El enano narizotas

El enano narizotas

Amor y amistad Aventuras Fantásticos Leyendas Para niños

Un enano de nariz extraordinaria viaja en busca de aventuras y riquezas. Utilizando su ingenio, el enano supera diversos desafíos

Comenzar a leer

El enano narizotas

¡Señor! Se equivocan por completo los que creen que sólo ha habido hadas y hechiceros en los tiempos de Harum al-Raschid, el soberano de Bagdad, o los que afirman que incluso son falsos los relatos sobre los hechos de los genios y de sus príncipes, que se oyen a los cuentistas en los mercados de la ciudad. Hoy todavía sigue habiendo hadas, y aún no hace tanto tiempo yo mismo fui testigo de un suceso cuyos autores eran sin duda genios, tal como os relataré.

En una importante ciudad de mi amada patria, Alemania, vivía hace muchos años, modesta y sencillamente, un zapatero con su esposa. Instalado en la esquina de una calle, pasaba el día remendando zapatos y zapatillas, y también sabía hacer calzado nuevo, cuando había alguno que podía encargárselo; pero entonces tenía que comprar primero la piel, porque era pobre y no la tenía almacenada. Su mujer vendía verdura y fruta, que plantaba en un pequeño huertecillo delante de su casa, y mucha gente iba con gusto a comprarle, porque era muy limpia y pulcra en el vestir y sabía colocar y exponer la verdura de modo apetecible.

Los dos personajes tenían un guapo mozalbete, de cara agradable, bien proporcionado y, para sus ocho años, bastante espigado ya. Solía sentarse junto a su madre en el mercado, y a los cocineros o a las mujeres que habían comprado mucho a la mujer del zapatero les llevaba a casa una parte de la fruta, y pocas veces volvía de uno de estos paseos sin una bella flor, una monedilla o un pastel, pues los señores de estos cocineros veían con agrado que trajeran consigo a casa al guapo mozalbete y siempre le hacían un buen regalo.

Un día, la mujer del zapatero estaba sentada como de costumbre en el mercado, tenía ante sí algunos cestos con col y verdura variada, toda clase de hierbas y semillas, y también, en un cestillo más pequeño, fruta temprana: peras, manzanas y albaricoques. El pequeño Jacob, que así se llamaba el mozalbete, estaba sentado junto a ella y pregonaba con clara voz las mercancías:

—¡Eh, señores! Mirad qué hermosa col, qué bien huelen estas hierbas; peras y manzanas tempranas. ¡Eh, señoras! Albaricoques tempranos, ¿quién compra? Mi madre lo da barato.

Así voceaba el mozalbete. En esto apareció una mujer vieja que se acercaba por el mercado. Parecía un tanto descontenta y andrajosa, tenía una cara pequeña, afilada, toda arrugada por la edad, ojos enrojecidos y una nariz puntiaguda, en forma de gancho, apuntando resuelta hacia la barbilla. Andaba con un largo bastón y, sin embargo, no se podía decir cómo andaba, porque iba cojeando, resbalando y tambaleándose, como si tuviese ruedas en las piernas y pudiese en todo momento irse de cabeza al suelo dando contra el adoquinado con su afilada nariz.

La mujer del zapatero observaba a la anciana con atención. Hacía ya dieciséis años que todos los días iba a sentarse al mercado y nunca antes había visto a aquella figura singular. Sin querer se sobresaltó cuando la vieja fue cojeando hacia ella y se detuvo junto a sus cestos.

—¿Sois Hanne, la verdulera? —preguntó la vieja con voz desagradable, semejante a un graznido, sacudiendo sin cesar la cabeza a uno y otro lado.

—Sí, soy yo —contestó la mujer del zapatero—. ¿Deseaba algo?

—¡Ya veremos, ya veremos! Mirar hierbecillas, mirar hierbecillas: vamos a ver si tienes lo que necesito —contestó la vieja doblándose ante los cestos.

Y, revolviendo en el cesto de las hierbas con sus feas manos negruzcas, iba cogiendo con los dedos, largos como sarmientos, las hierbas que estaban expuestas con tanta gracia y delicadeza, acercaba unas y otras a su larga nariz y las olisqueaba por diferentes lugares. A la mujer del zapatero se le partía el corazón viendo cómo la mujer andaba con sus hierbas raras. No se atrevía a decir nada, porque el comprador tenía derecho a examinar las mercancías y, además, la vieja le producía un extraño temor. Cuando ésta hubo revuelto todo el cesto, murmuró:

—Mala mercancía, mala hierba, nada de lo que quiero; era mucho mejor hace cincuenta años. ¡Mala mercancía, mala mercancía!

Estas palabras consiguieron disgustar al pequeño Jacob.

—Oye, eres una vieja desvergonzada —exclamó malhumorado—. Primero revuelves con tus asquerosos dedos negros en las buenas hierbas y las aplastas; luego las llevas hasta tu larga nariz, de manera que quien lo haya visto ya no querrá comprarlas; y encima desprecias nuestra mercancía, cuando hasta el cocinero del duque compra aquí todo.

La vieja dirigió una mirada de soslayo hacia el intrépido muchachito, rió de modo repulsivo y dijo con voz ronca:

—¡Hijito, hijito! Como te gusta mi nariz, mi larga y bonita nariz, vas a tener tú también una en medio de la cara hasta más abajo de la barbilla.

Mientras así hablaba, se deslizó hasta el otro cesto en el que estaba expuesta la col. Cogió en su mano los repollos blancos más vistosos, los apretó unos contra otros hasta la saciedad, los volvió a arrojar en desorden al cesto y dijo también esta vez:

—¡Mala mercancía, mala col!

—No muevas la cabeza hacia un lado y otro de manera tan antipática —exclamó el pequeño con aprensión—. Tu cuello es tan delgado como el tallo de una col y bien podría rompérsete; entonces caería tu cabeza en el cesto, y ¿a quién le quedarían ganas de comprar?

—¿No te gustan los cuellos delgados? —murmuró la vieja riendo—. No lo vas a tener: la cabeza habrá de estar metida entre los hombros para que no se desprenda del pequeño cuerpecillo.

—¡No malgaste sus palabras inútiles con el niño, oiga! —acabó por decir la mujer del zapatero, de mal talante por tanto mirar, rebuscar y olisquear—. Si quiere comprar algo, dese prisa, que me ahuyenta a los demás clientes.

—Bueno, que sea como dices —exclamó la vieja con mirada sañuda—, te compraré estos seis repollos; pero mira, tengo que ayudarme con el bastón y no puedo llevar nada: permite a tu hijito que me lleve la mercancía a casa y le daré a cambio una recompensa.

El pequeño no quería ir con ella y se echó a llorar, pues aquella mujer fea le daba miedo, pero la madre se lo ordenó muy seria, porque le parecía un pecado que la mujer vieja y débil cargara sola con aquel peso. Medio lloroso, hizo como le mandaba, recogió a toda prisa en un paño los repollos y siguió a la vieja por el mercado.

Su paso no era muy rápido y necesitó casi tres cuartos de hora para llegar a una parte muy retirada de la ciudad y, por fin, se paró delante de una casita ruinosa. Allí, sacó del bolsillo un gancho viejo y herrumbroso, lo metió con destreza en un pequeño agujero de la puerta y ésta se abrió de golpe con estruendo. ¡Pero qué sorpresa la del pequeño Jacob al entrar! El interior de la casa estaba lujosamente adornado, el techo era de mármol, y las paredes y los utensilios del ébano más bello, incrustado de oro y piedras talladas; el suelo en cambio era de cristal, y tan liso que el pequeño resbalaba, cayendo alguna vez. La vieja sacó del bolsillo un silbato pequeño de plata e hizo sonar una melodía cuyo sonido penetrante se extendió por toda la casa. Al instante bajaron por la escalera algunos conejillos de Indias; a Jacob le asaltó la sensación, muy curiosa, de que andaban erguidos sobre dos piernas, que en sus dos piececillos llevaban cáscaras de nuez en lugar de zapatos, que se habían puesto vestidos humanos y que hasta en sus cabezas lucían sombreros de acuerdo con la moda más reciente.

—¿Dónde tenéis mis zapatillas, mala gentuza? —exclamó la vieja, golpeándolos de tal modo con el bastón que daban saltos por el aire gimiendo—. ¿Cuánto tiempo he de seguir aquí de esta manera?

Subieron a toda prisa la escalera y volvieron con un par de cáscaras de coco forradas de piel que colocaron con destreza en los pies de la vieja.

