El jarro de los deseos

El jarro de los deseos

Colección Marujita

Aventuras Hadas duendes y elfos Magia Para niños

Garcín era un muchacho pobre y muy perezoso que se pasaba el día imaginando lo que haría si fuese un príncipe

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El jarro de los deseos

Una vez, un pobre muchacho llamado Garcín, vivía con sus padres en una cabaña del pueblecito de Torón. Era un muchacho muy perezoso y en vez de dedicarse a su trabajo, se pasaba el día imaginando lo que haría si fuese un príncipe.

—¡Qué bonito sería vivir en un castillo y ser dueño de hombres y de caballos! pensaba. Luego me casaría con una princesa y me sentaría en un trono.

Tenía por oficio asustar a los pájaros, para que no se comiesen los granos de los campos. Pero se entretenía tanto pensando en lo que haría si fuese príncipe, que, muchas veces, los pájaros se comían los granos en sus mismas barbas. Y entonces el agricultor se enojaba con él y le daba una paliza.

Un día hacía girar distraídamente su carraca, sin acordarse casi de los pájaros, cuando, arrastrado por su fantasía, dijo en alta voz:

—Me gustaría mucho llevar un manto rojo, con ador—

nos de oro y ceñir una buena espada. Me adornaría también con un gorro de plumas, y..

—¿Y por qué no has de tener todo eso?—preguntó una voz a su espalda.

Garcín dio un salto de sorpresa y miró a su alrededor. Vio a un hombre alto y flaco, que llevaba un traje muy raro, de color pardo y amarillo. Cubríase la cabeza con un extraño gorro puntiagudo, de modo que el muchacho adivinó que se trataba de un hechicero. Por esta razón se puso en pie e hizo una reverencia.

—¿Habéis venido para encargarme que haga algo en vuestro obsequio?—preguntó.

—Mira—contestó el hechicero.—Podrías ayudarme, porque estoy en un apuro. He perdido la llave de mi casita, y quisiera sacar algo de ella. Creo que tú podrías entrar por una ventanita que ha quedado abierta.

—¿Y qué me daréis si lo hago?—preguntó Garcín.

—Desde luego te daré el gorro, el manto y la espada que deseabas—contestó el mago.

—¡Qué bien!— exclamó el muchacho, saltando de alegría.—Mostradme el camino, señor hechicero, y, según deseáis, entraré en vuestra casa por la ventana.

El mago se llevó a Garcín a campo traviesa y, al fin, llegó a una colina muy empinada. En la ladera se hallaba una casita casi oculta por los árboles. Garcín nunca la había visto allí y ni siquiera recordaba aquella colina, a pesar de que conocía muy bien los alrededores, de modo que le extrañó mucho no haber reparado nunca en la eminencia y en la casa.

Acercáronse a la última y Garcín vio que todas las ventanas tenían las cortinas corridas. La puerta también estaba cerrada. El mago acompañó al muchacho a la parte trasera de la casa, en donde, efectivamente, había una ventana abierta. Estaba a regular altura y el muchacho se preguntó si podría alcanzarla.

—Será mejor que me suba a ese peral— dijo.—Luego, desde esa rama, alcanzaré fácilmente el antepecho de la ventana.

Así lo hizo y, efectivamente, penetró en la vivienda. —¿Queréis que abra la puerta?— preguntó al mago. —Entonces podréis entrar y tomar lo que os hace falta. — ¡Oh, no! No te molestes en eso contestó el hechicero.— Lo único que deseo es un jarrito rojo, que hallarás en la mesa de la cocina. Tráemelo.

Garcín se dirigió a la cocina y sobre la mesa vio un jarrito rojo, provisto de asa. Lo tomó y entonces oyó un ruido extraño en el exterior. Se asomó a la ventana para mirar y pudo ver que el mago luchaba ferozmente con un gnomo.

—¿Qué haces delante de mi casa?— preguntó el gnomo furioso. Seguramente has venido a robarme algo, porque ya te conozco. Por suerte he cerrado todas las puertas. Y ¡ahora, toma, toma y toma!

