dejó crecer en la ignorancia. A los dieciséis años, Muck era todavía un chico alegre, y su padre, un hombre taciturno, le reprochaba siempre el ser aún pueril e inocente cuando hacía mucho que había gastado los zapatos de niño.

El viejo tuvo una mala caída de la que murió y dejó al pequeño Muck pobre e ignorante. Los crueles parientes, a los que el difunto debía más de lo que había podido pagar, echaron al pobre Muck de su casa, aconsejándole que se fuera a recorrer mundo para hacer fortuna. El pequeño Muck respondió que estaba dispuesto y sólo pidió el traje de su padre; fue lo único que le concedieron. Su padre había sido un hombre alto y corpulento, y su ropa no le iba bien, pero Muck tuvo pronto una idea: cortó lo que le sobraba de largo y se la puso. Al parecer olvidó que también de ancho debía haber cortado algo, de ahí el extraño aspecto con el que aún hoy puede vérsele; el gran turbante, los anchos pantalones, la capita azul, todo es heredado de su padre y lo lleva puesto desde entonces. Se colgó en el cinturón la larga daga damasquina de su padre, cogió un bastoncillo y se puso en marcha.

Caminó alegre todo el día, pues había partido en busca de la felicidad. Si veía en el suelo brillando al sol un pedazo de vidrio, estaba convencido de que se transformaría en el más hermoso diamante; si veía a lo lejos resplandecer como fuego la cúpula de una mezquita o un lago fulgurante como un espejo, se apresuraba gozoso pensando que había llegado al país de las maravillas. Pero ¡ay!, todos los espejismos desaparecían al acercarse, y su cansancio y el vacío de su estómago ronroneante le recordaban que se encontraba aún en el país de los mortales. Había viajado así ya durante dos días, entre hambre y padecimientos, y dudaba de su suerte. Los frutos del campo eran su único alimento y la dura tierra su lecho. En la mañana del tercer día divisó desde un alto una gran ciudad. La media luna brillaba clara sobre sus torres, y ondeaban sobre los tejados banderas multicolores, que parecían invitarle a acercarse. Asombrado, se detuvo y contempló en silencio la ciudad y la zona:

—Allí está la fortuna del pequeño Muck —se dijo haciendo una zapateta a pesar del cansancio—: ahí o en ninguna parte.

Reunió todas sus fuerzas y se dirigió hacia la ciudad. Aunque parecía muy cercana, no llegó hasta mediodía, pues sus piernecillas se negaban casi por completo a obedecerle y a menudo tuvo que sentarse a la sombra de una palmera para recuperarse. Por fin alcanzó las puertas de la ciudad. Se colocó bien la capita, se arregló mejor el turbante, se estiró el cinturón y dispuso más oblicuamente la daga. Se limpió luego el polvo de los pies, cogió su bastoncillo y pasó animoso la puerta.

Ya había recorrido algunas calles, pero ninguna puerta se abrió ni le llamaron, como se había imaginado, diciendo: «Pequeño Muck, pequeño Muck, entra, come, bebe y descansa tus piececillos fatigados».

Estaba mirando con curiosidad una casa muy grande y hermosa, cuando se abrió una ventana y una mujer anciana se asomó y dijo con voz cantarina:

Aquí, aquí,

cocido está el guiso,

la mesa pongo, probadlo;

aquí, vecinos,

cocido está el guiso.

La puerta de la casa se abrió, y Muck vio entrar a muchos perros y gatos. Dudó unos minutos y acabó por decidirse y entrar. Delante de él iban un par de gatitos, y pensó seguirlos, porque probablemente sabrían mejor que él dónde estaba la cocina.

Cuando Muck había subido la escalera, encontró a la anciana que antes se había asomado a la ventana. Le miró malhumorada y le preguntó qué deseaba.

—Has invitado a todos a probar tu comida —respondió Muck—, y como estoy tan hambriento, he venido yo también.

