El hermoso lapicero de plata

Colección Marujita

Amor y amistad Cortos Para niños Valores morales

Julio recibió un lapicero de plata por su santo que cuidaba con esmero, pero un día lo perdió en el jardín.

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El hermoso lapicero de plata

El día de su santo, Julio recibió, como regalo, un lapicero de plata, cosa que el agradó en extremo, porque ninguno de sus compañeros tenía otro semejante. Si se daba vuelta a la contera del lapicero, asomaba la mina por al punta y luego, debajo del extremo posterior, tenía una goma de borrar, sin contar con una, provisión de minas. Era un lápiz estupendo.

Incluso los maestros de la escuela solían pedírselo prestado. Ya se comprende cuán orgulloso estaba Julio de su lapicero y cómo lo rodeaba de cuidados. Un día estaba dibujando en el jardín con su lápiz y su madre lo llamó para que se probase un traje nuevo, de modo que el niño dejó en el jardín el dibujo y el lapicero.

Al regresar observó que el último había desaparecido. De momento se figuró que se había caído al suelo, pero, por más que lo buscó, no pudo encontrarlo. Registró igualmente sus bolsillos con la esperanza de habérselo guardado, distraído, pero tampoco lo encontró. Ha desaparecido mi lapicero de plata, mamá—dijo muy triste.— Lo dejé en la mesa del jardín cuando vine a probarme el traje y ya no está allí. Me sabe muy mal haberlo perdido.

—Es una lástima replicó su madre.

En unión de su hijo salió al jardín, en busca del lapicero, y en vista de que no podía hallarlo dijo: —Bueno, hijito, se ha perdido. ¿Sabes si ha entrado alguien en el jardín mientras estabas dentro de la casa? —Se lo preguntaré a la cocinera—dijo Julio.

Pero la buena mujer contestó que no había visto a nadie en el jardín.

Julio tomó un lápiz de madera roja y continuó su dibujo. Mas no podía olvidar su hermoso lapicero de plata y estaba muy triste.

Un rato después llegó Juanita, su hermana, d e u n paseo que acababa de dar con su abuela. Esta le había comprado un hermoso globo rojo y muy grande, de modo que Julio, lleno de admiración, casi llegó a olvidar su lapicero. Pero cuando Juanita le invitó a jugar con ella, no aceptó.

—No—contestó.—He perdido mi hermoso lapicero de plata, Juanita, y no tengo ganas de jugar.

En vista de eso, la niña empezó a retozar sola. Como el globo ya no tenía fuerza ni para subir, Juanita podía arrojarlo y recogerlo cuando descendía suavemente. Pero, de pronto, llegó una fuerte racha de viento y antes de que Juanita pudiese cogerlo, el globo se elevó por el aire.

—¡Julio! ¡Julio! ¡El globo se ha escapado!—gritó la niña. ¡Ven en seguida! Ya está atravesando el seto. El niño levantó la mirada y vio que, efectivamente, el globo atravesaba el seto de avellanos que había en el extremo del jardín.

Es inútil, Juanita. No podré alcanzarlo dijo.—Has sido una tonta de dejarlo marchar.

—¡Oh, qué disgusto tengo!exclamó Juanita echándose a llorar.Me gustaba tanto ese globo como a ti el lapicero de plata.

El niño, al oír estas palabras, echó a correr. Atravesó el seto y salió al sendero. El globo huía impulsado por el viento y Julio emprendió su persecución.

Pero no era fácil alcanzarlo. Parecía como si estuviese animado de inteligencia, porque en cuanto el niño se acercaba, daba un nuevo salto y se ponía fuera de su alcance.

Una vez en el extremo del sendero, se elevó bastante y pasando por encima de un roble que había allí se dirigió al prado del granjero señor Colás. Julio siguió corriendo y persiguió el globo a través del arroyo, llegando, por fin, jadeante, a la colina verdosa que había al otro lado.

—¡Maldito sea! pensó.—Ya estoy acalorado y me temo que no podré alcanzarlo.

Luego recordó el disgusto de Juanita y continuó corriendo. El globo se dirigió a otro campo y, por último, se posó en el fondo de una zanja.

—¡Ah!—murmuró Julio.Ahora sí que te tengo.

Pero se engañó, porque cuando se disponía a cogerlo, el viento volvió a apoderarse del globo y se lo llevó lejos.

El globo se dirigió a un castaño y, por suerte, el hilo se enredó entre las hojas. Gracias a eso Julio se encaramó y pudo apoderarse de él. Ató el hilo a su muñeca y cuando se disponía a descender del árbol, vio algo muy curioso. Notó que lo miraban dos ojos muy brillantes. Julio interrumpió su descenso y miró. Era un mono sentado entre las ramas del árbol. El asombro del niño fue tan grande, que, de momento, no supo qué decir ni qué hacer. Hasta entonces nunca había visto un mono en un árbol. De pronto notó que aquel animal llevaba un collar, del cual colgaba una cadenita.

—Se habrá escapado de algún sitio pensó el niño.—Me gustaría saber de dónde. Será mejor que comunique este hallazgo, porque seguramente se trata de algún animal muy querido por sus dueños.

De pronto se le ocurrió una idea. Se apoderó de la cadena del mono y la ató sólidamente en torno de una rama.

—Ahora no podrás escaparte de aquí dijo al mono. Julio descendió del árbol y luego se dirigió a la casa más cercana, para darles noticia del mono.

—Sin duda es el que pertenece al explorador que vive en esa casa—le contestó la dueña, señalando a otra vivienda que había al lado del camino.—Y sé que quería mucho a ese mono. Ve a decírselo.

Así lo hizo Julio. Lo recibió un hombre corpulento y en extremo simpático.

—Sí, mi mono rompió esta mañana la cadena y se escapó dijo el explorador. Y he tenido un disgusto muy grande. Ahora, si me acompañas, iremos a cogerlo añadió.

En breve llegaron al pie del árbol y en cuanto el hombre vio al mono atado por la cadena a una rama, quedó muy complacido.

—Eres un chico inteligente—dijo a Julio.—Tú, Pituso,¿qué haces ahí? Ven aquí en seguida.

Deshizo el nudo de la cadena y en el acto el mono se puso de un salto sobre su hombro, charlando con la mayor volubilidad. Luego entregó una cosa a su amo. ¿Qué os figuráis que era?

Pues un hermoso lapicero de plata.

—¡Oh, el mismo que perdí esta mañana!exclamó

Julio.—Mire usted, aquí están mis iniciales: J. V. Julio Velázquez.

—Es un suceso curioso — exclamó el explorador. Sin duda el mono te lo ha robado. ¿Cómo se te ocurrió registrar ese árbol?

El niño le refirió que su hermanita había perdido el globo.

—Y a ves cómo has sido recompensado por tus esfuerzos —comentó el dueño del mono.

Julio regresó, muy satisfecho, a su casa, pues había recobrado el lapicero de plata y llevaba el globo de su hermanita.

—¡Qué bien, Julio! exclamó la niña, en cuanto su hermano le hubo hecho el relato de sus aventuras.—Ha sido una suerte que salieras en busca de mi globo.

FIN