El fantoche tonto

El fantoche tonto

Colección Marujita

Cortos Fantásticos Para niños Valores morales

Un guapo fantoche negro esta muy orgulloso de si mismo y siempre preguntaba a los demás juguetes si estaba elegante.

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El fantoche tonto

Hubo una vez un guapo fantoche negro, que estaba muy orgulloso de sí mismo. Llevaba una chaqueta roja, los calzones azules y en torno del cuello una corbata amarilla, con la que se hacía un gran lazo. Estaba muy satisfecho de aquella corbata e, incesantemente, preguntaba a los demás juguetes si estaba elegante.

—¡Hombre, cállate!—le decía, ya irritado, el osito. —Es ya la tercera vez que me has hecho hoy esa estúpida pregunta. Eres tan vanidoso, que no mereces esa corbata. Cualquier día la perderás y lo tendrás muy merecido.

—¿Perderla? —replicó, desdeñosamente, el fantoche.

—No sabes lo que dices, Osito. La levo muy bien atada en torno del cuello y, además, la sujeto con un alfiler, para que no se tuerza. ¿No te parece que es una corbata magnífica y que me sienta muy bien?

—Y a van cuatro veces replicó el oso disgustado.— ¡Cállate!

El fantoche lo dejó y fue a contemplarse al espejo de la casa de muñecas. Acarició su chaqueta roja, se alisó los pantalones azules y luego, por centésima vez, admiró su corbata amarilla. Estaba persuadido de que era el fantoche más elegante del mundo entero.

Aquella noche, en la casa de muñecas los juguetes celebraron una fiesta. La muñeca de los cabellos rizados puso la mesa y sacó las tazas blancas y azules. El osito se encargó de llevar algunos sandwiches de mermelada y unos pastelitos de chocolate. El payaso de cuerda preparó el café con leche y, en una palabra, entre todos dispusieron cuanto era necesario.

En el último instante, el payaso observó que no había bastantes tazas. Alguno se vería obligado a pasarse sin ella. Y como todos los juguetes estaban irritados contra el fantoche, decidieron que él sería la víctima.

—Se lo merece dijo el osito, sonriendo.—Y, además, fantoche, podrías mancharte la corbata con el café con leche.

— Pues yo quiero tomarlo contestó el fantoche, enojado.

—No hay taza para ti— contestó la muñeca del cabello rizado mientras servía los sandwiches y los pasteles.

— Pues ya me buscaré una taza— contestó el fantoche alejándose.

¿Qué os figuráis que se le había ocurrido? Pues tomar el dedal de plata que había en el cesto de Lucía. Dijose que sería una taza magnífica y mucho mejor que las de porcelana que usaban los demás.

Pero en cuanto el osito vio lo que hacía el fantoche, se apresuró a exclamar:

—¡Fantoche! Deja en paz las cosas de Lucía. Se enojará mucho contigo. No tienes ningún derecho de usar su dedal de plata.

—¿Ah, no? —exclamó el fantoche haciendo una mueca al osito. Pues lo hago. Mira, aquí está. Y ahora voy a servirme café con leche.

Tomó el jarro de la leche y luego la cafetera, y llenó el dedal. Los juguetes lo miraban asombrados y disgustados, porque ninguno de ellos tenía permiso para tocar las cosas ed Lucía. Esta era la niña, dueña de todos ellos.

Cuando el fantoche se dirigía a su asiento, muy orgulloso de sí mismo, tropezó con el borde de la alfombra. Se cayó cuan largo era, el dedal de plata se el escapó de l a mano y luego desapareció rodando.

—¡Oh, me he hecho daño! sollozó el fantoche frotándose una rodilla.

—Me alegro contestó la muñeca del cabello rizado. —Valdría más que mirases donde pones los pies. Eso es lo que se gana cuando se es tan orgulloso.

—¿Dónde está el dedal? preguntó el fantoche incorporándose. Buscó con la mirada en todas direcciones y como no lo viera añadió: ¿Ha visto alguien el dedal? —Me parece que se ha metido en este rincón— observó el osito, señalándolo.

El fantoche se apresuró a registrar aquel lugar, pero no pudo hallar más que un agujero en el entarimado. En el fondo del agujero vio brillar el dedal. Quiso sacarlo, pero no pudo, porque estaba a demasiada, profundidad. ¿Qué haría?

—No llego a cogerlo— exclamó casi llorando.—Ven, Osito, a ver si lo puedes coger.

Pero ninguno de los juguetes lo consiguió. Formaron un círculo en torno del aquel agujero, preguntándose qué harían.

Lucía tendrá un disgusto espantoso al notar la pérdida de su bonito dedal dijo la muñeca.—Eres un tonto, fantoche.

—¡Es preciso recobrarlo! exclamó el fantoche.— ¿Qué haré, pobre de mí?

—Llamaremos al ratoncito que vive al otro lado de esa pared— aconsejó el payaso de cuerda. Quizá podrá hacerlo llegar a nuestras manos.

En efecto, llamaron al ratón, que acudió con sus ojuelos centelleantes y agitando la nariz sin cesar. Entonces los juguetes le mostraron el dedal, que estada en el fondo del agujero.

—¿No podrías cogerlo?—le preguntó el fantoche. Fácilmente—contestó el ratón. Ha y un pequeño túnel que va desde mi madriguera a este agujero, de modo que, si queréis, iré en busca del dedal. Pero, ¿qué me daréis en cambio?—preguntó.

—Lo que quieras— le contestó el fantoche, mirando a su alrededor. El hermoso broche de la muñeca, la llave que pertenece al payaso de cuerda o bien el gorro del baby.

— No quiero nada de eso contestó el ratón, mirando al fantoche. Quiero algo que te pertenezca. Por ejemplo, esa magnítica corbata amarilla—anadió el ratón. —Siempre la he deseado. ¿Me la darás?

—De ninguna manera contestó el fantoche, rabioso.

— Esta es la corbata más hermosa del mundo entero.

—Pues por eso me gusta—replicó el ratón.—Bueno, si no quieres dármela, tampoco te devolveré el dedal ¡Con Dios!

Y se volvió a su agujero, pero los juguetes rodearon al fantoche y le dijeron muy enojados:

—Estabas dispuesto a dar cualquiera de las cosas que no te pertenecen. Pero cuando te piden algo que es tuyo, entonces contestas que no. Eres un fantoche egoísta y tonto, y, desde luego, no tienes más remedio que regalar tu corbata al ratón.

El payaso se arrojó contra el fantoche, le quitó la corbata y luego la llevó al agujero donde estaba el ratón, diciendo:

—Aquí tienes la corbata que querías, ratoncito. Ahora tráenos el dedal.

El ratón se mostró en el acto, tomó la corbata y se la puso en torno de su propio cuello, haciéndose un hermoso lazo. Estaba tan elegante y satisfecho, que los juguetes se sonrieron al verlo. Luego el ratón se metió en el agujero, tomó el dedal y se lo entregó al payaso. Hecho esto desapareció corriendo para lucir su nueva corbata ante los demás ratones.

El payaso dejó el dedal dentro de la cesta de costura y luego observó que el fantoche estaba llorando en un rincón.

—¡Nadie me querrá ya sin mi corbata amarilla!— gemía.

—¡Caya, hombre! Lo que sucedía, en realidad, es que nadie podía verte por su causa. No seas vanidoso y entonces te querremos más que nunca.

FIN