La vieja soltó una carcajada y dijo:

—¿De dónde sales tú, joven extravagante? Toda la ciudad sabe que no guiso para nadie que no sean mis queridos gatos, y de vez en cuando invito a otros de la vecindad, como ves.

El pequeño Muck le contó sus desventuras tras la muerte de su padre y le pidió que por un día le permitiera comer con sus gatos. La vieja, a quien cayó bien el triste relato del pequeño, le permitió quedarse como huésped y le sirvió comida y bebida abundante. Cuando estuvo saciado y repuesto, la mujer le contempló largamente y le dijo:

—Pequeño Muck, quédate a mi servicio: tendrás poco trabajo y estarás bien cuidado.

A Muck le había gustado el guiso de los gatos, así que aceptó y se convirtió en sirviente de la señora Ahavzi. Tenía un cometido fácil, pero delicado: la señora tenía dos gatos y cuatro gatas, a los que el pequeño Muck tenía que cepillar todos los días y ungir con costosos ungüentos. Cuando ella salía, debía cuidar de los gatos, ponerles el plato para comer y por la noche colocarlos en cojines de seda y cubrirlos con colchas de terciopelo. También había en la casa algunos perritos a los que debía cuidar, pero a éstos no tenía que dedicarles tantas atenciones como a los gatos, a los que la señora Ahavzi tenía como a hijos suyos. Por lo demás, Muck llevaba una vida tan solitaria como en casa de su padre, pues fuera de la vieja no veía en todo el día más que perros y gatos. Durante un tiempo le fue bastante bien, tenía siempre qué comer y poco qué hacer; la anciana parecía muy contenta con él. Pero los gatos se fueron haciendo cada vez más traviesos; cuando la dueña salía, saltaban por las habitaciones como posesos, revolvían todo y rompían los objetos que encontraban a su paso. Sin embargo, al oír que ella subía por la escalera, se acurrucaban en sus cojines y luego salían a su encuentro moviendo la cola como si no hubiera pasado nada. La señora montaba en cólera al ver las habitaciones tan estropeadas y se lo achacaba a Muck: por más que éste jurara que no era culpable, creía más a sus gatos, con ese aire tan inocente, que a su servidor.

El pequeño Muck estaba muy triste por no haber encontrado la suerte tampoco allí y decidió dejar el servicio de la señora Ahavzi. Como en su primer viaje había comprobado lo mal que se vive sin dinero, decidió procurarse de algún modo el salario que su ama siempre le había prometido y nunca le había llegado a dar. En la casa había una habitación que permanecía cerrada y cuyo interior nunca había visto. Había oído a veces a la mujer andar allí y hubiera dado cualquier cosa por saber lo que encerraba. Pensando en el dinero para su viaje, cayó en la cuenta de que el ama podría esconder en aquel lugar sus tesoros, pero la puerta estaba siempre bien cerrada y por ello no podía nunca tener acceso a los tesoros.

Una mañana en que ella había salido, uno de los perritos, a quien la dueña trataba siempre con poco cariño y al que él había intentado colmar con toda clase de mimos, le tiró del pantalón como si quisiera indicarle que le siguiera. Muck, que era muy amigo de jugar con los perros, le siguió, viendo que le llevaba al dormitorio de la dueña hasta una puerta pequeña que jamás había visto antes. Estaba medio abierta y el perrito entró seguido de Muck. ¡Cuál no sería su alegría cuando con sorpresa se vio en el aposento que era desde hacía tiempo objeto de sus deseos! Buscó por todas partes algo de dinero, pero no había más que trajes viejos y vasijas de formas extrañas. Uno de aquellos objetos le llamó la atención entre los demás: era de fino cristal con hermosas figuras talladas. Lo levantó y lo observó cuidadosamente, pero ¡horror!, no había notado que tenía una tapa colocada encima sin sujetar bien. Cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos.