Con esto se acabó la cojera y los resbalones. Tiró a un lado el bastón y se deslizó con gran rapidez por el suelo de cristal, arrastrando de la mano al pequeño Jacob. Se paró por fin en una habitación que, adornada con toda clase de utensilios, semejaba casi a una cocina, aunque las mesas de caoba y los sofás, cubiertos de ricas telas, convenían mejor a una sala suntuosa.

—Siéntate, hijito —dijo la vieja con gran amabilidad, empujándolo hacia el extremo de un sofá y colocando ante él una mesa, de manera que ya no podía salir—. Siéntate, has tenido que llevar mucho peso: las cabezas humanas no son tan ligeras, no son tan ligeras.

—Pero, señora, ¡qué cosas tan raras decís! —exclamó el niño—. Es verdad que estoy cansado, pero eran repollos lo que he traído, se los habéis comprado a mi madre.

—¡Ay, qué equivocado estás! —se echó a reír la vieja, destapando la cesta y sacando una cabeza humana que había cogido por el copete.

El niño estaba fuera de sí del terror. No podía entender cómo había ocurrido todo, pero pensó en su madre. «Si alguien llegara a saber algo de estas cabezas humanas —pensó para sí—, seguro que acusarían a mi madre de ello».

—Ahora tengo que darte también algo de recompensa por ser tan obediente —murmuró la vieja—; ten un poquito de paciencia, voy a prepararte una sopita en la que pensarás durante toda tu vida.

Así habló, volviendo a hacer sonar el silbato. Llegaron primero muchos conejillos de Indias con vestidos humanos; se habían puesto delantales de cocina y, al cinturón, cucharones y cuchillos de trinchar. Tras éstos, entró dando brincos un gran número de ardillas; llevaban amplios pantalones turcos, andaban erguidas y en la cabeza llevaban gorritas verdes de terciopelo. Parecían ser los pinches de cocina, porque trepaban con gran rapidez por las paredes y bajaban sartenes y fuentes, huevos y mantequilla, hierbas y harina que llevaban al fogón; junto a éste, la vieja se afanaba entretanto sin parar, yendo y viniendo en sus zapatillas de cáscara de coco, y el niño veía que se tomaba muy a pecho el cocinarle algo bueno. El fuego crepitaba ya cobrando altura, empezó pronto a humear y hervir la sartén, y un agradable aroma se extendía por la habitación. Mientras, la vieja corría, arriba y abajo, las ardillas y los conejillos le iban a la zaga, y cada vez que pasaba junto al fogón, echaba una mirada metiendo su larga nariz en la olla. Por fin, ésta empezó a hervir a borbotones y a dar silbidos, escapando el vapor hacia lo alto, y la espuma rebosaba derramándose en el fuego. Entonces la vieja la retiró, vertió una parte en una escudilla de plata y la sirvió al pequeño Jacob.

—Ea, hijito, ea; anda, come esta sopica, que luego tendrás lo que de mí te gusta tanto. También te convertirás en un hábil cocinero, que algo habrás de ser, pero hierbecilla, no, la hierbecilla jamás la vas a encontrar… ¿Por qué no la tenía tu madre en su cesto?

El niño, que no entendía bien lo que decía, ponía toda su atención en la sopa, que le sabía muy buena. Su madre ya le había preparado alguna que otra sabrosa comida, pero nunca le había sabido nada tan bueno. De la sopa subía el olor a finas hierbas y especias, además era dulce y agria al mismo tiempo y muy espesa. Mientras se tomaba hasta las últimas gotas de la deliciosa comida, los conejillos de Indias se pusieron a quemar incienso árabe, que quedó flotando en la habitación en nubecillas azuladas; las nubes se hacían espesas, cada vez más espesas, e iban bajando poco a poco, el humo del incienso se apoderaba del niño adormeciéndolo, por más que quisiera hablar, cada vez que pensaba que debía regresar junto a su madre; cuando sacaba fuerzas de flaqueza, caía una y otra vez en el sopor, y, al fin, se quedó dormido de veras en el sofá de la vieja.

Tuvo extraños sueños. Se le antojaba que la vieja le quitaba sus vestidos y le envolvía en una piel de ardilla. Ahora podía dar saltos y trepar como una ardilla; tenía por compañeros a las otras ardillas y a los conejillos, que eran gente obediente y educada, y con ellos estaba al servicio de la anciana. Al principio, sólo lo usaban para los servicios de limpiabotas, es decir, que tenía que untar con aceite y sacar brillo frotando a las cáscaras de coco que la mujer llevaba en lugar de zapatillas. Como en la casa de su padre lo habían acostumbrado a hacer a menudo trabajos similares, acabaron en un santiamén. Más o menos al cabo de un año, siguió soñando, lo pasaron a un trabajo más delicado: junto con las demás ardillas, tenía que coger las partículas de polvo que se veían al filtrarse los rayos del sol y, cuando tenía bastante, pasarlas por el tamiz de un finísimo cedazo. Y es que la mujer tenía este polvillo por la quintaesencia de lo fino, y, como no podía masticar bien, que ya ningún diente le quedaba, mandaba que prepararan el pan con polvillo de sol.

Al cabo de otro año pasó al grupo de los servidores que recogían el agua de beber para la vieja. No vaya a pensarse que para esto mandaba abrir un aljibe, por ejemplo, o que colgaba un tonel en el patio para recoger el agua de la lluvia. Las cosas se hacían de modo mucho más refinado: las ardillas, y con ellas Jacob, tenían que coger en cáscaras de avellana el rocío de las rosas, y ésta era el agua de beber de la vieja. Como ésta bebía muchísimo, los trabajadores tenían ardua tarea. Pasado un año, lo nombraron para el servicio interno de la casa, con la misión de hacer la limpieza de los suelos. Como eran de cristal y se veía en ellos la mancha más ligera, el trabajo no era poco. Tenía que barrerlos y atarse en los pies un tejido usado, deslizándose encima hacia un lado y otro de la habitación. Por último, al cuarto año fue destinado a la cocina. Era éste un cargo honorífico, al que sólo se podía llegar tras un largo tiempo de prueba. En aquélla sirvió Jacob, ascendiendo desde simple pinche hasta primer pastelero, y alcanzó una habilidad y conocimiento tan fuera de lo común en todo lo que tenía que ver con la cocina que a menudo se asombraba de sí mismo. Las cosas más difíciles, pasteles de doscientas clases distintas de esencias, caldos de finas hierbas compuestos de todas las especias de la tierra, todo lo aprendió, todo lo sabía hacer con rapidez y seguridad.

Así habían pasado alrededor de siete años al servicio de la vieja cuando un día ésta, quitándose las zapatillas de coco y asiendo cesto y bastón para salir, le ordenó que desplumara un pollito, lo rellenara de hierbas y lo asara bien dorado y tostadito, hasta que volviera. Lo hizo según las reglas del arte: retorció el pescuezo al pollito, lo escaldó en agua hirviendo, le arrancó con destreza las plumas, le raspó después la piel hasta que quedó fina y lisa y le sacó las entrañas. Después, empezó a reunir las hierbas con las que había de rellenar el pollito. En la cámara de las hierbas advirtió esta vez, sin embargo, una alacena con la puerta entreabierta, que otras veces nunca había observado. Se acercó curioso para ver lo que contenía y vio que dentro había muchos cestillos de los que salía un olor intenso y agradable. Abrió uno y encontró hierbas de aspecto y color muy especiales. Los tallos y las hojas eran de color gris azulado y arriba tenían una pequeña flor de un rojo encendido orlado de amarillo. Contempló la flor, pensativo, la olió y percibió que exhalaba el mismo aroma intenso que despedía aquella sopa que una vez le había preparado la vieja. Pero el olor era tan intenso que empezó a estornudar y estornudaba cada vez más fuerte y… estornudando acabó por despertar.

Allí estaba, en el sofá de la vieja, y maravillado miró a su alrededor.

«¡Córcholis! ¿Cómo se pueden tener sueños tan vivos? —dijo para sí—. ¡Pero si hubiese podido jurar que estaba hace un instante convertido en una miserable ardilla, en un camarada de los conejillos de Indias y otros bichos, y, encima, en un gran cocinero! ¡Cómo se va a reír mi madre cuando le cuente todo! ¿Pero no me censurará también que me haya quedado dormido en una casa ajena en lugar de ayudarla en el mercado?».

Con estos pensamientos se daba ánimos para ponerse en marcha. Sus miembros estaban todavía muy entumecidos por el sueño, en especial la nuca, porque no podía mover bien la cabeza hacia los lados. Tuvo que reírse incluso de sí mismo por estar tan amodorrado, ya que a cada momento, antes de lo que esperaba, tropezaba con la nariz en un armario o en la pared, o bien chocaba con ella en una de las jambas de la puerta si se daba la vuelta con rapidez. Las ardillas y los conejillos de Indias corrían gimoteando a su alrededor, como si quisieran acompañarlo; él también les hizo una invitación en serio cuando estaba en el umbral, porque eran animalillos graciosos, pero sobre sus cáscaras de nuez volvieron a entrar con rapidez en la casa, y ya sólo los oía lloriquear en la lejanía.