El gnomo acompañó estas últimas palabras con otros

tantos golpes, pero, de pronto, el mago pronunció una pa— labra muy rara y el pobre gnomo desapareció. En su lugar surgió de repente un perro que, desesperado y gemebundo, empezó a dar vueltas por el jardín.

Garcín se asustó mucho, al ver que aquella casa no pertenecía al hechicero. Dióse cuenta de que éste lo había enviado a robar el jarro. ¡Qué malo era! Y el muchacho se convenció de que tampoco le daría el manto, el gorro y la espada que le había prometido y aun temió que el hechicero lo metamorfoseara en animal.

A consecuencia de estas ideas, se dirigió a la puerta trasera, levantó la tranca y salió de la casa. Fue a ocultarse en un matorral y no tardó en oír que el mago se dirigía a la ventana y empezaba a llamarlo.

—¡Sal, muchacho! gritó. —¿No has encontrado el jarro?

En vista de que no obtenía respuesta, se enojó y renovó sus gritos. De pronto el perrito en que se había transformado el gnomo, se acercó a él y el dio un mordisco en la pierna.

El mago profirió un grito y echó a correr cuesta abajo. El perro lo persiguió y Garcín se quedó solo, escondido entre las matas.

Temblaba de pies a cabeza, pero no tardó en resolverse a salir, con objeto de volver corriendo a su casa. Al llegar a ella se dio cuenta de que, distraídamente, aún llevaba en la mano el jarrito rojo.

—¡Oh!— exclamó asustado. — Aún llevo este jarro. ¿Qué haré con él? No me atrevo a devolverlo a la casa de donde lo saqué.

—¿Dónde has encontrado ese jarro?— le preguntó su madre.

El le dio cuenta de sus aventuras y la buena mujer tomó el jarro y lo examinó atentamente.

—Es muy bonito— dijo al fin. —Si viene a recogerlo el gnomo, se lo devolveremos, porque, desde luego, no quiero que vayas otra vez a su casa.

—Mejor será que lo utilicemos nosotros contestó el muchacho, a quien le pareció que el jarro era muy bonito. Lo haremos servir para poner la leche, madre. La buena mujer lo llenó de leche y lo puso en un estante. A la hora de merendar lo dejó sobre la mesa en unión de algunas cosas más y Garcín fue a ver qué había para merendar.

—¡Nada más que pan seco y leche! exclamó, disgustado. —¡Siempre lo mismo!

—Los tiempos son muy malos, hijo —replicó la madre, dando un suspiro mientras ponía leche en las dos tazas.

— Ojalá tuviésemos pasteles, mantequilla y chocolate, hijo. Pero.

Se interrumpió, sorprendida, porque, repentinamente, aparecieron sobre la mesa una chocolatera llena, un plato de pasteles muy apetitosos y una mantequera en la que rebosaba la mantequilla.

—¡Oh!— exclamó el muchacho, entusiasmado.— ¡Mira, madre! Con toda seguridad ese jarro está encantado.

Lo tomó de manos de su madre y, vertiendo un chorrito de leche como hiciera ella, expresó un deseo, pues era condición precisa verter algún líquido del jarro para que atendiese los deseos de su dueño.

—Quisiera una vaca, una oveja y un cerdo exclamó el muchacho.

En el acto resonaron a su espalda los gritos de esos tres animales. Volvió la cabeza y, en la misma cocina, vio una vaca, una oveja y un cerdo. Su madre profirió algunas exclamaciones de sorpresa y se apresuró a sacar al patio aquellos tres animales de maravillosa procedencia.

Ten cuidado con lo que deseas, tonto. No quiero ver mi pequeña cocina llena de bichos.

—Pues entonces deseo una cocina muy grande y una casa muy espaciosa. También quiero un jardín, una hacienda y un huerto.

En un abrir y cerrar de ojos, la cocina se convirtió en una habitación muy espaciosa y en su extremo apareció un hogar muy grande. La casa entera desapareció para ser reemplazada por otra mucho mayor y mejor. El jardincito aumentó prodigiosamente de extensión y a lo lejos aparecieron algunos campos, en los que había numerosas ovejas, muchos caballos y vacas. A corta distancia pudieron ver también un maravilloso huerto lleno de árboles frutales.

