El esclavo de la caja amarilla

El esclavo de la caja amarilla

Colección Marujita

Aventuras Fantásticos Magia Para niños

Un anciano y su mujer encuentran una caja que contiene un genio malvado que fue esclavo de un mago

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El esclavo de la caja amarilla

Una vez un anciano y su mujer, que estaban al servicio de un hombre muy rico, recibieron el encargo de limpiar el desván de las cuadras del dueño de la casa.

Empezaron a trabajar y, terminada que fue la faena, llevaron al patio la basura que habían recogido.

—¿Qué haremos con todo esto, amo?—preguntó el buen hombre.

—Quemarlo contestó el dueño.—Si encuentras algo que te guste, te lo quedas y lo demás lo tiras al fuego. El viejo y su mujer pasaron revista a todos los objetos estropeados para ver si entre ellos había algo de valor, mas no hallaron otra cosa que una vieja caja amarilla, en cuya parte exterior estaban grabadas unas letras muy curiosas.

— Me quedaré con esta caja—pensó el viejo.—Servirá para guardar nuestro dinero, mujer.

Dejaron la caja a un lado y quemaron lo demás. Luego se llevaron la caja a su vivienda.

—La abriremos para limpiarla—dijo la vieja.

Mas en vano fue que lo intentasen, porque la tapa es— taba muy bien sujeta.

En vista de esto la llevaron a casa de un amigo suyo, hombre muy sabio, que vivía al otro lado de la calle. En cuanto vio la caja, levantó las manos asombrado. —¿Dónde habéis encontrado esto?—preguntó.

—En el desván del establo, oculto entre varios trastos inservibles— contestó el anciano.

—No podemos abrirla— añadió la mujer.

—¿No sería usted capaz de hacerlo?

—No contestó su amigo.—No penséis en tal cosa.

Sabed que dentro de esta caja hay un genio malvado, esclavo de un mago poderoso que murió hace muchos años. Al verse a punto de morir, encerró a su esclavo en esta caja, porque temía el poder del genio y la posibilidad de que lo emplease mal para asustar a la gente, sabiendo que su amo estaba muerto.

El anciano y su mujer escuchaban estas palabras con los ojos y la boca muy abiertos.

—Este esclavo obedecerá cualquier orden que se le dé —añadió el amigo.—Mas, para lograrlo, es preciso ser mago. Si queréis seguir mi consejo, mejor será que arrojéis la caja al fuego.

Los dos ancianos se volvieron a su casa. La esposa quería arrojar la caja al fuego, pero su marido no se lo permitió, pues quería dejar la caja sobre la repisa de la chimenea, para que todos pudiesen admirarla, y así lo hicieron después de haberla lavado muy bien.

Aquellos dos viejos eran muy pobres; habían de trabajar de firme para sustentarse y poder comprar ropa y calzado. Muchas veces el viejo pensaba, pesaroso, en el esclavo de la caja y se distraía imaginando lo que le pediría en caso de serle posible.

—Le pediría una casa espléndida —se decía— y un sótano lleno de oro. También encargaría doce trajes de seda para mi mujer y otros tantos para mí. Le ordenaría, además, traerme cuarenta esclavos negros, para que nos sirviesen. ¡Oh! si tuviese la posibilidad de dar órdenes a este esclavo, conseguiría lo que se me antojase.

Cuanto más pensaba en esto, más deseaba abrir la caja para ver lo que contenía. Por fin, una mañana, cuando su mujer había salido de compras, tomó la caja amarilla de la repisa de la chimenea y, con un cuchillo de sólida hoja, rompió el cerrojo.

En cuanto hubo levantado la tapa, se difundió por la estancia un aroma muy intenso. El viejo dejó la caja sobre la mesa y se quedó a prudente distancia. Entonces ocurrió algo asombroso. De la caja salió una columna de humo amarillo, elevándose hasta el techo. Permaneció varios minutos flotando en el aire y, por último, se condensó, convirtiéndose en un esclavo de cara amarilla, que hizo una profunda reverencia al asombrado viejo.

—Manda lo que quieras, señor, y obedeceré dijo.

El viejo, de momento, se quedó mudo de asombro y además estaba muy asustado. Pero luego, con voz temblorosa, dijo:

—Tráeme una buena comida.