Era una parte bastante retirada de la ciudad adonde la vieja lo había guiado y apenas sabía cómo hallar la salida de entre las estrechas callejuelas, pues había una gran concurrencia, ya que, al parecer, justo en los alrededores, debía de haber algún enano. Por doquier oía exclamar:

—¡Anda, mirad qué enano tan feo! ¿Y de dónde viene este enano? ¡Ah, pero qué nariz tan larga tiene, y qué hundida la cabeza entre los hombros! ¡Y las manos, qué negras y deformes!

En otro momento, seguro que también habría ido detrás de ellos, porque con gusto hubiera dado cualquier cosa por ver gigantes o enanos, o bien trajes raros y extraños, pero ahora tenía que apresurarse para volver junto a su madre.

Cuando llegó al mercado se sentía muy temeroso, la madre seguía sentada en el mismo sitio y todavía le quedaba bastante fruta en el cesto, así que no podía haber dormido mucho tiempo, pero desde lejos ya le pareció que estaba muy triste, porque no daba voces a los transeúntes para que compraran, sino que tenía la cabeza apoyada en las manos, y cuando estuvo más cerca creyó que estaba más pálida que de costumbre. Dudaba sobre lo que había de hacer; al fin, hizo de tripas corazón, se deslizó por detrás de ella, confiado puso una mano en su brazo y le dijo:

—Mami, ¿qué te pasa? ¿Estás enfadada conmigo?

La mujer se volvió hacia él, pero se echó hacia atrás con un grito de espanto.

—¿Qué me quieres tú, enano repugnante? —exclamó—. ¡Largo! ¡Largo! No puedo soportar esta clase de bufonadas.

—Pero, madre, ¿qué te ocurre? —preguntó Jacob muy asustado—; seguro que no te sientes bien, pero ¿por qué quieres echar a tu hijo de tu lado?

—Ya te he dicho que sigas tu camino —replicó la señora Hanne, enojada—. De mí no consigues tú dinero con tus bobadas, engendro fachoso.

—De verdad que Dios la ha privado de la luz de la razón —se dijo el niño apenado—. ¿Y qué hago para llevarla a casa? Querida mamá, anda, sé razonable; anda, mírame bien: soy tu hijo, tu Jacob.

—¿Habrase visto? Esta burla me está resultando ya demasiado pesada —gritó Hanne a su vecina—. Fijaos en este enano repugnante, se pone aquí, consigue ahuyentarme a todos los compradores, y todavía se atreve a hacer burla de mi desgracia. ¿Pues no me dice, el desvergonzado: «Soy tu hijo, tu Jacob»?

Entonces las vecinas se levantaron y empezaron a insultarlo, poniendo tanto encono como podían, y bien sabéis que las vendedoras de los mercados entienden de eso, y lo reprendían por burlarse de la desgracia de la pobre Hanne, a quien hacía siete años le habían robado a su hermosísimo niño, y amenazaron con abalanzarse todas a la vez sobre él y llenarlo de arañazos como no se fuera de inmediato.

El pobre Jacob no sabía qué pensar de todo aquello. ¿No había ido hoy temprano con su madre al mercado, como acostumbraba, la había ayudado a exponer la fruta, había ido después con la vieja a su casa, se había comido la sopa, había echado un sueñecito y estaba otra vez de vuelta? ¡Y su madre y las vecinas hablaban de siete años! ¡Y lo habían llamado enano repulsivo! ¿Qué había podido sucederle?

Cuando vio que la madre ya no quería saber nada de él, las lágrimas asomaron a sus ojos y afligido bajó la calle hacia la tienda en que su padre remendaba zapatos el día entero. «Voy a ver —pensó para sí—, si él tampoco quiere reconocerme; voy a ponerme a su puerta y a hablar con él». Cuando llegó a la tienda del zapatero, se puso a la puerta y miró hacia dentro. El maestro estaba tan abstraído en su trabajo que ni lo veía, pero cuando una vez echó una mirada hacia la puerta por casualidad, dejó caer al suelo zapato, hilo y lezna, y exclamó horrorizado:

—¡Por el amor de Dios! ¿Qué es esto, qué es esto?

—Buenas tardes, maestro —dijo el pequeño, entrando en la tienda—, ¿cómo os va?

—Mal, mal, pequeño señor —contestó el padre, con gran asombro de Jacob porque al parecer él tampoco lo conocía—. El negocio no quiere salir adelante. Estoy solo y me voy haciendo viejo, pero un oficial me saldría demasiado caro.

—¿Pero es que no tenéis ningún hijo pequeño que poco a poco os pudiera ir echando una mano en el trabajo? —siguió indagando el muchacho.

—Uno tenía: se llamaba Jacob y ahora tendría que ser un esbelto y ágil mocetón de veinte años, que podría servirme de gran ayuda. ¡Vaya, que ésa sí sería vida! Ya cuando tenía doce años se mostraba diestro y despabilado, entendía un poco del oficio y además era guapo y agradable; me habría atraído una buena clientela, de modo que pronto hubiese dejado de remendar y no habría despachado sino de primera mano. Pero así es este mundo.

—¿Pero dónde está vuestro hijo? —preguntó Jacob a su padre con voz temblorosa.

—¡Sabe Dios! —contestó aquél—. Hace siete años, tanto tiempo ya, nos lo robaron en el mercado.

—¿Hace siete años? —exclamó Jacob horrorizado.

—Sí, pequeño señor, hace siete años; estoy viendo como si fuese ahora a mi mujer cuando llegó a casa, llorando y gritando que el chico no había vuelto en todo el día, que había indagado y buscado por todas partes sin hallarlo. Siempre había pensado y había dicho que así ocurriría; Jacob era un niño hermoso, hay que decirlo, mi mujer estaba no poco orgullosa de él y veía con placer que la gente lo alabara, y a menudo lo mandaba con verdura y otras cosas a casas distinguidas. No había nada malo en ello, todas las veces lo colmaban de regalos, pero yo le decía que tuviera cuidado, que la ciudad era grande y había mucha gente mala, que me cuidara a Jacob. Y como me temía sucedió. Viene una vez al mercado una mujer vieja y fea, regatea con la fruta y la verdura, y al final compra tanto que no lo puede llevar por sí misma. Mi mujer, un alma compasiva, deja que el mozuelo la acompañe y… no lo he vuelto a ver más hasta el momento.

—¿Y de eso hace siete años, decís?

—Siete años hará en primavera. Hicimos que pregonaran su nombre, fuimos de casa en casa y preguntamos; algunos habían conocido al guapo muchacho y le habían cogido cariño y buscaron entonces con nosotros, pero en vano. Y de la mujer que había comprado la fruta tampoco sabía nadie. Una mujer vejarrona, que había vivido ya noventa años, dijo que bien podía haber sido el hada mala Sabehierbas, que cada cincuenta años venía una vez a la ciudad para aprovisionarse de toda clase de cosas.

Así habló el padre de Jacob y se puso a dar grandes golpes en el zapato, tirando hacia arriba del hilo todo lo que podía con ambos puños. Mientras, el niño fue comprendiendo poco a poco lo que le había sucedido: que no había soñado, sino que había servido siete años como ardilla en la casa del hada mala. La cólera y la pena llenaron tanto su pequeño corazón que estuvo a punto de estallarle. Siete años de su juventud le había robado la vieja, ¿y qué compensación tenía a cambio? ¿Que sabía sacar brillo a zapatillas de cáscara de coco, que sabía hacer la limpieza de una habitación con suelo de cristal? ¿Que había aprendido de los conejillos de Indias todos los secretos de la cocina? Se quedó en el mismo sitio un buen rato meditando sobre su destino. Entonces el padre le preguntó por fin:

—¿Necesitáis quizá algo de mi trabajo, pequeño señor? ¿Tal vez un par de zapatillas nuevas o… —añadió sonriendo— un estuche para vuestra nariz?

—¿Por qué la tomáis ahora con mi nariz? —dijo Jacob—. ¿Por qué tendría que necesitar un estuche para ella?

—Bueno —replicó el zapatero—, a cada cual su gusto, pero sí os diré que, si yo tuviese esa horrible nariz, mandaría hacerme un estuche de charol de color rosa. Mirad, aquí tengo a mano una buena pieza; claro que se necesitaría por lo menos una vara. ¡Pero qué bien protegido estaríais, pequeño señor! Tal que ahora, no necesito verlo, os tropezáis con cualquier jamba, con cualquier coche que queráis evitar.