El pequeño Muck se quedó como petrificado del susto. Ahora estaba decidido su destino: tenía que huir o la vieja le mataría. Inmediatamente decidió marcharse y miró otra vez a su alrededor por si podía servirle alguno de aquellos trastos para su viaje. Le llamaron la atención un par de babuchas grandísimas: no eran bonitas, pero las suyas no soportarían otro viaje; además, le atraían aquéllas, porque llevándolas puestas era de suponer que todo el mundo vería que ya no era un niño. Rápidamente dejó las suyas y se calzó las otras; además, un bastoncillo de paseo con cabeza de león artísticamente tallada le pareció que estaba olvidado en su rincón, así que lo cogió y se apresuró a salir. Corrió a su habitación, se puso la capa y el turbante de su padre, se colgó la daga del cinturón y se dispuso, con toda la velocidad que le permitían sus pies, a abandonar la casa y la ciudad. Por miedo a la vieja, se alejó más y más de la ciudad hasta que casi no podía más. Nunca en su vida había andado con tal velocidad e incluso le pareció que no podía parar de correr, pues una fuerza invisible le impulsaba a continuar. Observó que las babuchas debían tener alguna propiedad especial, pues seguían avanzando y le llevaban consigo. Intentó por todos los medios detenerse, pero no era capaz; con el mayor apuro, se dijo a sí mismo, como cuando se les grita a los caballos: «¡So, so, alto!». Las babuchas se detuvieron entonces, y Muck se echó en el suelo agotado.

Las babuchas le alegraron enormemente. Con sus servicios se había ganado algo que le ayudaría a seguir por el mundo buscando fortuna. A pesar de la alegría, se durmió exhausto, pues el cuerpecillo del pequeño Muck, que tenía que soportar una cabeza tan pesada, no podía aguantar mucho. En sueños se le apareció el perrillo que le había ayudado a conseguir las babuchas y le dijo:

—Querido Muck, todavía no sabes bien cómo servirte de las babuchas: si giras tres veces sobre el talón, podrás volar a donde quieras, y con el bastón encontrarás tesoros, pues donde haya oro enterrado golpeará el suelo tres veces y, si es plata, dos.

Esto soñó Muck. Al despertar reflexionó sobre su extraño sueño y decidió hacer una prueba de inmediato. Se puso las babuchas, alzó ligeramente un pie y comenzó a girar sobre el talón. Pero quien acaso haya intentado hacer esta proeza tres veces seguidas dentro de una babucha enorme, no se extrañaría de que el pequeño Muck no lo lograra enseguida, sobre todo teniendo en cuenta que su pesada cabeza le tiraba ya hacia un lado, ya hacia otro.

El pobre Muck cayó aparatosamente unas cuantas veces sobre su nariz, pero no cesó en su empeño y acabó por lograrlo. Giró sobre el talón como una rueda, formuló el deseo de dirigirse a la ciudad más próxima, y las babuchas se elevaron por el aire, corrieron con la velocidad del rayo atravesando las nubes, y, antes de que se pudiera dar cuenta de cómo había sucedido, se encontró en un gran zoco donde estaban montados muchos puestos e innumerables personas iban de acá para allá muy ocupadas. Anduvo dando vueltas entre la gente, pero pronto consideró más sensato retirarse a una calle menos transitada, porque en el mercado o bien uno le pisaba la babucha de modo que estuvo a punto de caerse, o bien chocaba alguno con su daga y por poco se libraba de que le golpearan.