En cuanto el esclavo oyó su voz, levantó el rostro para mirar el del viejo.

—¡Ah!— exclamó. — No eres el mago, mi amo. Por consiguiente, no soy tu esclavo.

—Haz lo que te he mandado replicó el viejo con voz más firme. De lo contrario, te mandaré a reunirte con tu amo.

El esclavo se echó a reír y, luego, dijo:

— Ya estoy harto de obedecer las órdenes de otro. Ahora quiero ser el amo y tener un esclavo para darle mis órdenes. Tú lo serás.

—No— replicó el viejo temblando.—Has de obedecer mis órdenes.

—Bueno— contestó el esclavo con sonrisas burlonas. —Vamos a hacer un trato. Yo obedeceré tus órdenes, siempre y cuando sigas ordenándome cosas, pero en cuanto titubees o vaciles y no sepas qué mandar, te convertirás en mi esclavo. ¿Te conviene?

El viejo se alegró mucho de oír aquella contestación. Sentíase capaz de dar mil órdenes, una después de otra, sin descansar.

—Empieza ahora mismo, esclavo. Tráeme una buena comida— mandó.

El esclavo desapareció y de repente surgió sobre la mesa una comida magnífica. El viejo acercó una silla y en el acto empezó a comer. En cuanto llegó la mujer, su marido le dio cuenta de lo que había pasado y le recomendó que se sentara a comer.

Pero antes de haber llegado a la mitad del banquete, apareció de nuevo el esclavo y le pidió otra orden. El viejo se apresuró a replicar:

—Tráeme doce trajes de seda para mí y otros tantos para mi mujer.

Desapareció otra vez el esclavo, pero no tardó en volver con veinticuatro magníficos trajes de seda, que arrojó a los pies de los dos viejos, pidiendo una nueva orden. El viejo tuvo que buscarla y aquella vez pidió que su casa se convirtiese en un palacio. Así ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. La casita desapareció para dar lugar a un espléndido palacio, que resplandecía a la luz del sol. El viejo y su mujer estaban pasmados y entusiasmados. Realizábanse todos sus ensueños, pero el esclavo volvía a cada momento, de modo que al oscurecer había proporcionado un sótano lleno de sacos de oro, cuarenta esclavos negros, una fuente, unos jardines maravillosos, pájaros cantores, una cama de oro y otras muchas cosas.

El viejo estaba ya cansado de dar tantas órdenes. Por el momento tenía cuanto necesitaba y deseó que el esclavo no se presentase en algún tiempo. Pero no pudo conseguirlo.

—No dijo el esclavo.—En nuestro contrato no figura esta condición. Si no se te ocurre ya otra orden que darme, habrás perdido y en tal caso serás mi esclavo.

—No digas tonterías— replicó el viejo asustado.—No soy tu esclavo ni quiero serlo. Y ya que deseas otra orden, ve a llenar de peces dorados la taza de la fuente.

El esclavo ejecutó inmediatamente aquel mandato y reapareció ante el viejo.

—Ahora tráeme un loro de plumas rojas y doradas— dijo el dueño del castillo.

En cuanto el esclavo hubo desaparecido, el marido se volvió desesperado a su mujer.

—Estoy seguro de que no me dejará dormir durante esta noche. A cada minuto del día y de la noche habré de darle una nueva orden. Esto me va resultando difícil y estoy seguro de que, en breve, no podré ordenarle ya nada más. Entonces tendré que ser su esclavo.

En aquel momento regresó el servidor, pidiendo otra orden. Así continuó la cosa durante toda la noche, ed modo que el pobre viejo no pudo cerrar los ojos ni descansar, aunque estaba tendido en su magnífico lecho de oro. Su mujer dormía profundamente y sólo se despertó cuando, por la mañana, entró un criado para llevarle agua caliente.

¡Cuánta fue su tristeza al ver a su derrengado marido, que ni siquiera había podido cerrar los ojos!

— Ya no se me ocurre nada más. En cuanto vuelva el esclavo, habré de darme por vencido y ser su servidor. La vieja reflexionó un momento. Luego se volvió a su marido y le dijo:

—Mira. En cuanto vuelva el esclavo, pídele que traslade nuestro palacio a la tierra de las nieves.