El pequeño se quedó mudo de horror. Se tocó la nariz, que era gruesa ¡y por lo menos de dos palmos de larga! Así, pues, ¡la vieja había cambiado su figura también! ¿Y por eso no lo conocía entonces su madre? ¿Por eso lo mortificaban llamándolo enano repugnante?

—Maestro —dijo casi llorando al zapatero—, ¿no tenéis a mano algún espejo en que me pueda contemplar?

—Joven señor —replicó el padre con seriedad—, no os ha tocado en suerte precisamente una figura que pudiera haceros vanidoso y no tenéis motivo para miraros a todas horas en el espejo. Dejad ese hábito; es, sobre todo en vuestro caso, una costumbre ridícula.

—¡Pero, por lo que más queráis, aun así permitid que me mire en el espejo! —exclamó el niño—. De veras, ¡que no es por vanidad!

—Dejadme en paz, no tengo ninguno en mi poder; mi mujer tiene un espejito, pero no sé dónde lo esconde. Mas si os tenéis que mirar en el espejo cueste lo que cueste, atravesando la calle vive Urbano, el barbero: tiene un espejo dos veces más grande que vuestra cabeza; miraos allí en el suyo y, ahora, buenos días.

Con estas palabras, el padre lo empujó con gran suavidad fuera de la tienda, cerró con llave la puerta tras él y se volvió a sentar al trabajo. Entretanto, el pequeño atravesaba la calle muy abatido, en dirección a la tienda de Urbano, el barbero, al que ya conocía bien de tiempos pasados.

—Buenos días, Urbano —le dijo—. Vengo a pediros un favor: que tengáis la bondad de dejarme mirarme en vuestro espejo.

—Con mucho gusto, allí está —exclamó riendo el barbero, y al mismo tiempo los clientes que estaban esperando a que les afeitase la barba rieron con ganas—. Sois un guapo mocito, fino y esbelto, con un cuellecito de cisne, manitas de reina, y una chata naricilla, no puede haber más guapo. Algo vanidosillo estáis por ello, es cierto, pero contemplaos, contemplaos, que no se diga de mí que por envidia no he dejado que os miréis en el espejo.

Así habló el barbero, y risas estruendosas llenaron la barbería. Pero mientras tanto el pequeño había ido junto al espejo y se había mirado. Las lágrimas asomaron a sus ojos.

«Claro, así no podías reconocer a tu Jacob, querida madre —dijo para sí—. No tenía esta apariencia en los días alegres en que te gustaba lucirlo ante la gente».

Sus ojos se habían vuelto pequeños como los de los cerdos, su nariz era enorme y pendía por delante de la boca hasta más abajo de la barbilla, el cuello parecía que se lo hubiesen quitado por completo, porque su cabeza estaba muy metida entre los hombros y sólo con muy grandes dolores podía moverla a derecha e izquierda. Su cuerpo seguía teniendo la misma estatura de siete años atrás, cuando tenía doce, pero, así como otros crecen en altura desde los doce a los veinte años, él había crecido en anchura; la espalda y el pecho estaban muy encorvados y eran a la vista como un saco pequeño pero lleno hasta reventar; este abultado tronco estaba asentado en unas pequeñas y débiles piernecillas que parecían no poder resistir aquella carga, pero mucho más grandes eran sus brazos, que le colgaban a lo largo del cuerpo; su tamaño era como el de los brazos de un hombre normalmente desarrollado, sus manos eran toscas y parduscas, sus dedos largos y semejantes a patas de araña, y, si los ponía derechos, podía tocar con ellos el suelo sin inclinarse. Así era el aspecto del pequeño Jacob: se había convertido en un enano deforme.

Entonces le vino también a la memoria aquella mañana en que la vieja se había acercado a los cestos de su madre. Todo lo que en aquel momento había criticado en ella, la larga nariz, los dedos feos, todo se lo había infligido a su vez, omitiendo tan sólo totalmente el cuello largo y tembloroso.

—Y bien, ¿os habéis contemplado ya bastante, príncipe mío? —dijo el barbero acercándose a él y examinándolo entre risas—. A fe mía, si uno se quisiera imaginar de la misma manera, no se vería tan raro ni en sueños. Pero quiero haceros una proposición, hombrecito. A mi barbería no le faltan clientes, pero desde hace algún tiempo no hay tantos como yo quisiera. Esto viene de que mi vecino, el barbero Espuma, ha topado con un gigante en alguna parte y le atrae la clientela a la casa. Ahora que, hacerse gigante no es ningún arte que digamos, pero un hombrecito como vuestra señoría, sí, es ya cosa muy especial. Entrad a servir en mi casa, hombrecito. Tendréis morada, bebida, comida, vestidos, de todo tendréis; a cambio, os ponéis por las mañanas a mi puerta e invitáis a la gente a que pase; batís la espuma, acercáis a los clientes la toalla, y tened la seguridad de que ambos sacaremos buen provecho: yo conseguiré más clientes que el otro con su gigante, y todos os darán de buena gana, además, una propina.

El pequeño estaba indignado en su fuero interno por la proposición de servir de reclamo para un barbero, ¿pero no debía soportar con paciencia aquel insulto? Por eso, dijo al barbero con toda calma que no tenía tiempo para servicios de aquella clase y siguió su camino.

La malvada vieja había contrahecho su figura, pero nada había podido con su espíritu, bien lo sentía, porque sus pensamientos y sentimientos no eran los de siete años atrás, no: creía que durante ese tiempo se había hecho más sabio, más juicioso. Ya no estaba afligido por haber perdido su belleza, ni por su figura deforme, sino por haber sido arrojado como un perro de la puerta de su padre. Por eso decidió hacer otro intento junto a su madre.

Fue a su encuentro en el mercado y le rogó que lo escuchase con calma. Le recordó el día en que se había marchado con la mujer vieja, le recordó cada uno de los incidentes de su infancia, le contó cómo había servido durante siete años de ardilla en la casa del hada y cómo ésta lo transformó porque él la había reprendido en aquella ocasión. La mujer del zapatero no sabía qué pensar. Todo lo que contaba de su infancia se ajustaba a la verdad, pero, cuando dijo que durante siete años había sido una ardilla, exclamó:

—Es imposible y además las hadas no existen.

Al mirarlo sentía repugnancia hacia el enano deforme y no creía que aquello pudiera ser su hijo. Por último, consideró que lo mejor era hablar con su marido sobre el asunto. Así pues, recogió sus cestos a toda prisa y le mandó que fuera con ella. Así llegaron a la tienda del zapatero.

—Mira —dijo dirigiéndose a éste—, esta persona pretende ser nuestro Jacob perdido. Me ha contado todo, cómo nos lo robaron hace siete años y cómo, según dice, fue hechizado por un hada.

—¿Ah, sí? —la interrumpió el zapatero, encolerizado—. ¿Eso te ha contado? ¡Espera, granuja! Yo le he contado todo, hace una hora escasa, ¿y ahora viene a calentarte los cascos? ¿Te han hechizado, hijito? Pues espera, que yo voy a desencantarte.

Diciendo esto cogió un hatajo de correas que acababa de tronzar, dio un salto hacia el pequeño y lo azotó de tal forma en la espaldilla que éste, dando gritos de dolor y llorando, huyó de allí corriendo.

En aquella ciudad había, como en todas partes, pocas almas compasivas dispuestas a socorrer a un desgraciado si al mismo tiempo éste tiene en sí algo de ridículo. Por esta razón, el desdichado enano permaneció sin comer ni beber el día entero y, al atardecer, tuvo que elegir como cobijo para la noche las escaleras de una iglesia, por duras y frías que estuvieran.

Cuando al día siguiente los primeros rayos del sol lo despertaron, se puso a meditar seriamente sobre cómo podría ganarse la vida, puesto que su padre y su madre lo rechazaban. Sentía demasiado orgullo para servir de figura decorativa para un barbero, no quería colocarse de bufón y dejarse ver por dinero. ¿Qué debía hacer? Entonces cayó de repente en la cuenta de que, como ardilla, había hecho grandes progresos en el arte culinario; creía, no sin razón, que no era desatinado tener la esperanza de poder rivalizar con algún que otro cocinero; decidió sacar provecho de su arte.