Muck se puso a considerar seriamente qué podría hacer para ganarse alguna moneda. Tenía un bastoncillo que le mostraba tesoros ocultos, pero ¿dónde encontraría de inmediato un lugar con oro o plata enterrados? Se habría podido exhibir por dinero, pero era demasiado orgulloso para hacerlo. Recordó entonces la velocidad de sus pies, pensó que tal vez las babuchas podían servirle y decidió ofrecerse como veloz mensajero. Como esperaba que el rey de la ciudad fuera quien mejor recompensara tales servicios, se dirigió a palacio. A la puerta había un centinela, que le preguntó qué buscaba. Al responder que quería ofrecer sus servicios, le envió a buscar al veedor de esclavos. Expresó a éste su pretensión de conseguir un puesto entre los mensajeros reales. El veedor le miró de pies a cabeza y dijo:

—¿Cómo quieres convertirte en correo del rey con tus piernecillas, que apenas miden un palmo? Lárgate, que no estoy para bromear con cualquier loco.

Muck le aseguró que su petición era rigurosamente seria y que estaba dispuesto a competir con el más veloz de los corredores. Al veedor le hizo gracia el asunto y le ordenó prepararse para una carrera aquella misma tarde. Lo llevó a la cocina y se ocupó de que le sirvieran comida y bebida. Él mismo se presentó ante el rey y le habló del pequeño Muck y de su ofrecimiento. El rey era hombre burlón, por lo que le agradó que el veedor de esclavos hubiera retenido al personajillo para divertirse, y le mandó organizar la carrera en una gran pradera detrás del palacio, de modo que pudiera ser vista cómodamente por toda su corte. Le encargó que mientras tanto se tratara al enano con gran deferencia.

El rey contó a los príncipes y princesas que esa tarde iban a tener diversión, éstos se lo contaron a su vez a los servidores, y cuando llegó la tarde estaban impacientes, y todo el que tenía pies se apresuró a ir a la pradera donde se habían dispuesto tribunas para ver correr al enano pretencioso.

Cuando el rey y sus hijos e hijas hubieron tomado asiento en la tribuna, Muck apareció en la pradera e hizo una atenta reverencia ante las reales personas. Al divisar al enano, resonó un grito general de regocijo: nunca habían visto a un tipo así. El cuerpecillo con la cabezota, la capita y los anchos pantalones, la daga larga en el ancho cinturón, los piececitos en las grandes babuchas… ¡Ah, era demasiado cómico como para no reír a carcajadas! Pero el pequeño Muck no se desconcertó por las risas; orgullosamente apoyado en su bastón, se dispuso a esperar a su adversario. Según deseo expreso de Muck, el veedor de esclavos había escogido al mejor corredor; apareció éste, se colocó junto al pequeño y los dos aguardaron con impaciencia la señal. Como estaba previsto, la princesa Amarza agitó su velo, y ambos corredores volaron por la pradera como dos flechas dirigidas a una misma meta.

Al principio, el oponente de Muck llevaba una considerable ventaja, pero, subido en su babuchascarro, Muck le alcanzó, le sobrepasó y estaba ya en la meta desde hacía tiempo cuando el otro aún corría sin aliento. La admiración y el asombro se apoderaron unos instantes de los espectadores; pero, cuando el rey fue el primero en aplaudir, la multitud lanzó una exclamación de júbilo y todos gritaron: «¡Viva el pequeño Muck, el vencedor en la carrera!».

Entretanto habían conducido al pequeño Muck ante el rey. Arrodillado a sus pies, le suplicó:

—Poderoso rey, te he dado sólo una pequeña prueba de mi habilidad. Permite que me asignen un puesto entre tus corredores.

El rey le respondió:

—No. Vas a ser mi correo personal: estarás siempre cerca de mi persona y recibirás cada año cien monedas de oro como pago, y además te sentarás a la mesa de mis servidores principales.

Así creyó Muck haber logrado al fin la fortuna tanto tiempo buscada y se sentía feliz y esperanzado. Le alegraba el favor especial del rey, porque le utilizaba para sus envíos más secretos y urgentes, que realizaba con la máxima precisión y con increíble celeridad.

Pero los demás servidores del rey no estaban nada conformes, porque no les agradaba verse rebajados en la consideración de su señor por un enano que no sabía nada más que correr veloz. Por ello tramaron varias conspiraciones contra él para hacerle caer, pero todas chocaron con la gran confianza que el rey tenía puesta en su correo mayor secreto, dignidad que había alcanzado en poco tiempo.

