El cerdo del rabo tieso

El cerdo del rabo tieso

Colección Marujita

Animales Cortos Hadas duendes y elfos Para niños

El señor Marranito tenía el rabo tieso y eso lo ponía muy triste, así que se propuso encontrar una solución a toda costa.

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El cerdo del rabo tieso

Hubo una vez un cerdo que tenía el rabo tieso. Eso le tenía muy disgustado, al ver que sus hermanos y sus hermanas tenían los rabos retorcidos.

— ¡Eh! decian sus gordas hermanitas.—Mirad al señor Marranito, ¿quién vio nunca un rabo tieso como el suyo?

El pobre Marranito estaba muy disgustado.

De un modo u otro es preciso que mi rabo sea como

el de los demás pensó.—¿Qué haré?

Reflexionó un rato y luego se dirigió a casa de la señora Amara.

A veces su pelo está lacio y otras aparece rizado pensaba.—No comprendo a qué obedece eso. Pero se lo preguntaré a ella.

Cuando llamó a casa de la señora Amara, ella abrió la puerta y se quedó muy sorprendida al verlo.

—¿Qué quieres?—le preguntó.

—Ouisiera aprender a retorcer mi rabo contestó el

Marranito. —Y como sé que usted se riza el cabello, tal vez pueda indicarme lo que deseo.

La señora Amara se echó a reír hasta derramar lágrimas. Luego fue a su dormitorio, tomó una horquilla de las que se usan para rizar el cabello y, entregándosela a Marranito, le dijo:

—Ahí tienes eso. Si quieres, te pondré esta horquilla en el rabo y pronto lo verás retorcido.

Lo hizo así, pero Marranito sintió un gran dolor; tanto, que empezó a gruñir, pero era tal su deseo de tener el rabo retorcido, que soportó el dolor como un héroe. Volvió a la pocilga y todos los cerdos se echaron a reír como locos al ver que Marranito llevaba el rabo en torno de una horquilla.

A la mañana siguiente, el Marranito volvió a casa de la señora Amara, con objeto de que le quitarala horquilla. El rabo quedó precioso. Estaba retorcido sobre sí mismo, como si fuese un resorte, de modo que Marranito quedó muy orgulloso de él. Luego, al verse en presencia de otro cerdo, se situaba de espalda hacia él para que pudiese admirar su retorcido rabo.

Mas, pronto ocurrió algo terrible. Empezó a llover. Marranito no hizo ningún caso, pero se le humedeció el rabo y volvió a quedar tieso.

Y a tienes el rabo tieso exclamaron los demás cerdos, rodeándolo.

Marranito volvió la cabeza y vio que, en efecto, era así.

—¡Oh, qué lástima! Está visto que las horquillas no sirven. ¿Qué haré, pues?

—Yo, en tu lugar, iría a ver a Potín, el duendecillo, para rogarle que te dé un encantamiento, gracias al cual te quede el rabo retorcido para siempre le dijo el cerdo más corpulento de todos.

Marranito siguió su consejo y, dirigiéndose a la casa de Potín, llamó a la puerta.

—¿Qué deseas, Marranito?—preguntó el duendecillo. —¿No podrías proporcionarme un encantamiento para que mi rabo quedase retorcido? preguntó el cerdo.— Como ves, está tieso y resulta muy desagradable.

—Bueno, lo probaré dijo Potín con acento de inseguridad. No sé si tendré algún encantamiento bastante poderoso. Realmente tienes el rabo muy tieso.

Tomó un cuenco de color azul y dentro puso seis cosas muy raras; una pluma dorada con la punta azul, una telaraña cargada de rocío, el centro de una margarita, una espina de cardo, un pelo de ardilla y una cucharada de luz lunar, que tomó de un charco. Luego lo agitó todo y al mismo tiempo entonó una canción mágica.

—Ahora vuélvete y mete el rabo dentro del cuenco— dijo Potín.—Este filtro lo retorcerá.