Tan pronto como se animaron las calles en aquel lugar y la mañana estuvo bastante avanzada, lo primero que hizo fue entrar en la iglesia y rezar una oración. Luego se puso en camino. El duque, el señor del país, era un conocido comilón y amante de exquisitos manjares, que se desvivía por la buena mesa y trataba de buscar a sus cocineros por todas las partes del mundo. Hacia su palacio se dirigió el enano. Cuando llegó a la puerta exterior, los defensores de ésta le preguntaron por el motivo de su visita, al tiempo que hacían mofa de él. No dándose por aludido, preguntó por el maestro primero de cocina. Riendo, lo llevaron a través de los patios interiores y, por dondequiera que pasaba, los servidores se detenían, miraban hacia él, reían con fuerza y los seguían, de manera que poco a poco un interminable cortejo de seguidores de toda clase iba moviéndose por el palacio escaleras arriba. Los mozos de cuadra arrojaban a un lado las almohazas, los de correo corrían cuanto podían, los tendedores de alfombras se olvidaban de sacudirlas, todos se apretujaban y revolvían, había un barullo de gente como si el enemigo estuviese ante las puertas y los gritos de «¡Un enano, un enano! ¿Habéis visto al enano?» llenaban el ambiente.

Entonces apareció en la puerta, con cara furibunda y un enorme látigo en la mano, el veedor de la casa.

—Por amor del cielo, perros, ¿por qué hacéis este ruido? ¿No sabéis que el señor duerme todavía?

Y, agitando el látigo, lo descargó con rudeza en las espaldas de algunos mozos de cuadra y guardianes.

—¡Ay, señor! —exclamaban éstos—. ¿Es que no veis? Aquí traemos a un enano, un enano como no habéis visto otro en vuestra vida.

Cuando divisó al pequeño, el veedor de palacio se contuvo con dificultad para no reír a carcajadas, pues temía perjudicar su dignidad si se echaba a reír. Por eso, arrojó con el látigo a los que quedaban, condujo al pequeño a la casa y le preguntó por el motivo de su visita. Cuando oyó que deseaba ver al jefe de los cocineros, replicó:

—Te equivocas, jovencito: es a mí, al veedor de la casa, a quien debes ver; tú quieres ser enano de cámara del duque, ¿no es así?

—No, señor —contestó el enano—; yo soy un hábil cocinero, ducho en toda clase de comidas raras; os ruego que me llevéis ante el maestro primero de cocina: quizá pueda necesitar de mi arte.

—A cada cual según su voluntad, hombrecillo. Además, eres sin duda un joven poco juicioso. ¡A la cocina! De enano de cámara no hubieses tenido nada de trabajo, y sí cuanta comida y bebida se te antojara, y buenos vestidos. Pero veremos, porque difícilmente llegará tu arte hasta el que se necesita para cocinero de palacio de nuestro señor, y para pinche de cocina eres demasiado bueno.

Diciendo estas palabras, el veedor del palacio lo cogió de la mano y lo condujo a los aposentos del maestro primero de cocina.

—¡Señor! —dijo el enano al llegar, inclinándose tanto que con su nariz tocaba la alfombra a sus pies—. ¿No necesitáis un hábil cocinero?

El cocinero primero lo miró de pies a cabeza y soltó una carcajada.

—¿Cómo? —exclamó—. ¿Tú un cocinero? ¿Crees que nuestros hogares son tan bajos para poder llegar tú con la mirada sólo a uno, aun alzándote sobre las puntas de los pies y estirando mucho la cabeza entre los hombros? ¡Ah, querido pequeño: el que te ha enviado a mí para que te dé trabajo como cocinero te ha tomado el pelo!

Así habló el maestro primero de cocina y se echó a reír con todas sus fuerzas, riendo con él el veedor de palacio y todos los servidores que estaban en la cámara.

Pero el enano no se dejó amilanar.

—¿Qué más da un huevo o dos, un poco de melaza y vino, harina y especias, en una casa en que hay de sobra? —dijo—. Encomendadme la preparación de cualquier manjar exquisito, procuradme lo que se necesita para hacerlo y estará listo con rapidez ante vuestros ojos; y habréis de decir: es un cocinero con todas las de la ley.

Estas y otras palabras pronunció el pequeño, y era de ver cómo al decirlas chispeaban sus ojillos, cómo su larga nariz serpenteaba aquí y allá y sus delgados dedos de araña acompañaban su discurso.

—¡Pues adelante! —exclamó el maestro de cocina, cogiendo del brazo al veedor de palacio—. Adelante, todo sea por la diversión. Vamos a la cocina.

Fueron atravesando varias salas y pasillos y llegaron por fin a la cocina. Ésta era amplia, espaciosa, magníficamente provista; en veinte hogares había fuegos encendidos de continuo; un agua clara, que servía al mismo tiempo de vivero de peces, corría entre ellos; en armarios de mármol y madera estaban dispuestas las provisiones que siempre había que tener a mano, y a derecha e izquierda había diez salas en las que estaba almacenado todo lo que de exquisito y delicado para el paladar se había inventado en todos los países de Frankistán y hasta en el Oriente. Toda clase de servidores de cocina se apresuraban por doquier y charlaban, atareados con calderos y sartenes, con tenedores y espumaderas; pero, cuando el maestro primero entró en la cocina, quedaron todos inmóviles y sólo se oyó el crepitar del fuego y el murmullo del arroyuelo.

—¿Qué ha ordenado hoy el señor para el desayuno? —preguntó el maestro al preparador primero del desayuno, un viejo cocinero.

—¡Señor! Se ha servido ordenar la sopa danesa con albondiguillas rojas de Hamburgo.

—Bien —siguió diciendo el maestro primero de cocina—, ¿has oído lo que quiere comer el señor? ¿Te atreves a preparar estos difíciles platos? Las albondiguillas no las sacas de ninguna manera, son un secreto.

—Nada más fácil —replicó el enano para asombro de todos, pues cuando era ardilla había hecho a menudo estos platos—, nada más fácil: para la sopa ha de dárseme estas hierbas y aquellas otras, estas especias y aquéllas, grasa de jabalí, zanahorias y huevos; pero para las albondiguillas —dijo en voz baja para que sólo pudieran oírlo el maestro de cocina y el preparador del desayuno—, para las albondiguillas necesito carne de cuatro especies, algo de vino, manteca de pato, jengibre y una hierba que llaman aliviaestómago.

—¡Cáspita! ¡Por san Benito! ¿Con qué mago has aprendido? —exclamó asombrado el cocinero—. Lo ha dicho todo punto por punto, y lo de la hierba aliviaestómago ni nosotros mismos lo sabíamos; pues sí, así saldrán más agradables todavía. ¡Oh, prodigio, esto es lo que se dice un cocinero!

—No lo hubiera creído —dijo el maestro primero de cocina—, pero dejémosle hacer la prueba. Dadle las cosas que pide, vajilla y demás, y dejadle preparar el desayuno.

Se hizo como ordenaba y se dispuso todo en el hogar, pero entonces sucedió que el enano apenas podía llegar al hogar con la nariz. Juntaron un par de sillas, pusieron una losa de mármol encima e invitaron al pequeño portento a que preparase el desayuno. Formando un gran círculo a su alrededor estaban los cocineros, servidores y toda clase de gente, y miraban y se admiraban de la buena mano que se daba para hacer todo con tanta prontitud y destreza, de cómo lo disponía con tanta gracia y primor. Cuando hubo concluido la preparación, ordenó que pusieran ambos aderezos en el fuego y que los dejaran cocer hasta el momento preciso en que él diera una voz; luego, empezó a contar uno, dos, tres, etcétera, y al mismo tiempo que llegaba a quinientos, exclamó: «¡Alto!». Retiraron las ollas, y el pequeño invitó al maestro de cocina a que probara.

El cocinero mayor hizo que un pinche de cocina le trajera una cuchara de oro, la lavó en el arroyuelo y la entregó al maestro primero de cocina. Éste se acercó al hogar con semblante solemne, tomó de los alimentos, probó, cerró los ojos, chasqueó de placer la lengua y luego dijo:

—¡Delicioso! ¡Por vida del duque que está delicioso! ¿No queréis tomar también una cucharadita, veedor de palacio?

Éste se inclinó, cogió la cuchara, probó, y el placer y el agrado lo pusieron fuera de sí.

—Con todos los respetos hacia vuestro arte, querido preparador del desayuno, sois un cocinero experimentado, pero con tanta finura no habéis sabido hacer ni la sopa ni las albondiguillas de Hamburgo.

El cocinero probó también a su vez, estrechó después la mano del enano lleno de respeto y dijo:

—Pequeño, eres maestro en el arte; claro, la hierba aliviaestómago da a todo un toque muy peculiar.