Muck, a quien no pasaban inadvertidas estas maniobras en contra suya, no pensaba en la venganza, no, sino en el medio de hacerse más necesario y querido para sus enemigos. Se acordó del bastoncillo, que había olvidado en sus momentos afortunados. Pensó que, si encontraba tesoros, los señores se sentirían más inclinados en su favor. Había oído a menudo que el padre del actual rey había enterrado muchos de sus tesoros cuando el enemigo invadió su país; se decía incluso que había muerto sin haber desvelado el secreto a su hijo. Desde entonces, Muck llevaba siempre el bastón, con la esperanza de pasar por algún lugar donde estuviera enterrado el oro del antiguo rey. Una tarde, el azar le llevó a un sitio apartado de los jardines de palacio, que visitaba poco, ¡e inesperadamente sintió que el bastoncillo se agitaba en su mano y golpeaba el suelo tres veces! Ahora ya sabía lo que esto significaba. Sacó su daga, hizo una señal en los árboles de alrededor y se dirigió veloz al castillo, se procuró una pala y esperó a que llegara la noche para actuar.

El desenterrar el tesoro le costó más trabajo del que había supuesto.

Sus brazos eran débiles, y la pala, grande y pesada. Había trabajado por lo menos dos horas antes de tener cavados un par de pies, pero al fin tropezó con algo duro que sonaba como hierro. Siguió cavando con más afán y pronto descubrió una gran tapa de hierro. Descendió al foso para averiguar qué cubría la tapa y encontró una gran olla llena de monedas de oro. Sus escasas fuerzas no le bastaron para subir la olla, por lo que se escondió en el pantalón y en el cinturón todo lo que pudo; también se llenó la capita. Volvió a cubrir el resto con cuidado y, si no hubiera llevado puestas las babuchas, no hubiera conseguido avanzar: hasta tal punto le pesaba el oro. Llegó a su habitación sin ser advertido y ocultó el oro bajo los cojines de su sofá.

Al verse en posesión de tal tesoro, creyó que su situación cambiaría y que se ganaría muchos protectores y partidarios entre sus enemigos de la corte. Ya en eso podía percibirse que el pequeño Muck no había tenido una educación precisamente esmerada, porque en caso contrario no se hubiera imaginado que lograría auténticos amigos con el oro. ¡Ah, si entonces hubiera preparado sus babuchas y hubiera desaparecido con su capita llena de oro…!

El oro, que desde entonces repartió a manos llenas, despertó la envidia de los demás cortesanos. El cocinero jefe, Ahuli, decía:

—Es un falsificador de moneda.

El veedor de esclavos, Ahmed, decía:

—Ha estafado al rey.

Su enemigo más acérrimo, el tesorero Archaz, que de vez en cuando se permitía meter mano en el tesoro real, dijo:

—Lo ha robado.

Para asegurarse ahora el éxito, se pusieron de acuerdo, y el copero mayor Korchuz se mostró en presencia del rey muy triste y abatido. Hizo gestos de tristeza tan ostensibles que el rey le preguntó qué le sucedía:

—¡Ah! —contestó—. Estoy triste porque he perdido el favor de mi rey.

—¿Qué me cuentas, amigo Korchuz? —le respondió el rey—. ¿Desde cuándo ha dejado de brillar sobre ti el sol de mi favor?

El copero le contestó que colmaba de oro en secreto al correo mayor y no daba nada a sus pobres fieles servidores.