Su marido la miró pasmado, pero, sin embargo, dio aquella orden.

Un instante después el palacio fue arrebatado por un fuerte viento y transportado por el aire a través de innumerables kilómetros. Luego se posó en una región septentrional, enteramente cubierta por la nieve.

La vieja salió corriendo a la puerta del palacio y, a corta distancia, vio un charco cubierto de hielo. Rompió un gran pedazo, lo llevó al interior del palacio y, después de dividirlo en tres trozos, lo puso en un plato.

— Ahora, marido—le dijo, cuando llegue el esclavo, toma un pedazo de hielo y ordénale que lo caliente. Es muy posible que desconozca la naturaleza del hielo. El esclavo volvió en seguida y, con acento insolente, pidió otra orden. Ei viejo tomó un pedazo de hielo, se lo entregó y le dijo:

—Caliéntame este pedazo de vidrio.

El esclavo se rió, tomó el hielo y lo puso encima de la llama de una bujia, con la esperanza de que se calentaría, pero, con gran sorpresa, observó que se derretía, convirtiéndose en agua, que iba a parar al suelo. En breve desapareció el hielo y el esclavo se quedó anonadado. ¿Dónde habría ido a parar aquel pedazo de vidrio? Se asustó y empezó a temblar.

—Amo—dijo,—perdóname. Ha desaparecido el vidrio y no sé cómo.

—Entonces toma este otro trozo y caliéntalo—replicó el viejo, entregándole otro pedazo de hielo.—Pero ten cuidado, esclavo. Si no puedes obedecer mis mandatos, tendrás que volver a meterte en la caja amarilla.

El esclavo tomó el otro pedazo de hielo y lo sostuvo sobre la llama. En un momento se convirtió en agua, y el esclavo vio que tenía las manos vacías. Se arrodilló ante el viejo y le rogó que le permitiese hacer otra prueba.

—Esta es la última vez— contestó el viejo, dándole el último pedazo de hielo. Caliéntalo, esclavo, y no me hagas perder más tiempo.

En vano trató el esclavo de calentarlo, porque sólo consiguió fundirlo y apagar la bujía. Entonces compren— dio que había sido derretido. Profirió una gran voz y tomó la caja amarilla que estaba sobre la chimenea. Levantó la tapa y se percibió un extraño olor. Aquel ser extraordinario convirtióse en negro humo y empezó a meterse en la caja. Cuando ya no quedó fuera ninguna voluta de humo amarillo, la vieja cerró la caja y se apresuró a arrojarla al fuego.

La estancia es quedó a oscuras, a excepción del resplandor de las llamas que, de pronto, adquirieron un tono verdoso, alcanzando grande altura. Se oyó una especie de rugido y el palacio se estremeció hasta en sus cimientos. Los dos viejos se asustaron y acudieron a sostenerse uno a otro.

Poco después cesó el rugido, disminuyeron las llamas y recobraron su tono rojizo. La habitación no se estremecía ya y, poco a poco, volvió a resplandecer la luz del día.

—¡Dios mío !exclamó la vieja mirando a su alrededor, muy asombrada.—¡Ya no estamos en un palacio, querido, sino, de nuevo, en nuestra casita! ¡Mira! No nos hallamos tampoco en el país de las nieves, sino en nuestra propia calle.

—Esto es maravilloso!—exclamó el viejo, temiendo todavía que de pronto reapareciese el esclavo.

Pero no quedaba de él más que la ceniza que aun brillaba en el fuego con verdes resplandores.

Nunca más volveremos a intervenir en la magia se prometieron uno a otro.— Nos contentaremos con nuestra casita y con nuestra comida sencilla. En cuanto al esclavo, ya nunca más podrá beneficiar ni molestar a nadie.

Pero es equivocaban, porque en cuanto su amigo se enteró de lo ocurrido, fue a recoger las cenizas de la caja y las metió en u n jarro. Las mezcló con algunas plantas curativas y así compuso un medicamento maravilloso que curaba a los enfermos.

De este modo terminó felizmente y aun ahora goza de gran fama en la comarca aquel medicamento maravilloso.

FIN