En aquel instante llegó a la cocina el camarero del duque y comunicó que el señor pedía el desayuno. Pusieron entonces los manjares en bandejas de plata y los enviaron al duque. Mientras, el maestro primero de cocina llevó al pequeño a su habitación para hablar con él. Apenas llevaban allí la mitad del tiempo en que se reza un padrenuestro (ésta es la oración de los francos, ¡oh, señor!, y no dura la mitad del tiempo de la oración de los creyentes), cuando ya vino un mensajero llamando al maestro primero de cocina ante el señor. Vistió con rapidez su traje de gala y siguió al mensajero.

El duque parecía de muy buen humor. Se había comido todo lo que estaba en la bandeja de plata y se estaba limpiando la barba en el momento preciso en que se presentó ante él el maestro primero de cocina.

—Oye, maestro de cocina: hasta ahora siempre he estado muy contento de tus cocineros, pero dime, ¿quién me ha preparado hoy el desayuno? Nunca, desde que ocupo el trono de mi padre, ha estado tan delicioso. Indícame cómo se llama el cocinero para enviarle algunos ducados de regalo.

—¡Señor! Es una historia asombrosa —contestó el maestro primero de cocina y contó cómo aquella mañana temprano le habían presentado a un enano que quería ser cocinero a todo trance y cómo había transcurrido todo.

El duque quedó en extremo admirado, mandó llamar al enano a su presencia y le preguntó quién era y de dónde venía. El pobre Jacob no podía ponerse a decir, desde luego, que había sido hechizado y que había servido antes de ardilla; pero no faltó a la verdad, contando que ahora estaba sin padre ni madre y que había aprendido a cocinar junto a una anciana. El duque no hizo más preguntas, sino que se divertía admirando la figura singular de su nuevo cocinero.

—Si quieres quedarte en mi casa —dijo—, haré que te entreguen cada año cincuenta ducados, un traje de gala y, además, dos pares de calzas. A cambio, has de preparar tú mismo mi desayuno todos los días, tienes que indicar cómo se ha de hacer la comida de mediodía y, en general, habrás de ocuparte de mi cocina. Ya que todos en mi palacio reciben su nombre de mí, te llamarás Narizotas y ejercerás el cargo de maestro asistente de cocina.

El enano Narizotas se postró ante el poderoso duque de Frankistán, le besó los pies y prometió servirle con fidelidad.

El pequeño quedó así, de entrada, a cubierto de sus necesidades e hizo honor a su cargo, pues se puede decir que el duque fue un hombre totalmente diferente mientras el enano Narizotas permaneció en su casa. De ordinario había mostrado tendencia a tirar con frecuencia a la cabeza de los cocineros las fuentes o las bandejas que le presentaban; incluso una vez, encolerizado, arrojó a la frente del propio maestro primero de cocina una pata de ternera hecha al horno, que no había quedado a su gusto, con tal energía que éste cayó de bruces y hubo de guardar cama tres días. Es verdad que el duque reparaba con algunos puñados de ducados lo que en su cólera hacía, pero aun así nunca un cocinero había llegado a él con la comida sin que le temblaran las carnes. Desde que el enano estaba en la casa, todo parecía cambiado como por arte de magia. El señor comía ahora cinco veces al día en lugar de tres, para disfrutar a gusto del arte de su pequeño servidor, y con todo, nunca el enfado alteró su semblante, todo lo encontraba nuevo, perfecto, era afable y complaciente, y día a día se iba poniendo más gordo.

A menudo hacía llamar en medio del banquete al maestro de cocina y al enano Narizotas, sentaba a uno a su derecha y al otro a su izquierda, y con sus propios dedos les metía en la boca algunos trozos de los sabrosos manjares, una gracia que ambos sabían apreciar en su justo valor.

El enano era la maravilla de la ciudad. Se suplicaba con encarecimiento el permiso del maestro primero de cocina para ver cocinar al enano, y algunos de los señores más distinguidos habían conseguido incluso del duque que sus servidores pudiesen recibir clases particulares del enano en la cocina, lo cual hacía entrar no poco dinero, porque pagaban al día medio ducado. Y, para tener de buen humor a los demás cocineros, Narizotas les repartía el dinero que los señores tenían que pagar por las clases que daba a sus cocineros.

Así vivió Narizotas, casi dos años, una vida de apariencia holgada y respetado, afligiéndole sólo el pensar en sus padres. Así vivía, sin experimentar nada especial, hasta que ocurrió el siguiente suceso. El enano Narizotas hacía sus compras con especial habilidad y fortuna. Por esta razón, cada vez que el tiempo se lo permitía, iba al mercado él mismo para comprar aves de corral y fruta. Una mañana fue también al mercado de las ocas, en busca de animales muy cebados, como gustaban al señor. Ya había pasado algunas veces de arriba abajo con sus compras. Su figura, que producía risas y burlas muy de lejos, imponía sin embargo respeto, porque reconocían en él al famoso cocinero del palacio del duque, y todas las vendedoras se sentían contentas si volvía hacia ellas la nariz.

Entonces vio que muy al final de una fila, en una esquina, estaba sentada una mujer, que también tenía ocas para vender, pero no pregonaba como las otras su mercancía ni gritaba a los compradores. Hacia ésta se dirigió, midiendo y pesando sus ocas. Eran como las buscaba, y compró tres con jaula, las cargó sobre sus anchos hombros y emprendió el camino de regreso. Al poco, le pareció raro que sólo dos de las ocas graznaban y chillaban, como suelen hacer estos animales; la tercera, en cambio, permanecía encogida, muy callada y ensimismada, gimiendo y dando suspiros como una persona.

«Ésta está medio enferma —se dijo mientras caminaba—. Tengo que darme prisa en matarla y prepararla».

Mas la oca replicó con voz alta y clara:

Si tú me picas a mí,
mi pico te pica a ti;
si tú la vida me apuras,
irás a la sepultura.

Muy asustado, el enano Narizotas puso su jaula en el suelo y la oca lo miró con ojos bellos e inteligentes y suspiró.

—¡Qué demonios! —exclamó Narizotas—. ¿Sabéis hablar, señorita oca? ¡Vivir para ver! Ea, no habéis de temer, que algo de la vida ya sabemos como para emprenderla con un ave tan rara. Mas apostaría que no siempre habéis estado dentro de esas plumas; yo mismo fui en otro tiempo una vil ardilla.

—Tienes razón —replicó la oca— al decir que no he nacido en esta ignominiosa envoltura. ¡Ay! En la cuna no me cantaron que Mimí, la hija del gran Aspavientos, acabaría sus días en la cocina de un duque.

—Tranquilizaos, querida señorita Mimí —la consoló el enano—. Nadie os pondrá la mano encima, tan verdad como que soy un hombre honrado y maestro asistente de cocina de su alteza. Yo os prepararé un corral en mis propias habitaciones, tendréis comida suficiente y dedicaré mi tiempo libre a entreteneros; diré a las otras personas de la cocina que estoy cebando una oca para el duque, con toda clase de hierbas especiales, y tan pronto como se presente la ocasión os pondré en libertad.

Con lágrimas le dio las gracias la oca. El enano, por su parte, hizo como había prometido. Sacrificó las otras dos ocas, pero para Mimí dispuso un corral propio, pretextando que la prepararía de manera muy especial para el duque. No le dio tampoco el pienso habitual para las ocas, sino que le sirvió pasteles y dulces. Cada vez que tenía tiempo libre iba a conversar con ella para consolarla. Uno y otro se contaron su historia y así se enteró Narizotas de que la oca era hija del mago Aspavientos, que vivía en la isla de Gotland. Éste había reñido con un hada vieja, que lo había vencido con mañas y tretas y que, por venganza, la había transformado en una oca, y llevándola muy lejos la había traído hasta aquel lugar. Cuando el enano Narizotas, a su vez, hubo contado su historia, dijo la oca:

—Tengo algo de experiencia en estas cosas. Mi padre nos enseñó algunos rudimentos a mí y a mis hermanas: de hecho todo lo que podía comunicar. La historia de la discusión junto al cesto de las hierbas, tu repentina transformación cuando oliste aquella hierbecilla y algunas palabras de la vieja que me has dicho, me prueban que has sido hechizado con hierbas: cuando halles la hierba que la vieja se sacó de la cabeza para tu hechizo, podrás recobrar la libertad.

Era un escaso consuelo para el pequeño, porque ¿dónde iba a hallar la hierba? En cualquier caso, le dio las gracias y concibió alguna esperanza.