El rey estaba muy sorprendido por la noticia; hizo que le informaran del oro que se entregaba al pequeño Muck, y los conspiradores le llevaron con facilidad a creer que Muck se había apoderado de algún modo de dinero del tesoro. Este giro de las cosas le resultaba especialmente útil al tesorero, que en cualquier caso no gustaba de rendir cuentas. El rey le dio orden de vigilar todos los pasos de Muck para sorprenderle a ser posible en flagrante delito. La noche que siguió a aquel desafortunado día, cuando Muck, que por su liberalidad veía su arca muy mermada, cogió la pala y se deslizó hasta los jardines de palacio, para aumentar sus reservas a costa del tesoro enterrado, le siguieron de lejos los guardias, guiados por el jefe de cocineros, Ahuli, y Archaz, el tesorero, y en el instante preciso en que se disponía a guardar el oro de la olla en su capa, cayeron sobre él, le ataron y le llevaron inmediatamente a presencia del rey. A éste le había puesto de mal humor la interrupción de su sueño y recibió a su pobre correo mayor secreto con muy poca benevolencia, y de inmediato oyó a los acusadores, que habían colocado a los pies del rey la olla desenterrada, con la pala y la capa llena de monedas. El tesorero afirmó que había sorprendido a Muck con sus guardias, precisamente cuando enterraba la olla con oro.

El rey preguntó luego al acusado si aquello era cierto y de dónde procedía el oro que estaba enterrando.

El pequeño Muck, convencido de su inocencia, aseguró que había descubierto la olla en los jardines y que no quería enterrarla, sino desenterrarla.

Todos los presentes se rieron de su disculpa, pero el rey, encolerizado sobremanera por su supuesto cinismo, exclamó:

—¡Miserable! ¿Quieres engañar a tu rey de esta forma tan burda y estúpida después de haberle robado? ¡Tesorero Archaz, te conjuro a que digas si reconoces esta suma de oro como la que falta en mi tesoro!

El tesorero respondió que estaba seguro, que ese oro y más faltaba desde hacía un tiempo en el tesoro real, y podía jurar que ése era el oro robado.

Entonces el rey ordenó encadenarle y conducirle a una torre, entregando el oro al tesorero para que lo restituyera al tesoro. Encantado por el resultado favorable del asunto, éste se retiró a contar en su casa las relucientes monedas. Sin embargo, nunca habría sospechado aquel malvado que en el fondo de la olla había un mensaje que decía:

El enemigo ha invadido mi territorio, por lo cual entierro aquí una parte de mis tesoros; a quien lo encuentre, alcanzará la maldición de su rey si no lo entrega de inmediato a mi hijo. El rey Sadi.

El pequeño Muck se hacía tristes reflexiones dentro de la prisión. Sabía que la pena por robar al rey era la muerte. Sin embargo, no quería descubrir el secreto del bastoncillo, porque temía con razón que el rey le quitara éste y las babuchas. Por desgracia, y encadenado como estaba al muro, tampoco las babuchas podían serle útiles, por más que intentara girar sobre el talón. Pero, cuando al día siguiente se le anunció que iba a morir, pensó que era mejor vivir sin su bastón mágico que morir con él; pidió audiencia privada al rey y le reveló su secreto. Desde el principio, éste no dio crédito a su confesión, pero Muck le prometió darle una prueba si accedía a perdonarle la vida. El rey le dio su palabra y por indicación de Muck escondió algo de oro en la tierra y lo buscó con el bastoncillo. En pocos minutos lo encontró, pues el bastón golpeó ostensiblemente la tierra por tres veces. El rey se percató de que su tesorero le había engañado y, según es costumbre en Oriente, le envió un chal de seda para que él mismo se ahorcara. Al pequeño Muck le dijo:

—Te he prometido que vivirás, pero me parece que no sólo posees este secreto del bastón, por lo que permanecerás para siempre en prisión si no confiesas cuál es la causa de tu velocidad en la carrera.

Muck, a quien una sola noche en la torre había privado de cualquier deseo de seguir más tiempo en prisión, reconoció que sus babuchas eran la causa, pero sin revelar el secreto del triple giro sobre el talón. El rey se calzó las babuchas para probar y corrió como loco por los jardines; quería detenerse pero no sabía cómo, y Muck, que no podía privarse de esta pequeña venganza, le dejó correr hasta que cayó al suelo sin sentido.