—¡Dios mío!— exclamó Garcín. —¡Somos ricos! ¡Somos poderosos! Ahora podré llegar a príncipe y casarme con una princesa.

Y en vista de que el jarro estaba ya vacío, Garcín lo llenó de agua y empezó a verterla, expresando al mismo tiempo sus deseos.

—Quiero un traje rojo con adornos de oro dijo.—Un gorro adornado de plumas y una copa amplia y magnífica. Quiero también una brillante espada y un caballo con la cabeza adornada por unas plumas. Quiero que me sigan cien criados y que cada uno de ellos lleve un saco de oro o de piedras preciosas. Seré el personaje más importante del reino y mañana mismo iré a pedir la mano de la princesa Melania.

Todos sus deseos se cumplieron puntualmente. Vióse vestido de rojo, con adornos de oro y en el jardín apareció un caballo con un hermoso penacho de plumas. Por el ancho sendero avanzaron cien criados y cada uno de ellos llevaba un saco azul, cuyo contenido adivinó el muchacho.

—Dormid en el jardín— les dijo, —porque no os necesitaré hasta mañana.

Ellos, obedientes, se echaron sobre la hierba, disponiéndose a dormir. Garcín y su madre estaban muy excitados y cuando su padre llegó a casa, se quedó asombradísimo al notar el cambio que había sufrido. El muchacho salió corriendo y lo acompañó hasta la cocina, en donde el pobre hombre contempló, asombrado, el jarro autor de tantas maravillas.

Al día siguiente Garcín salió hacia el palacio del Rey. Cabalgaba en un magnífico caballo negro y de su costado pendía una brillante espada. Agitábase al viento su capa roja con adornos de oro y tras él marchaban los cien criados cargados con sus sacos.

Hacia el mediodía, llegó a las puertas del palacio, que le franquearon los centinelas al ver aquel joven gallardo, acompañado de tan espléndido séquito.

Decida Su Majestad que el príncipe Garcín, de Torón, desea verle ordenó el atrevido joven.

Y el Rey, al enterarse de la riqueza del recién llegado, y de los numerosos criados que lo seguían, ordenó que la llevasen a su presencia.

—Majestad le dijo. —He venido a pediros la mano de vuestra hiia.

El Rey se rió y luego contestó:

—No sé nada de vos. ¿De dónde venís?

—Del gran país de Torón—contestó Garcín.— Y os he traído, señor, algunos regalos.

Avanzaron los cien criados y, al pie del trono, vaciaron sus sacos. El Rey tenía los ojos desorbitados por el asombro. Nunca vio tanto oro ni tantas piedras preciosas. Sin duda aquel joven debía de ser un príncipe muy rico. La princesa Melania estaba sentada al lado de su padre. Era una doncella muy hermosa y Garcín le fue en extremo simpático. Desde luego era mucho más agradable que el viejo Duque con quien su padre quería casarla. Y la joven se dijo que el Príncipe tenía unos ojos negros muy alegres y un cabello ensortijado que le sentaba muy bien.

— Me gustaría mucho casarme con ese Príncipe— dijo, cosa que hizo sonrojar a Garcín.

El Rey ordenó a su hija que guardase silencio.

—Mi hija está ya prometida en matrimonio al duque de Cerroalto—dijo.—Ha preparado va un castillo para ella y el ha regalado un collar de magníficos brillantes.

—Pues yo construiré para ella diez palacios, cada uno más bonito que el otro exclamó Garcín.— Y le regalaré cien collares, un millar de broches y todos los trajes que quiera.

—No digáis tonterías —exclamó el Rey.— En el mundo no hay nadie bastante rico para eso. Si pudierais cumplir lo que acabáis de prometer, os daría, desde luego, mi hija, pero tales palabras se las llevará el viento.

—¿Me daréis a Melania por esposa, si, esta misma noche construyo diez palacios para ella?— preguntó Garcín.

—Si contestó el Rey riéndose.— Sé muy bien que eso es imposible. Y ahora oídme, joven. Si no cumplís vuestra promesa, os tendré encerrado un año en un calabozo. Eso os enseñará a no ser jactancioso.