En este tiempo, el duque recibió la visita de un príncipe vecino, amigo suyo. Con tal motivo hizo llamar al enano Narizotas a su presencia y le dijo:

—Ha llegado el momento de demostrar si me sirves con fidelidad y eres maestro en tu arte. Es notorio que el príncipe que me visita es, fuera de mí, quien mejor mesa tiene y es un gran conocedor de la cocina refinada y un hombre sabio. Cuida, pues, de que mi mesa se halle provista de modo que su admiración sea cada día más grande. Además, si no quieres tu desgracia, no debes traer dos veces el mismo plato mientras él esté aquí. Para ello, puedes pedir a mi tesorero cualquier cosa que necesites y, si en el horno has de asar en manteca oro y diamantes, hazlo, que antes prefiero quedarme pobre que enrojecer en presencia suya.

Así habló el duque; a su vez, el enano dijo haciendo una profunda reverencia:

—Sea como decís, ¡oh, señor! Si Dios así lo quiere, haré de manera que todo sea del mayor agrado de este príncipe de sibaritas.

El pequeño cocinero sacó entonces a la luz todo su arte. No escatimó las riquezas de su señor, pero menos aún su propia persona, pues se le veía el día entero envuelto en una nube de humo y fuego, y su voz resonaba sin cesar en la bóveda de la cocina, pues como un señor daba órdenes a los pinches y cocineros inferiores. ¡Señor, yo podría hacer como los camelleros de Alepo, cuando en las historias que cuentan a los viajeros hacen que sus personajes coman en abundancia! Relatan a lo largo de una hora entera todos los manjares que se sirven y despiertan así en sus oyentes gran ansia y hambre aún más grande, de manera que éstos abren sus provisiones sin pensar y preparan una comida haciendo participar con liberalidad a los camelleros; más yo no haré así.

El príncipe huésped llevaba ya catorce días en la casa del duque, con una vida llena de placer y regalo. Cada día hacían no menos de cinco comidas y el duque estaba satisfecho con el arte del enano, pues veía la satisfacción reflejada en la frente de su huésped. Al decimoquinto día, sin embargo, sucedió que el duque hizo llamar al enano a su mesa, lo presentó a su huésped, el príncipe, y preguntó a éste si estaba contento con el cocinero.

—Eres un cocinero maravilloso —contestó el príncipe huésped— y sabes lo que significa comer a pedir de boca. En todo el tiempo que llevo aquí no has repetido ni un solo plato y has preparado todo con mucho acierto; pero ahora dime: ¿por qué tardas tanto en traer a la mesa el rey de los manjares, el pastel de Bûcheroi?

El enano quedó muy asustado, pues nunca había oído hablar de aquel rey de los pasteles, pero se repuso y contestó:

—¡Oh, señor! Yo tenía la esperanza de que todavía por mucho tiempo vuestro augusto semblante iluminara estos reales, por eso reservaba este plato; pues ¿con qué, si no, os obsequiaría el cocinero el día de vuestra partida, a no ser con el rey de los pasteles?

—¿Cómo así? —replicó el duque riendo—. Y a mí me lo querías reservar quizá hasta el día de mi muerte para obsequiarme en ese momento, porque a mí tampoco me has servido nunca el pastel. Piensa, pues, en otro obsequio de despedida, que mañana presentarás el pastel en la mesa.

—Sea como decís, señor —contestó el enano al retirarse.

Mas no se iba contento, porque el día de su vergüenza y su desgracia había llegado. No sabía cómo hacer el pastel. Se marchó a su cámara y lloró por su suerte. Entonces la oca Mimí, que podía ir a su antojo por el aposento, se acercó a él y le preguntó por el motivo de su pena.

—Enjuga tus lágrimas —contestó la oca al oír hablar del pastel Bûcheroi—. Este plato solía adornar con frecuencia la mesa de mi padre y sé, más o menos, lo que se necesita para hacerlo, coges de esto y de aquello otro, tanto y tanto así, y, si no llegase a reunirse todo lo que de suyo es menester, los señores no tendrán un paladar tan delicado.

Así habló Mimí; el enano dio saltos de alegría, bendijo el día en que había comprado la oca y se dispuso a preparar el rey de los pasteles. Hizo primero una pequeña prueba y vio que sabía muy bueno; el maestro primero de cocina, al que se lo había dado a probar, celebró otra vez su arte ilimitado.

Al día siguiente, puso al fuego el pastel aumentando las proporciones de ingredientes, y caliente, recién sacado del horno, lo envió a la mesa adornándolo con guirnaldas de flores; él a su vez vistió su mejor traje de gala y se dirigió al comedor. En el momento de entrar, el trinchante primero se concentraba en cortar el pastel y hacerlo llegar al duque y a su huésped en una fuentecilla de plata. El duque dio un solemne bocado, puso los ojos en blanco y dijo, no sin antes haber deglutido:

—¡Ah, con razón lo llaman el rey de los pasteles! Pero este enano mío es también el rey de los cocineros, ¿no es cierto, querido amigo?

—La cosa está hecha con finura —sentenció apartando el plato—, pero le falta algo para ser un perfecto Bûcheroi; ya me lo imaginaba yo.

Al oírlo, el duque frunció el entrecejo con disgusto y enrojeció de vergüenza.

—¡Perro, pedazo de enano! —exclamó—. ¿Cómo te atreves a hacerle esto a tu señor? ¿He de hacer que te corten la cabezota de un hachazo, en castigo por tus malos comistrajos?

—¡Ay, señor, por amor del cielo! Os juro que he preparado el plato según las reglas del arte, ¡no le puede faltar nada! —dijo el enano temblando.

—¡Mentira, bribón! —replicó el duque alejándolo de sí de un puntapié—. Mi huésped no diría entonces que falta algo. ¡A ti mismo voy a hacer que te despedacen y te cuezan en un pastel!

—¡Tened compasión! —exclamó el enano arrastrándose sobre sus rodillas hacia donde estaba el huésped y abrazándose a sus piernas—. Decid, ¿qué falta a este plato para no ser del agrado de vuestro paladar? ¡No permitáis que muera por un puñado de harina y manteca!

—Te será de poca ayuda, mi querido Narizotas —contestó riendo el huésped—. Ya me imaginé ayer que no podrías hacer esta comida igual que mi cocinero. Has de saber que falta una hierbecilla que en esta parte del país no se conoce, la hierba estornudagusto, sin la cual el pastel no alcanza su punto de sabor, y tu señor nunca lo comerá como yo.

Ante estas palabras, el soberano de Frankistán montó en cólera.

—Y bien que lo comeré —exclamó con ojos centelleantes—, porque juro por mi honor principesco que mañana, u os muestro el pastel como lo pedís, o… la cabeza de este pillo en lo alto de una pica a la puerta de mi palacio. Vete, perro: te vuelvo a dar veinticuatro horas de plazo.

Así dijo el duque; el enano, por su parte, se fue de nuevo llorando a su pequeña cámara y se quejó a la oca de su suerte y de que tenía que morir, pues nunca había oído hablar de aquella hierba.

—Si sólo es eso, yo te puedo ayudar, porque mi padre me enseñó a conocer todas las hierbas. De ser otro el momento, quizá no hubieses escapado de la muerte, pero por suerte hay luna nueva y en esta época florece la hierba. Pero, di, ¿hay viejos castaños en las cercanías del palacio?

—¡Sí que los hay! —replicó Narizotas con el corazón más aliviado—. Junto al lago, a doscientos pasos de la casa hay un grupo. Pero ¿por qué precisamente ésos?

—La hierba sólo florece al pie de los castaños viejos —dijo Mimí—, así que no perdamos el tiempo y busquemos lo que necesitas. Cógeme en un brazo y ponme de nuevo en el suelo al aire libre, que voy a buscártela.

Narizotas hizo lo que la oca le había dicho y fue con ella hasta las puertas del palacio, pero al llegar, un guardián de éstas adelantó su fusil y dijo:

—Mi querido Narizotas, eres un hombre acabado: no puedes salir de la casa; tengo órdenes estrictas al respecto.

—Pero a los jardines seguro que sí puedo ir —replicó el enano—. Tened la bondad de enviar a uno de vuestros compañeros al veedor de palacio y que pregunte si no puedo ir a los jardines a buscar hierbas.

Así lo hizo el guardián y fue dado el permiso, pues el jardín tenía altos muros y huir de allí era impensable. Pero una vez que Narizotas hubo llegado al aire libre con la oca Mimí, la puso en el suelo con cuidado y ésta se adelantó con rapidez en dirección al lago donde estaban los castaños. Él la seguía, aunque con el corazón oprimido, porque ésta era ya su única esperanza. Si la oca no encontraba la hierba, era su firme decisión arrojarse al lago antes que dejarse cortar la cabeza. La oca buscaba en vano, deambulaba bajo todos los castaños, levantaba con el pico la más mínima brizna de hierba, pero no aparecía nada, y compadecida y angustiada empezó a llorar: ya iba anocheciendo y cada vez se hacía más difícil distinguir los objetos que los rodeaban.