Al volver de nuevo en sí, estaba irritadísimo con Muck, que le había hecho correr hasta quedar sin aliento.

—Te he dado mi palabra de concederte la libertad y perdonarte la vida, pero dentro de doce horas has de abandonar mi país o te haré ahorcar.

Las babuchas y el bastoncillo quedaron en la cámara del tesoro.

Más pobre que nunca salió del país, lamentando su ingenuidad, que le había hecho creer que tendría un papel importante en la corte. Por fortuna, el país del que le habían desterrado no era muy grande: en ocho horas llegó a la frontera, aunque, privado de sus babuchas, el caminar le resultaba harto duro.

Después de pasar la frontera, dejó el camino transitado para buscar la soledad de los bosques y allí apartarse, puesto que sentía antipatía por todo el género humano. En un bosque espeso encontró un lugar que le pareció muy adecuado para poner en práctica su decisión. Un arroyo claro, rodeado de grandes higueras umbrosas y un césped suave, le invitaba a tenderse, con el propósito de no comer nada más y esperar la muerte. Con tristes reflexiones sobre la muerte se quedó dormido, pero, al despertar, el hambre empezó a atormentarle; pensó que morir así era insufrible, y se puso a mirar alrededor por si podía encontrar algo que llevarse a la boca. Deliciosos higos maduros colgaban del árbol bajo el que había dormido: subió para coger algunos, los saboreó con deleite y bajó al arroyo para calmar su sed. ¡Pero cuál no sería su asombro, cuando el agua le reflejó su cabeza adornada por dos enormes orejas y una nariz grande y gorda! Sobrecogido, se echó las manos a las orejas y comprobó que medían más de media vara.

—¡Me merezco las orejas de burro —exclamó— por haber pisoteado mi felicidad con las patas como un asno!

Anduvo dando vueltas bajo los árboles y cuando volvió a sentir hambre, tuvo que recurrir otra vez a los higos, pues no había otra cosa comestible en los árboles. Al lanzarse sobre la segunda ración, aunque sus orejas estaban bajo el gran turbante para no parecer demasiado cómico, sintió que éstas habían desaparecido. Volvió inmediatamente al arroyo para convencerse, y así era: sus orejas eran como antes y su larga nariz deformada ya no existía. Entonces se dio cuenta de cómo había sucedido: la primera higuera le había hecho crecer la nariz y las orejas, y la segunda le había curado. Reconoció satisfecho que su buena estrella le ponía en la mano otra vez la posibilidad de ser feliz. De modo que cogió de cada uno de los árboles todos los higos que podía llevar y regresó al país que acababa de abandonar. En el primer pueblo se disfrazó con otra ropa para no ser reconocido y siguió hacia la ciudad donde vivía el rey, llegando al poco tiempo.

Estaban a la sazón en una de esas estaciones en que la fruta madura escasea aún; Muck se sentó cerca de la puerta de palacio, pues desde hacía tiempo sabía bien que el cocinero jefe compraba esas rarezas para la mesa real. No llevaba mucho sentado cuando le vio venir por el patio. Iba inspeccionando la mercancía de los vendedores instalados allí, y en éstas su mirada recayó en la cestita del pequeño Muck.

—¡Ah, un bocado exquisito! —dijo—. Con seguridad será del agrado de su majestad. ¿Qué quieres por el cesto entero?

Muck le puso un precio moderado y pronto cerraron el trato. El cocinero entregó el cesto a un esclavo y siguió con sus compras; Muck se escabulló, porque temía que, cuando la desgracia se manifestara en las cabezas de la corte, querrían buscar y castigar al vendedor.