Garcín hizo una profunda reverencia y salió. Sacó el jarro rojo del saco de piel en donde lo llevaba, lo llenó de agua de una bomba y luego expresó sus deseos. —Quiero que mañana por la mañana el Rey pueda ver diez palacios, cada uno más hermoso que el otro —dijo.— Y quiero también que se presenten a la Princesa cien esclavos llevando collares y broches y con las más bellas piedras preciosas del mundo entero. También se presentarán a ella cincuenta doncellas, que le ofrecerán vestidos de seda bordados en plata y oro.

Al día siguiente, Garcín acudió muy temprano al pala— cio y solicitó que le llevasen a presencia del Rey, en cuanto éste se hubiese levantado. Y cuando, al fin, lo recibió el Monarca, le hizo una profunda reverencia y le dijo:

—Majestad, he venido a reclamar la mano de la Princesa. Hoy mismo quiero casarme con ella.

—No digáis tonterías— exclamó el Rey con acento de enojo.—¿Dónde están esos maravillosos palacios de que me hablabais? Marchaos antes de que os haga encerrar. —Servíos venir a esa ventana, Majestad contestó Garcín.

El Rey se acercó a la ventana, se asomó y, en aquel momento, ocurrió algo maravilloso. Uno a uno aparecieron diez palacios magníficos y resplandecientes, que rodeaban el del Rey, apuntando al cielo con sus torreciIlas y sus puntiagudos tejados.

Luego de cada palacio, salieron diez esclavos, llevando espléndidos collares y broches, sobre cojines de terciopelo negro. Los seguían las doncellas encargadas de entregar a la Princesa los maravillosos vestidos encargados por Garcín.

Melania arrojó los brazos al cuello de Garcín y le dió un beso. — Nos casaremos hoy mismo exclamó.—Eres el príncipe más gentil del mundo entero. ¡Oh, papá! Fíjate. Diez palacios para mí y, además, esas joyas y esos trajes. —Bueno, me gustaría mucho que tu marido situara esos palacios a mayor distancia— observó el Rey. Confieso que son magníficos, pero aquí, donde están, me estropean el panorama. Y ahora, Melania, contente, dejo de abrazar al príncipe Garcín y prepárate para la boda. Veo que habré de cumplir la palabra dada y entregar tu mano al Príncipe.

Aquel día hubo una verdadera conmoción en palacio.

La Princesa se casó con Garcín y el pueblo los vitoreaba delirante, al ver a la hermosa pareja, cuando atravesaba las calles en una carroza de oro puro, de la que tiraban veinte caballos negros como el carbón, cada uno de ellos con una estrella blanca en la frente. Así los había deseado Garcín y la Princesa estaba encantada.

Lo primero que hizo luego el nuevo príncipe, fue ordenar que situasen los diez palacios a mayor distancia y cada uno de ellos en la cumbre de una colina que hizo preparar expresamente. Luego él y la Princesa fueron a vivir sucesivamente una semana en cada uno de ellos, divirtiéndose en grande.

Garcín dio a la princesa Melania el jarro de los deseos como regalo nupcial. Al principio la joven lo utilizaba todos los días, pues le divertía mucho realizar todos sus deseos, cualesquiera que fuesen. Pero al fin se cansó de ello y guardó el jarro en un armario destinado a la vajilla y ya no se acordó más de él, porque tenía cuanto era dable apetecer.

Un día llegó un mendigo a la puerta de la cocina y rogó que le diesen un vaso de agua.

Llénalo tu mismo en la bomba del patio—replicó la criada con la mayor rudeza.

—Préstame un jarro dijo el pordiosero.

La criada abrió la puerta del armario de la vajilla y buscó con la mirada.

—Ese rojo me servirá dijo el mendigo.

La criada se lo dio y en cuanto aquel individuo lo tuvo en sus manos, profirió una carcajada y se dirigió a la bomba.

¡Era el mago! Llenó el jarro de agua y empezó a expresar sus deseos. Ordenó que los palacios se convirtiesen en humildes casitas y que todos los caballos de Garcín se transformasen en ratones. Y siguió expresando sus deseos uno tras otro, de manera que Garcín no podía comprender lo que sucedía a su alrededor, pues todo se transformaba según los deseos del mago.