En esto, la mirada del enano fue a recaer en el lago, y de pronto exclamó:

—Mira, mira allí, queda todavía un árbol grande y viejo: vayamos y busquemos, quizá florezca allí mi dicha.

La oca se puso a dar saltos y se adelantó volando, mientras él corría a la zaga, tan aprisa como podían sus cortas piernas. El castaño arrojaba una gran sombra y lo envolvía la oscuridad, ya no se podía distinguir casi nada; pero entonces la oca quedó de pronto quieta, batió las alas de alegría, después metió rauda su cabeza en la alta hierba y recogió algo que ofreció graciosamente con el pico al asombrado Narizotas diciendo:

—Ésta es la hierba y aquí crece una gran cantidad, así que nunca podrá faltarte.

El enano contempló la hierba pensativo. Le subía de ella un suave aroma que sin querer le recordaba la escena de su transformación; los tallos y las hojas eran de color gris azulado, con una flor encima de color rojo encendido orlado de amarillo.

—¡Alabado sea Dios! —exclamó al fin—. ¡Qué maravilla! Escucha, creo que es la misma hierba que de ardilla me transformó en esta vergonzosa figura. ¿Y si la pruebo?

—Todavía no —suplicó la oca—. Llévate un puñado de esta hierba, vamos a tu habitación, recoge aprisa tu dinero y todo lo que tengas y luego probaremos las virtudes de la hierba.

Así lo hicieron, regresando a su cámara; se oía cómo el corazón del enano palpitaba de esperanza. Una vez que hubo recogido en un hatillo cincuenta o sesenta ducados que tenía ahorrados, algunos trajes y zapatos, dijo:

—Si Dios quiere, me quitaré de encima esta carga.

Y estiró su nariz, metiéndola en las hierbas y aspirando su aroma. Al punto, todos sus miembros empezaron a crujir y a estirarse, sintió cómo la cabeza se erguía entre sus hombros, bizqueando se miró la nariz y vio que se hacía más y más pequeña, pecho y espalda empezaron a entrar allanándose, y sus piernas se alargaron.

Asombrada, la oca asistía a todo aquello.

—¡Anda, qué alto, qué guapo eres! —exclamó—. A Dios gracias ya no hay nada en ti de como eras antes.

Jacob se alegró mucho y juntó las manos para rezar. Pero su alegría no le hacía olvidar cuán agradecido estaba a la oca Mimí. Es verdad que su corazón estaba impaciente por ir junto a sus padres, pero, llevado de la gratitud, venció este deseo y dijo:

—¿A quién sino a ti he de agradecer que haya vuelto a ser yo mismo? Sin ti, jamás hubiese encontrado esta hierba y así habría tenido que permanecer eternamente con aquella figura o, incluso, quizá morir bajo el hacha del verdugo. Ea, quiero recompensártelo. Voy a llevarte junto a tu padre; él, que es tan experimentado en toda clase de hechizos, te podrá deshechizar con facilidad.

La oca vertió lágrimas de alegría y aceptó su ofrecimiento. Feliz y sin ser reconocido, Jacob salió con la oca del palacio y se puso en camino hacia el mar, hacia la patria de Mimí.

¿Qué más he de seguir contando? Que acabaron venturosos el viaje, que Aspavientos rompió el hechizo de su hija y que, cargado de regalos, Jacob se despidió de él; que regresó a su ciudad natal y que sus padres reconocieron complacidos en el guapo mozo a su hijo perdido, el cual, con los regalos de Aspavientos que se había traído, se compró una tienda y fue rico y feliz.

Tan sólo quiero decir que después de alejarse del palacio del duque se produjo gran agitación, pues, cuando al otro día el duque quiso cumplir su juramento y hacer que le cortaran la cabeza al enano si no había encontrado las hierbas, no pudieron hallarlo en ninguna parte; el príncipe, sin embargo, afirmaba que el duque lo había dejado escapar en secreto para no privarse de su mejor cocinero, y lo acusaba de haber faltado a su palabra. Debido a esto, se originó una gran guerra entre ambos nobles, que en la historia es bien conocida con el nombre de «guerra de las hierbas». Se libró alguna que otra batalla, pero al final se acabó haciendo la paz, y a esta paz la llamamos en nuestro país «paz del pastel», porque, en la fiesta de reconciliación, el cocinero del príncipe preparó el Bûcheroi, el rey de los pasteles, que el duque comió con muy buen apetito.

Así llevan a menudo las causas más pequeñas a grandes consecuencias. Y ésta es, ¡oh, señor!, la historia del enano Narizotas.

Así habló el esclavo de Frankistán. Después de terminar su narración, el jeque Alí Banu hizo que sirvieran fruta refrescante a él y a los demás esclavos, y, mientras comían, charlaba con sus amigos. Los jóvenes a los que el anciano había introducido se deshacían en elogios del jeque, de la casa y de todo su contenido.

—Es cierto —dijo el joven escritor— que no hay forma más grata de pasar el tiempo que escuchar relatos. Sería capaz de sentarme días enteros así, con las piernas cruzadas, un brazo apoyado en el cojín, la frente descansando en una mano y, si fuera posible, el gran narguile del jeque en la otra, oyendo historias: de este modo, más o menos, me imagino la vida en los jardines de Mahoma.

—Mientras seáis joven y podáis trabajar —dijo el anciano—, tal deseo de inactividad no se podría tomar en serio. Pero os reconozco que hay un encanto especial en oír contar algo. A mi edad, que se aproxima a los setenta y siete años, y con todo lo que ya he oído contar en mi vida, si en una esquina hay un narrador de cuentos y los oyentes formando un gran círculo en torno a él, no desdeño sentarme yo también a escuchar. Uno se introduce en los sucesos que narran, se vive con esas gentes, con esos espíritus encantadores, con hadas y seres semejantes que no encontramos todos los días, y después, estando solos, tenemos material para repetirnos todo, como el caminante que se ha provisto bien antes, cuando ha de atravesar el desierto.

—Nunca he pensado —respondió otro de los jóvenes— en qué residía propiamente el encanto de tales historias, pero me ocurre lo mismo. Ya de niño se me podía hacer callar con un cuento cuando estaba nervioso. Al principio me daba igual de qué se tratara, con tal que contaran algo, que algo sucediera. ¡Cuántas veces he oído sin cansancio aquellas fábulas que inventaron hombres sabios y en las que encerraron la esencia de su sabiduría!: la fábula del zorro y del cuervo necio, del zorro y el lobo, docenas y docenas de fábulas del león y de los demás animales. Cuando crecí y traté más a los hombres, ya no me bastaban aquellas historias breves; tenían que ser más largas y habían de versar sobre los seres humanos y sus extraños destinos.

—Sí, todavía me acuerdo bien de esa época —le interrumpió uno de sus amigos—. Fuiste tú quien nos aficionó a todo tipo de relatos. Uno de vuestros esclavos era capaz de contar tantos cuentos como un conductor de camellos de La Meca a Medina. Cuando terminaba su trabajo, debía sentarse con nosotros en el césped de delante de la casa y le rogábamos una y otra vez hasta que empezaba a contar y seguía contando y contando hasta la noche.

—Y se nos abría —respondió el escritor— un reino nuevo y desconocido, la patria de los genios y de las hadas, poblada de todas las maravillas del mundo de las plantas, con ricos palacios de esmeraldas y rubíes, habitado por gigantescos esclavos, que aparecían a veces al dar la vuelta a un anillo, al frotar la lámpara maravillosa o al pronunciar las palabras de Salomón, trayendo deliciosos platos en bandejas de oro. Sin darnos cuenta nos sentíamos transportados a aquel país, acompañábamos a Simbad en sus asombrosos viajes, íbamos por las noches a pasear con Harum al-Raschid, el sabio señor de los creyentes, conocíamos a su visir Giafar tan bien como a cualquiera de nosotros; en una palabra, vivíamos en aquellas historias como se vive de noche en los sueños, y no encontrábamos momento del día más delicioso que la tarde, cuando nos sentábamos en el césped y el viejo esclavo nos contaba cuentos. Pero dinos, anciano, ¿cuál es en realidad el motivo de que entonces nos gustaran tanto las historias y aun ahora no haya para nosotros distracción más agradable?

El revuelo que se produjo en la sala y la llamada de atención del veedor de esclavos impidió al anciano contestar. Los jóvenes no sabían si alegrarse porque iban a oír una nueva historia o sentirse contrariados por haberse visto interrumpida su interesante conversación con el anciano. El segundo esclavo se levantaba ya y empezó a hablar:

FIN