El rey estaba en la mesa de muy buen humor y se deshacía en elogios de su cocinero jefe por su buena cocina y el cuidado con el que siempre buscaba para él lo más exquisito; pero éste, que sabía el bocado que aún guardaba, sonreía muy amablemente y dejaba caer alguna frase como «Todavía falta lo mejor» o «Si el final es bueno, todo es bueno», de modo que las princesas estaban impacientes por saber qué traería. Cuando presentó los hermosos y vistosos higos, se escapó un «¡Ah!» general de la boca de los presentes.

—¡Qué maduros, qué apetitosos! —exclamó el rey—. Cocinero, eres un gran tipo y mereces nuestro especial favor.

Diciendo esto, el rey, que solía ser muy parco con tales exquisiteces, con su propia mano distribuyó los higos en la mesa. Dio dos a cada príncipe y a cada princesa, uno a las damas, visires y agás, y el resto se lo colocó delante y empezó a devorarlos con gran apetito.

—Pero, por Dios, padre, ¿cómo tienes ese aspecto tan extraño? —exclamó de pronto la princesa Amarza.

Todos miraron asombrados al rey: unas enormes orejas le colgaban de la cabeza y una larga nariz le llegaba hasta más abajo de la barbilla. También se miraban recíprocamente con asombro y horror, pues todos estaban adornados en mayor o menor medida con el mismo tocado.

Muck se había enterado del asunto en el escondite donde se había retirado y se dijo que era el momento de actuar. Con el dinero conseguido por la venta de los higos se había comprado un traje que le daría la apariencia de un sabio. Una larga barba de pelo de cabra completaba el disfraz. Con un saquito lleno de higos se dirigió al palacio real y ofreció su colaboración como médico extranjero. Al principio estaban muy escépticos; pero, cuando dio a comer un higo a uno de los príncipes y las orejas y la nariz volvieron a su ser, todos querían que el médico extranjero los tratara. El rey le tomó de la mano en silencio y le llevó a su aposento: abrió una puerta que conducía a la cámara del tesoro e indicó a Muck que le siguiera.

—Aquí están mis tesoros —dijo—: elige lo que sea y será tuyo si me libras de este ignominioso mal.

A música celestial sonaron estas palabras en los oídos del pequeño Muck. Nada más entrar vio sus babuchas en el suelo y a su lado el bastoncillo. Dio una vuelta por la sala, como si quisiera admirar los tesoros, pero, apenas se acercó a las babuchas, se las calzó rápido, cogió el bastoncillo, se quitó la barba postiza y mostró al pasmado rey el rostro bien conocido del desterrado Muck.

—¡Rey infiel —dijo—, que pagas con ingratitud servicios leales, recibe como castigo bien merecido la deformidad que soportas! Conservarás las orejas, para que te acuerdes todos los días del pequeño Muck.

Después de haber hablado así, giró rápidamente sobre el talón, deseó marcharse y, antes de que el rey pudiera pedir auxilio, había desaparecido. Desde entonces, Muck vive con gran riqueza, pero solo, pues desprecia a los hombres. La experiencia le ha convertido en un hombre sabio y, aunque su apariencia pueda tener algo de llamativo, más merece tu admiración que tu burla.

Así me habló mi padre; me arrepentí de mi conducta improcedente con el buen enano, y él me dispensó de la otra mitad del castigo que me había impuesto. Conté a mis compañeros cuál había sido el curioso destino del pequeño y le tomamos tanto cariño que ninguno volvió a molestarle. Al contrario, durante toda su vida le honramos y le hicimos tantas reverencias como al cadí y al muftí.

Los viajeros decidieron pasar un día de descanso en el campamento para fortalecerse ellos y los animales, con vistas al resto del viaje. El buen humor del día anterior continuó y se entregaron a todo tipo de juegos. Sin embargo, nada más comer se dirigieron al quinto mercader, Alí Siza, para que cumpliera su compromiso de contar una historia a los demás. Respondió éste que su vida era demasiado pobre en aventuras y por eso quería contarles otra cosa, la Historia del falso príncipe.

FIN