Por último, Garcín, salió para ver que ocurría, y en el patio encontró al hechicero, al mismo hechicero que le enviara a la casita del gnomo para robar el jarro rojo. Vio que tenía en la mano este utensilio, y en el acto el joven se arrojó contra él. Un momento después ambos luchaban por la posesión del aquel objeto. Aun quedaba en el jarro un poco de agua y el hechicero quería verterla para expresar un deseo, pero el joven no se lo consintió. —¡Dame ese jarro!— exclamó Garcín, dando un puñetazo en la cabeza del mago.

—¡Ay!—exclamó éste, dolorido.—Bueno … quédate con él.

Al mismo tiempo derramó un poco de agua y se cumplió su deseo.

—Quiero que te veas en un lugar desierto exclamó. — De poco te servirá allí ese jarro.

En un abrir y cerrar de ojos Garcín desapareció. Volaba por el aire y por fin cayó en un desierto de arena amarillenta. Sólo, a gran distancia, pudo ver algunas matas raquíticas, pero no descubrió a ningún ser vivo.

—Bueno, no importa. Por lo menos tengo el jarro de los deseos se dijo el joven.— Ordenaré que me lleven a mi casa y luego, al poco rato, haré de modo que todo vuelva a ser como antes.

Pero ¡ay! estaba vacío. Y no concedería ningún deseo, a no ser que se vertiese algún líquido en él. El joven miró a su alrededor en busca de una corriente o de un pozo, pero en aquel desierto no había nada de eso.

Durante todo aquel día y el siguiente el pobre Garcín anduvo de un lado a otro, en busca de agua, mas sin poder hallarla.

—Me moriré de sed gimió. Y si no fuese por las frutas que crecen en esas matas ya me habría muerto.

¿Dónde está mi jarro? ¡Llueve!— exclamó muy alegre.— Está lloviendo.

Lo vio en el suelo y recibiendo la lluvia, pero ésta no fue más que un chaparrón corto, de modo que sólo cayeron al fondo del jarro unas gotas de agua.

Garcin las derramó, expresó rápidamente un deseo antes de que el jarro quedase completamente vacío, preguntándose si aquella pequeña cantidad de agua bastaría para cumplirlo.

—Quisiera estar al lado de la bomba de mi casa— murmuró.

Sí, había agua suficiente para que se hiciese lo que había pedido, porque, de nuevo, volvió a verse por los aires, que cruzaba con gran rapidez, y por fin fue aparar al lado de la bomba, en la que el mago había llenado el jarro. El lo hizo a su vez y luego, ya seguro del resultado, dijo:

—Que todo vuelva a ser como dos días atrás.

En el acto reaparecieron los palacios, los ratones volvieron a ser caballos, la Princesa bajó corriendo la escalera de su palacio y Garcín profirió un grito de alegría al verla. Todo era igual que antes.

—Este jarro es demasiado peligroso para que ande suelto por ahí observó el joven después de abrazar a la Princesa.— Si ese mago vuelve a apoderarse de él, nos veremos en un apuro. Dime, querida Melania, ¿tienes ya todo lo que deseas?


—Todo contestó la Princesa.

—Yo también añadió él.— Por consiguiente, romperé el jarro y ya nadie podrá utilizarlo en adelante.

Lo arrojó al suelo, donde quedó roto en mil pedazos. Cada uno de ellos adquirió un color verde, despidió una columna de humo y se desvaneció.

—¡Oh!— exclamó la Princesa.—¿Has visto eso?

—Sí contestó él riéndose. Pero ahora voy a tomar una limonada, porque tengo una sed espantosa.

—Yo te la serviré— replicó Melania. Sin embargo, siento que hayas roto ese jarro, porque habría resultado muy divertido prestárselo a nuestros hijos para que satisfacieran sus deseos.

—Les contaremos la historia — contestó Garcín.—Y estoy seguro de que les gustará.

Y yo confío en que también os ha gustado a vosotros.

FIN