Marranito obedeció y el duendecillo revolvió aquel extraño líquido. Mientras tanto el rabo empezó a retorcerse de modo que el cerdo estaba encantado.

— Ya ha terminado la operación dijo el duendecillo. Pero el caso es que no sé cuánto tiempo permanecerá así, Marranito.

—¿Le perjudicará la lluvia?—preguntó el cerdo.

—No. No lo creo. ¡Qué guapo estás, Marranito! exclamó el duendecillo.

Marranito regresó a su pocilga y todos sus compañeros lo admiraron mucho. Pero aquel día picaba mucho el sol y el calor deshizo el rizo del rabo del cerdo, que se quedó de nuevo más tieso que antes.

—Realmente no sé qué hacer— exclamó Marranito, apenado en extremo.

—¿Qué sucede? preguntó una vieja bruja que pasaba casualmente.

Marranito le contó la causa de su dolor y ella, después de oírlo, replicó:

—Necesitas un encantamiento muy poderoso. Vale más que vayas a mi casa y te lo daré.

La mala bruja no pensaba en hacer tal cosa, sino que sólo quería apoderarse de Marranito para matarlo y comérselo. Pero el pobre cerdo no conocía la maldad de aquella mujer y se entusiasmó al oírla.

—Ve a verme a mi casa, esta noche, a las doce —le dijo la bruja.— La encontrarás fácilmente en el centro del Bosque de los Espinos.

Aquella noche, a las once y media, Marranito salió de la pocilga.

La obscuridad era intensa, de modo que el pobrecillo empezó a sentir miedo. De pronto oyó algo que le hizo dar un salto de terror.

Eran dos búhos que se llamaban mutuamente. Y cuando más asustado estaba, sucedió otra cosa que aumentó aún su pánico. La luna se levantó y lo miró a través de los árboles.

—¡Oh! — exclamó el cerdito.—¿Qué es eso? ¿Será algún gigante que me mira?

Luego echó a correr, sin fijarse en la dirección que seguía. De pronto oyó dos voces a corta distancia y, a la luz de la luna, pudo descubrir a dos brujas.

—¿Has visto a un cerdito muy gordo?—preguntaba una.

— No. ¿Por qué?— contestó la otra.

—Porque me prometió ir a casa, esta noche, para que le retorciese el rabo añadió la primera bruja riéndose. —¡Qué idiota es! No ha sospechado siquiera mi intención de matarlo y comérmelo.

Marranito se acurrucó entre las matas y permaneció quieto hasta que las brujas se hubieron alejado. Tenía todas las cerdas erizadas a causa del miedo, y el rabo retorcido por la misma razón.

—De buena me he escapado—pensó.—¡Oh, qué mala es esa bruja! En cuanto amanezca volveré a mi pocilga.

En efecto, así que apuntó el día reconoció el camino y emprendió el regreso a su vivienda. ¡Cuánto se alegró al verse otra vez en su pocilga! ¡Y qué sorpresa tuvo también al llegar allí!

—¡Qué bien retorcido tienes el rabo!—exclamaron sus hermanos.—¿Te lo ha hecho la bruja?

— No — contestó Marranito, sorprendido y mirando, satisfecho, a su retorcido rabo.—¿Cómo se habrá puesto así? Lo cierto es que esta noche pasada he tenido el susto más grande de mi vida.

—Pues, entonces, el miedo ha sido el autor de eso dijo, acertadamente, un cerdo viejo.—¿No sentiste algo raro la noche pasada?

—Ahora que me acuerdo, creo que si —contestó el marranito.—Pude escapar de caer en manos de la bruja, y salí de la aventura con un susto y con el rabo retorcido. ¡A ver si durará!

A partir de entonces, Marranito se miraba todos los días el rabo y lo cierto es que sigue aún tan enroscado como el primer día. Y, como es natural, está orgulloso a más no poder.

FIN